Un aleph

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La barca Suphannahongse del rey de Tailandia navega por el río Chao Phraya en Bangkok

Ya habré llegado a Pnom Penh cuando estas líneas aparezcan, pero las escribo en Bangkok, que no es lo que era, pero que sigue siendo en parte lo que fue: la encrucijada de cuanto el universo contiene.

Podría hacer un escáner de esta ciudad. Podría cortarla en lonchas. Podría dividirla en gajos cronológicos. Mi primera visita se remonta a la primavera del 67. Volví en el 68, en el 80, en el 83, en el 84, en el 85, en el 87, en el 88, en el 89, en el 90… Y así, con intervalos, hasta ahora.

Me quedo con la Bangkok del 67, en la que había soldados norteamericanos procedentes de la guerra de Vietnam, pero muy pocos turistas, y con la del 68, a la que ya habían empezado a llegar los hippies. Yo era uno de ellos.

Después, poco a poco, fue degradándose, como el resto del mundo, pero siempre conservó el indiscreto encanto de la libertad. Todo, en ella, era posible, incluso lo más prohibido. Hoy ya no existen las drogas, que corrían a raudales, y se ha puesto eficaz coto a la prostitución infantil. No crean a quienes dicen que esta última aún se practica, porque no es verdad. Pero en lo concerniente a todo lo restante sigue siendo Bangkok una ciudad tan libre, tan abierta, tan disponible, tan espontánea y tan múltiple como siempre lo fue.

La suma de todos esos vectores arroja un impresionante saldo de felicidad y de facilidad. Es fácil, muy fácil, en efecto, vivir aquí, pese a la contaminación, los embotellamientos, el overbooking turístico y el superávit de comercio carnal.

La ciudad bulle veinticuatro horas al día. Todo está al alcance de la mano. Sale uno del hotel, de cualquier hotel, caro o barato que sea y esté en el barrio en que esté, y se topa con la vida, con el movimiento perpetuo, con el gran bazar de los oficios y los días, con restaurantes de todo tipo, con tiendas de lujo o de trapillo, con salones de masajes y agencias de viajes, con oficinas de cambio, con rascacielos y chabolas, con saunas y discotecas, con tugurios y palacios, con mercadillos, chiringuitos y aguaduchos, con tenderetes de insectos pulcramente cocinados, con vendedores ambulantes de mercancías pirateadas, con mujerío, con puterío de varia lección, con homosexuales, con travestis, con turistas barrigones y mochileros despeinados, con pícaros, con monjes, con testigos de Jehová e, incluso, en plena calle, con elefantes rodeados de coches y de alboroto que no se inmutan por nada de lo que ven.

Es fantástico. Un koan. Una aporía de Zenón. Bangkok me descoloca y me confunde. No acierto a comprender por qué me gusta tanto una ciudad en la que tanto abunda lo que me disgusta: los coches, los turistas, el ajetreo, el ruido, el asfalto, la tecnología, el exceso de población, la promiscuidad, la modernidad…

Dios (dicen) creó el mundo, y luego vino Bangkok para animarlo y para que yo, por los siglos de los siglos, lo visite.

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