La gran mentira (50 años de Castrismo en Cuba)

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Toda ideología política, social o económica que tiene su fundamento en la privación de la libertad de los ciudadanos carece de cualquier tipo de autoridad moral para poder ser argumentada desde una base lógica y razonada, y sólo tiene cabida en el cajón de sastre de la tiranía, el genocidio encubierto, o no, y la tortura económica, social e intelectual de un pueblo.

Llevamos 50 años sufriendo los efectos de una gran mentira de raíces internacionales, una gran mentira que ha confundido y engañado a miles de pseudo-intelectuales de medio mundo los cuáles se han conformado con escuchar la demagogia de unos dirigentes corruptos y facinerosos, que sólo buscaron su gloria personal desde el principio de su Revolución.

Porque el régimen cubano es un régimen hipócrita, como todos los que se autodenominan comunistas, porque el comunismo no está pensado para ocupar el poder, sino para combatirlo, desde una posición crítica pero constructiva, en lucha permanente contra el egoísmo capitalista y buscando, siempre, la igualdad de oportunidades para todos.

Si se repasan las doctrinas de Marx, desde la objetividad y el respeto, desde una posición puramente académica, se puede comprobar que él nunca habló de un comunismo que generara un pueblo igualitario en la pobreza, en las privaciones, en las limitaciones.

Muy al contrario, el comunismo busca la igualdad de oportunidades para todos los miembros de una sociedad, el partir todos de un mismo punto inicial para llegar a diferentes lugares y diferentes posiciones.

Por tanto, catalogar el régimen castrista como régimen comunista es una atrocidad tan grave como juzgar la obra artística de un escritor en función de su ideología política.

El régimen castrista, que este año celebra cincuenta años, es un régimen dictatorial, sin paliativos. Su único objetivo es la opresión del pueblo cubano para el mantenimiento de una minoría dirigente, encabezada por la familia Castro. El Che Guevara lo intuía, y por ello fue asesinado.

Ya es hora de que el mundo progresista llame a las cosas por su nombre, porque el silencio complaciente de éste lleva dando alas al régimen cubano durante cincuenta años. Es el momento de detener esta sangría que está provocando la ruina del pueblo cubano y su retraso social y económico hasta límites irrecuperables.

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