Desde la Atlántida

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Estoy en las Azores. Es un lugar rarísimo y muy sugerente. Suscita en el viajero, o lo hace, al menos, en mi caso, sensaciones extrañas, oscuros movimientos anímicos, alteración de la conciencia.

Dicen que este archipiélago, junto al de las Canarias, es cuanto queda, tangible, visible, de lo que fue, si es que fue, la Atlántida, arquetipo occidental de lo que Ortega llama culturas sumergidas. El oriental sería el continente de Mu.

¿Será esa la razón de que me sienta raro y de que igual de raro me parezca todo lo que tengo alrededor?

Hablo, sólo, de la isla Terceira. No iré a las otras, pero sospecho que todas las del archipiélago se parecen entre sí.

Tecleo estas líneas en un hotel de la capital. Lleva ésta el nombre de Ancla de Heroísmo. En portugués suena casi igual. Sabe ese topónimo a trifulcas de almirantes y piratas, a gestas numantinas, a patentes de corso, a leyendas de cachalotes y arponeros.

Mar brava, tiempo perro y meteorología tan inestable como el amor de los adolescentes (y de quienes no lo son). Lluvia, sol, nubes y niebla son aquí cangilones de una noria movida por el viento que jamás se detiene.

Me cuenta el filósofo Víctor Gómez Pin, con el que paseo campo a través de paisajes hermosísimos, pero desolados, que las Azores equidistan de Barcelona –quizá haya dicho Madrid– y de Nueva York. Estamos, pues, lejos de todo, como en la isla de Pascua, como en Pitcairn, y eso se nota y se paga.

La conciencia de insularidad es aquí muy viva y propia de los habitantes de un mundo tan perdido como, en efecto, lo está la Atlántida. Cuenta Platón que en ella se celebraban corridas de toros. En las Azores también las hay. ¿Estamos ante el eslabón perdido de la historia de la tauromaquia? Sorprende comprobar hasta qué punto desempeña ese animal, el toro, el papel reservado en el mundo de los orígenes al tótem. Lo llevan muy dentro. Todo gira alrededor de él.

Es ésta una isla católica, pero parece protestante. Su atmósfera es la de las películas de Dreyer e Ingmar Bergman. Se adivina la pulsión de pasiones ancestrales, disfrazadas por la melancolía y el silencio, tras los rostros inexpresivos, secos, frugales, de las gentes que se cruzan con nosotros.

Lo mismo sucede con la geografía. Son islas de corazón volcánico, pero ese fuego interior, y por ello inextinguible, yace bajo amables prados de intenso verdor y sólo estalla en la espuma furiosa de las olas que rompen contra los bastiones de lava del litoral.

Pocos viajeros llegan hasta aquí. Hacen mal. Las Azores no se limitan al anticiclón que casi a diario mencionan quienes dan el parte meteorológico por televisión ni a la foto que se sacaron, en un día de triste memoria, Bush, Aznar y Blair. Hay en ellas mucho más y, sobre todo, hay cosas distintas a las que están convirtiendo el resto del mundo en un monótono parque temático para uso y abuso de turistas en chancleta. Vengan los otros, pero absténganse éstos de profanar con sus pantalones cortos, sus móviles, sus cámaras de vídeo, sus tarjetas postales y su afán de souvenirs idiotas lo que queda de la Atlántida. Son borregos numerados. Los toros de estas islas bravas los destriparían.

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