¡Por allí resopla!

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El lomo de la ballena de la Atlántida aflora en Dubai. La cultura sumergida emerge. Nada desaparece del todo. Carlo Levi, no sé si antes o después de que su Cristo se detuviera en Éboli, escribió un libro cuyo título sostenía que il futuro ha un cuore antico. Es fácil de entender, pero lo traduzco por si acaso: el futuro tiene un corazón antiguo.

Pensaba yo en eso hace unos días, aún en Dubai, al recorrer las dependencias del Hotel Atlantis, edificado sobre una de las islas artificiales en forma de palmera que allí se están construyendo. El nombre de ese establecimiento no es gratuito ni casual.

Lujo sardanapálico. No creo que en ningún otro lugar del mundo exista nada semejante. Ni los faraones, ni los césares, ni los zares, llegaron a tanto.

Es uno de esos hotelazos de siete estrellas que sólo la gente muy adinerada puede permitirse. Sobra, supongo, añadir que yo no me alojaba en él, pero me lo enseñaron de arriba abajo, con gentileza y amistad. El director es español, y españoles eran las dos personas ―Manuel Piñeiro, nuestro embajador en Abu Dhabi, y Arturo Manso, vicepresidente de la Cámara de Comercio y representante de la empresa de electrodomésticos Teca― que me acompañaban.

Me quedé de un aire. Me sentí abrumado y maravillado. Reaccioné como un paleto. No soy yo persona a la que agrade el lujo, pero lo que vi rozaba la perfección y me sobrepasaba. Estuve todo el tiempo con la boca abierta. No había sitio en el que posar la vista donde no asomara un detalle portentoso.

Pondré sólo un ejemplo… Hay en ese hotel varias suites ―tres mil euros por noche. No son, ni de lejos, las más costosas― adosadas a tres de las paredes de cristal de un gigantesco acuario en cuyo interior residen especies marinas procedentes de todos los mares de la tierra. Son, a decir poco, extraordinarias. Hay varios tiburones moteados que nadan, tan tranquilos, por allí sin que sus peces pilotos se alejen de ellos un solo instante. Transmiten salud, belleza y serenidad. No faltan pulpos afables y gigantescos, de película de Walt Disney, ni elegantes rayas de descomunal tamaño que agitan sus alas negras como si fuesen la túnica de Batman o la capa del conde Drácula. Top models. Ese acuario es una pasarela.

Imagínenlo. Recréense en la fantasía de que están tumbados y bien acompañados en la cama de matrimonio de la suite. A los pies de su lecho, ocupando toda una pared, está la parte del acuario que les corresponde. Un resplandor difuso lo ilumina. Ustedes están a oscuras mientras fluye ante sus ojos el mundo submarino tal como la Fuerza, en la génesis del universo, lo creó.

Cuenta Platón que el urbanismo de la Atlántida respondía al esquema de los círculos concéntricos. Ese es también el modelo arquitectónico al que se acomoda lo que las gentes de los Emiratos están construyendo en lo que hace muy pocas décadas era sólo un arenal achicharrado por el sol, la sequía y la pobreza. Hoy es un vergel gracias al petróleo, a la laboriosidad rectamente entendida y a la desalación del agua del Índico. Ni más ni menos que un mundo casi perfecto: el de la utopía y ucronía de la Atlántida.

Estoy impresionado. Que Alá bendiga a los emiratíes.

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