La incipiente calvicie

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Maldigo al espejo una y mil veces, ¡no puede ser! ¡Debe de haber algún error! Salgo del baño y vuelvo a entrar, apago y enciendo las luces repetidamente, me miro por delante, me miro del revés, aprovecho el juego de espejos para ver mi coronilla, para repasar el lateral de mi cabeza, pero ¡nada! No consigo más que confirmar la noticia ¡ME ESTOY QUEDANDO CALVO!

Pero, ¿cuándo comenzó todo? No recuerdo perder pelo, siempre lucí mi cabello con orgullo, con dejadez pretendida, con firmeza pretoriana, con aire de superioridad, pero, ahora, ¿qué me queda ahora? Nada más que la calvicie.

Me niego, todavía soy joven, lo dicen todas las estadísticas, hasta los 35 años sigo siéndolo, y ¿quién ha visto un joven calvo? Nadie lo recuerda, o tal vez sí, no lo sé, o puede que las estadísticas mientan y ya no sea joven, ¿me estaré haciendo mayor?

Hagamos cuentas. Tengo ahora 31 años, ¡31 años! Cuando era un chaval y sólo pensaba en hacer el mal, la gente de 31 años eran viejos, eran adultos, no eran divertidos, y ahora yo soy uno de ellos, pero ¡no puede ser! Yo no soy viejo, yo no soy adulto, yo sí soy divertido, ¿o no?

¿Y si me cambio el peinado? Puede que todo sea un efecto óptico provocado por el peinado que llevo, sí, debe de ser éso, ¿o no? Probemos. Me peino hacia el lado derecho, nada, intento hacia el lado izquierdo, nada, ahora hacia delante, nada, todo igual, sigue ahí, la calvicie no se marcha, no tengo nada que hacer.

¿Qué me queda entonces? La depresión, no hay otra solución. No tengo dinero para injertos ni agallas para un bisoñé, así que luciré mi calvicie con depresión orgullosa, ¿y mis hijos? ¿Qué pensarán mis hijos?

Necesito un hijo ya, ¡maldición!, si tardo un poco más me recordarán siempre como un padre calvo, y repasarán mis fotos de joven y me verán con pelo y se reirán, mis propios hijos se reirán de mí, y yo no podré hacer otra cosa que reírles la gracia, reírles la gracia y seguir pagando sus caprichos, ¡porca vida!

¡Espera! Si me peino de esta manera parece que lo disimulo, ¿o no? No, definitivamente, no. No hay solución. Me voy al bar a emborracharme, por lo menos el camarero no se reirá de mí, al menos hasta que le siga pagando las consumiciones.

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