Ni ancho ni lejano

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Ciro Alegría, un escritor peruano del que nadie, hoy, se acuerda, pero que era una celebridad en mis años mozos, escribió una novela, también conocidísima, que se llamaba El mundo es ancho y ajeno. Y en verdad era así, la Tierra, entonces, pero ese título ha prescrito, al menos en lo que me concierne.

No sólo a mí. A nadie puede parecer ya ancho un mundo que los aviones y los ferrocarriles de alta velocidad permiten recorrer de punta a punta en unas cuantas horas. Mucho más se tardaba, cuando yo era adolescente, en ir de Barcelona a La Coruña en el tren Shanghai. ¿Por qué lo llamarían así? La metáfora da que pensar. Por aquellos mismos años, en una copla celebérrima, y a cuento de la posibilidad de coger un avión en el aeropuerto de Madrid a las ocho de la mañana y llegar a esa misma hora (local) al de Manhattan, se preguntaba con sorna ibérica la Piquer: ¿Y qué hago tan temprano en Nueva York?

Tomar un café con churros, desde luego, no, y un carajillo, menos, porque allí no se gastan ni lo uno ni lo otro. Doña Concha, por añadidura, debido a la vaina de los veinte kilos, habría tenido que dejar en tierra su legendario baúl.

Paradojas del progreso. Lo de la Piquer es puro sentido común. No por mucho madrugar… La rapidez de los transportes, lejos de ensanchar el mundo poniéndolo a nuestro alcance, lo empequeñece, lo torna, en vez de ancho, estrecho.

Ir, allá por los años cincuenta, de Sol a Carabanchel, era aún una aventura portentosa al hilo de la cual podía suceder de todo. Coger un tranvía entonces, con provisiones para el camino y mucha paciencia en el alma, era como subirse al pescante de la diligencia de John Ford. En cualquier momento podían aparecer Billy el Niño, Caballo Loco y Ava Gardner. Ahora, con el metro, ya me contarán.

O mejor dicho: no tendrán nada que contar.

Infinita nostalgia, la mía, de las tercerolas de los trenes españoles de otros tiempos. Quienes hayan viajado alguna vez en ferrocarril por la India, de Delhi a Calcuta, de Bombay a Madrás, o de cualquier sitio a cualquier sitio, entenderán lo que digo.

Todavía hoy, cuando acudo a una ventanilla de la RENFE, le digo a la taquillera:

-Deme, por favor, un billete para el tren más lento que tenga.

Pero no lo tiene. Ya no existen.

-¿Adónde va usted?

-Adonde sea.

Todo lo demás es sedentarismo disfrazado de turismo.

¿Exagero? Sí. ¿Por qué no? La hipérbole es figura de dicción que subraya y ayuda a entender muchas cosas.

Lo de Phíleas Fogg se consideraría ahora plusmarca olímpica de lentitud…

-¿Ochenta días para dar la vuelta al mundo?

-Eso dijo Julio Verne.

-¿Tanto?

Pues sí, amigo: tanto. Lo de ahora, ¡es tan poco!

Decía Juan Ramón: No corras. Ve despacio. Adonde tienes que ir es a ti solo.

Pues eso. El viajero viaja siempre consigo mismo y hacía sí mismo. Sin lo uno y sin lo otro, sobran las alforjas. Mejor quedarse en casa.

Y encima, Internet. Facilidad de las comunicaciones. ¡Mira que llevar un teléfono o un ordenador encima! ¿A quién se le ocurre? El hombre, que fue sapiens, ahora es protésico. Nos han convertido en centralitas, en clavijas, en microchips. ¿Connecting people? ¡Deje, deje! Yo no viajo para estar cerca, sino para estar lejos, y si puedo, cuando lo hago, hablar con mi jefe, con mi novia o con mi asesor fiscal y enviarles correos electrónicos es como si no me hubiera movido de casa.

Quod erat demonstrandum. El mundo, por culpa de la tecnología, no sólo ya no es ancho, sino que ni siquiera es ajeno. Quien viaja sin artilugios engorrosos, como yo, bien se lame. Debo ser ya la única persona del mundo que no saca fotos ni graba vídeos ni lleva móvil. Con los recuerdos me basta. ¿Para qué más?

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