Crónicas de Indias

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De Indias orientales, claro, no de las que descubrió Colón.

Voy a vagabundear por ellas hasta el día en que comience la Feria del Libro de Madrid. Llegará ésta a finales de mayo. Muy a finales. Casi en junio.

No sé por qué lo digo, ya que, en principio, no voy a participar en ella. Háganlo otros. Estoy a punto de terminar mi libro sobre Soseki, pero los editores y yo hemos convenido en posponer a septiembre su publicación.

No me gustan las ferias. No soy ganadero ni agricultor. Tampoco soy banquero. Mi firma no vale nada. ¿Por qué me la piden? ¿Por qué se la piden a mis colegas? Fetichismos. Culto al personaje, no a la literatura. A menudo, cuando firmo un libro, o cuando veo que lo hacen otros autores, tengo la impresión de que quien lo compra sólo leerá la rutinaria frase mecánicamente garabateada en la dedicatoria, suponiendo que sea capaz de descifrar la caligrafía de quien la escribe.

Personaje, he dicho, no persona. Ésta es incompatible con la popularidad, el prestigio, la fama… Vanidades, etiquetas, perlas falsas, medallas de oropel. No las pongan, no me las pongan, no se las pongan a nadie. Son servicio flaco. Aturden, falsean, quitan tiempo. No hay personas públicas. Sólo los personajes lo son. ¿Y qué es un personaje? Un personaje es una persona a la que se ha arrebatado el alma.

Dicho esto, no excluyo la posibilidad de que me vean sentadito, allá por junio, en alguna de las casetas de la Feria mencionada más arriba. Todos los años digo que no lo haré y casi todos los años termino haciéndolo. Sólo los difuntos no se contradicen. Vivir es contradecirse. ¡Ay de quien no se contradiga! La contradicción es un acto de humildad y un ejercicio de sentido del humor. Eficacísima terapia: reírse de uno mismo. Quien no se contradice es que se toma demasiado en serio. ¿Dará eso cáncer?

Crónicas de las Indias Orientales, decía. Empiezo hoy, jueves 19 de marzo del noveno año del segundo milenio, y lo hago en el Hotel Federal de Bangkok, con el cerebro embotado por el jetlag, a la una de la tarde, hora local, mientras en Vandalia el reloj de la Puerta del Sol da las siete. Ese astro, ahí, acaba de despuntar. Aquí inicia ya su descenso.

¿Soy la única persona del mundo a la que le gusta el jetlag? Séalo o no, es cierto: me gusta ese estado algodonoso de la conciencia, ese ser y no ser, ese estar y no estar, esa sensación de que el cuerpo flota, ese caminar pisando las uvas de las nubes, esa embriaguez difusa, esa derogación de las leyes físicas, esa suspensión de los principios morales… Funciona, además, al menos en mi caso, como un afrodisíaco suave. Me excita. Me estimula. Me vuelve disponible. Me inyecta audacia. Me despreocupa. Me abre todos los apetitos, sin excluir el meramente gastronómico.

Tailandia, Laos, Camboya, Birmania, Vietnam, Indonesia… Esos son los países que a partir de ahora, sin hoja de ruta, voy a recorrer. Demasiados, lo sé. No cabrán todos en mi carnet viajero. Tendré que prescindir de algunos.

Setenta días parecen muchos. No lo son para cubrir una zona tan vasta como lo es la antigua Indochina, dicho sea grosso modo, ni, menos aún, para quien viaja como yo lo hago: a pie, en coche, en tren, en carros o carretas, en barcazas o chalupas y dando tumbos a la buena de Dios.

O a la del diablo, si se tercia y no hay otro remedio.

Tomaré muy pocos aviones. Ayer, sin embargo, me subí a uno y permanecí en su vientre durante doce horas, que se me hicieron cortas. Sí, sí, cortas. No es un error de adjetivación achacable al jetlag. Era de la Thai y despegaba de la Terminal Uno, no de la Cuatro. Doble motivo de júbilo: el de la compañía aérea escogida y el de la terminal en cuestión. Empezaré por ahí, pero será dentro de un par de días. Hoy ya he cumplido. El jetlag hace de las suyas. Tengo hambre, tengo sueño, tengo ganas de… Chitón. Salgo a la calle. Continuará.

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