Sociopolítica

No basta con ganar la guerra

No se trata tanto de extender la democracia, el respeto a los derechos humanos y las costumbres civilizadas a un pueblo, como de concentrar los esfuerzos para destruir al enemigo.

Refiriéndose a una ley que confirma el papel secundario y esclavizado de las mujeres en Afganistán, Obama comentó: “Creo que es una ley aberrante. Con toda seguridad, mi Gobierno comunicará al presidente Karzai nuestra opinión al respecto”.

Y añadió: “Deseamos hacer todo lo posible para suscitar y promover el imperio de la Ley, los derechos humanos, la educación de las mujeres y las niñas en Afganistán, el desarrollo económico y la mejora de las infraestructuras”.

Luego matizó: “Pero también quiero que la gente entienda que la razón principal de nuestra presencia allí es la de destruir a Al Qaeda para que no pueda atacar a los miembros de la Alianza”.

No es preciso leer entre líneas para advertir que, con tal de ganar una guerra que hoy es la principal preocupación militar de la OTAN y de Estados Unidos, puede convenir en algunos casos cerrar los ojos ante ciertos aspectos, como la ineludible crítica a una ley que parece dictada por el régimen talibán derribado por las armas occidentales en 2001.

La citada ley establece que una mujer chiíta solo puede salir de su casa “para una finalidad legítima”, aunque no se aclara cuál pueda ser ésta. También obliga a que “salvo si la mujer se encuentra enferma, deberá dar una respuesta positiva a los deseos sexuales de su marido”. Otros aspectos relacionados con el divorcio, la custodia de los hijos y el matrimonio son legislados con un claro menosprecio por las mujeres.

Es muy probable que Karzai percibiera una señal de alarma al conocer las declaraciones del Secretario General de la OTAN en el diario The New York Times. En ellas, aludía a la paradoja de que la Alianza Atlántica haya desplegado en Afganistán un contingente militar de hombres y mujeres que luchan por el pueblo afgano, mientras que en éste las mujeres son discriminadas por una ley dictada ex profeso.

Karzai tampoco desea aparecer a los ojos de Occidente como un extremista islámico, ha paralizado la ley citada y ha prometido revisarla. Por otro lado, dice que lo hará “en consultas estrechas con los clérigos del país”, lo que no resulta un procedimiento muy democrático. Para quitar importancia al asunto, desde los círculos próximos a Karzai se insiste en que esa legislación sólo es aplicable a la población chiíta, que constituye un 10% del total, lo que también revela el poco aprecio de los derechos humanos que tienen algunos dirigentes afganos.

Está claro que algo ha cambiado en el orden de prioridades. Ya no se trata tanto de extender la democracia, el respeto a los derechos humanos y las costumbres civilizadas a un pueblo, como de concentrar los esfuerzos para destruir a un enemigo que se está mostrando más duro que lo que inicialmente se estimaba. Y cuyos éxitos, prolongados en el tiempo aunque de importancia no resolutiva, están empañando la imagen de la OTAN en su sexagésimo aniversario.

La Historia muestra situaciones en las que, al recurrir a la guerra para alcanzar ciertos objetivos, se produce un fenómeno de transposición, y los objetivos, a menudo, son relegados a un segundo plano, pues la victoria militar se convierte en primera prioridad. Ésta establece su propia dinámica y las necesidades militares suelen acabar imponiendo sus criterios sobre los objetivos políticos.

No es imposible que Al Qaeda sea derrotada en Afganistán en un plazo razonable, si la estrategia militar aplicada es eficaz y se complementa armónicamente con los planes económicos, políticos y sociales de desarrollo, lo que todavía está por ver. Pero una victoria de la OTAN en ese país no garantizará que el terrorismo islámico no se reproduzca en cualquier otro, incluso en versiones más violentas y peligrosas. ¿Habría que reanudar entonces todo el proceso, partiendo nuevamente de cero?

La victoria aliada en la Primera Guerra Mundial plantó las semillas de la Segunda. Concluida ésta, solo la audaz iniciativa política francoalemana, el germen de la futura Unión Europea, impidió que el ciclo se repitiera. La demencial “guerra contra el terror” sólo podrá encontrar un fin definitivo si se instrumentan fórmulas innovadoras con medios distintos a los militares, desde nuevas perspectivas aborden la resolución de los viejos problemas. Ni siquiera Obama parece decidido a emprender este camino.

Alberto Piris

General de Artillería en la Reserva

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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