Cabreados

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Basta con asomarse a los Medios para comprobar que la vida pública española tiene un elevado tono de agresividad y falta de mesura. Los abucheos, las agresiones son una rutina diaria. En el mundo político todo es interpretado negativamente. En terrenos básicos, donde debería haber un acuerdo primordial, en aquellas cosas que no tendríamos que discutir, hay un patente desacuerdo Cada vez que habla un hombre público en España, es para descalificar al contrario, con actitudes de rechazo y desprecio.


Y no hablemos de lo que se ve en el mundo educativo (agresiones, insultos, todo difundido y comentado hasta la nausea), que es grave pero que no es toda la realidad, ni siquiera la parte más importante.


A esto se añade toda la pululación de personajes y personajillos que se ganan la vida hurgando en las vidas ajenas y expresándolo con enormes cabreos, elevados tonos de voz y falta absoluta de modales. Muestran su mala educación como las modelos su belleza; sin ningún pudor, como si fuese algo natural y valioso. En todos los ámbitos -el local, el nacional, el universal- hay personas que están siempre mostrando un talante negativo, que protestan por lo que se hace y lo que se deja de hacer, por lo que se dice y se calla; que interpretan cada acción en clave de sospecha y desconfianza. Parece que la vida tiene un saldo negativo con ellos y que nunca termina de pagarle.


¿Qué decir del mundo deportivo, hoy tan importante? Los deportistas son un referente social para los jóvenes. Es bochornoso ver los espectáculos de violencia, seguidos de vacías e interminables polémicas, que dan actores, público, dirigentes.


Sin embargo, sé que hay una mayoría de gente activa y discreta. Empresarios, comerciantes, profesionales, trabajadores, profesores, estudiantes. Una gran mayoría silenciosa que mantiene activas las manos y alerta la cabeza y que, a fin de cuentas, constituyen el gran motor de este enorme vehículo que se llama desarrollo económico y social. Éstos pueden, a veces, parecer preocupados, pero casi nunca enfadados.


Aunque son más silenciosos y chupan menos cámara que los otros, gracias a ellos se produce el milagro de que los hospitales sigan asistiendo a los enfermos, las escuelas ensañando, las fábricas produciendo y la mayoría de la sociedad generando bienes y servicios que nos permiten una vida digna y agradable.


Así que dejemos a los cabreados con lo suyo y nosotros vamos a lo nuestro: trabajar y, si es posible, sin perder la sonrisa.

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