Cultura

Quédate donde estás. Miguel Ángel Muñoz. Páginas de Espuma 2009.

 

Quédate donde estás

 

            Cuando leí este breve volumen de cuentos tuve que plantearme con tranquilidad una realidad difícil de asumir para la actualidad editorial: estaba frente a un cuentista orgulloso de serlo. Un contador de historias sin artificios, amante del quehacer literario, admirador de otros grandes relatadores.

 

            Entre los trece relatos (número por demás muy simbólico) que componen este Quédate donde estás no creo que pueda extraerse ningún leit motiv: se trata de entidades perfectas y autónomas, unidas por la voluntad del autor, y por una presencia abundante, pero no omnímoda, del mar y el tiempo estival. No hay que olvidar la mención y el protagonismo de otros escritores en cinco de los cuentos (Salinger, Kafka, Onetti, Ford, Carver, Chéjov, Tolstoi, Dostoievski, Faulkner, Proust, Rimbaud, Cheever, Cortázar) como ya señalaba al principio, haciendo un tributo a aquellos que probablemente admira Miguel Ángel Muñoz. El autor, de hecho, no tiene condescendencia con los que quieran llegar a sus páginas:

“Temía el dolor, con su voz opresiva de niño pesado, con sus chillidos interiores de insecto repugnante, hurgando y hurgando para construir una madriguera en los recovecos del cuerpo, ocupando los lugares vacíos, haciéndose con los habitados, expulsando al cuerpo de su propio país”. Página 28 Quédate donde estás.

No da la sensación de perseguir los K.O. tan recetados para los cuentos, esos finales inesperados e impactantes que facilitan el éxito de la narración corta para retenerla en la memoria del lector. Parece estar mucho más en sintonía con el deseo de escribir bien y lanzar mensajes sobre el acto mismo de la Literatura, su calado hondo; el hombre y su desarrollo; la presión existencial de lo que es y lo que no es:

            “No buscaba el resplandor secreto de la adoración de las mujeres, ni la catarata obvia del poder económico, no quería con ello acumular afectos o millones: lo hice por la literatura, para sentir el secreto gozo de ese momento dulce en que la perfección nos es concedida, y nuestra gran condena, el tiempo ausente, se vuelve derroche de horas y manos de sobra para dedicarse a él, para aprovecharlo por fin”. Página 46 Vitruvio.

            “No puedo recordarme en mi infancia de otro modo que no sea escribiendo, encorvado sobre un papel en blanco, manejando con deleite el lápiz como si fuera un dardo mortífero, decidido a cambiar el curso de la historia de la literatura, que era un modo entre otros, pensaba entonces, de girar el eje de la Tierra unos centímetros y para siempre. No recuerdo desde cuándo quise ser escritor, puesto que jamás deseé otra cosa, ni imaginé otro destino para mi cuerpo que desaparecer del mundo hecho línea de enciclopedia. A lo largo de cada una de mis noches desde los doce años ese mundo fue haciéndose un poco más accesible y ameno paa mí, y cada libro leído y cada página escrita en mi imaginación tenía la inconmovible fuerza de los ejércitos de Napoleón antes de topar con el invierno ruso”. Páginas 49-50. Vitruvio.

            Precisamente este último cuento del que acabamos de extraer fragmento, es uno de los más osados, explorando la ciencia ficción y quizá criticando el deseo por la diferencia y la ambición científica sobre el cuerpo humano, uno de los más reveladores de cuánto la labor del escritor significa para Miguel Ángel como lo significaba para el protagonista del relato.

“No mire al pasado. Siempre es turbio. Regocíjese con el futuro preparado ante usted”. Página 57. Vitruvio.

Las más hermosas descripciones y los conflictos generacionales entre padres/abuelos aparentemente ambiciosos, machos a la antigua usanza de invasora personalidad; hijos también aparentemente acomodaticios y resentidos; y nietos aún en pleno desarrollo adolescente, buscando una forma de ser y un deseo de evasión de imágenes demoledoras, de los miedos que nos acorralan durante ese período de nuestra vida, se encuentran en El reino químico.

            “Al despertar, ya de noche y cerca de nuestro destino, volví las toallas con un brusco movimiento, como el que descorre el telón para entrar en un gabinete de maravillas y prodigios desconocidos, y me di de frente con la visión de las estrellas que, sin luna, alumbraban débilmente el mar!. Página 78 El reino químico.

            “Eran sorprendentes los colores que enseñaba el mar al poco de amanecer, aquellos rojos y amarillos en conflicto, lejanas explosiones nucleares. El mar invitaba a entrar en él, a perderse en su oscuridad submarina con la cadencia de los suicidas en las películas, que nunca buscaban el fondo de su vida con unchapuzón brusco, a la medida de su desesperación, sino adentrándose con calma hasta que el agua los cubría para siempre. Los suicidas no flotan”. Página 101. El reino químico.

            No hay que olvidar otra tendencia en el libro que constituyen los micro-relatos, historias de apenas una o dos páginas, que están cada vez más en boga en la literatura internacional (¿será porque somos cada vez más un mundo con prisa, sin tiempo para leer?), aunque tienen una entidad propia, y tampoco se encuentra en ellos la bomba de dinamita, y sí a veces una ironía ligera con aroma a jabón de Marsella y a ácaros de polvo.

            Libro para los amantes de los cuentos, para los amantes de la literatura, para los amantes del micro-relatos. Libro definitivamente de cuentos… para adultos curiosos.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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