Alma, corazón y vida

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Eso decía el bolero, ¿no? Alma, corazón y vida, si no recuerdo mal, que todo podría ser…

Vale la cita, sea o no exacta, para trasladar al castellano el sentido de la palabra kokoro y para denotar, anotar y connotar la novela de Natsume Soseki, magistralmente traducida y prologada por mi viejo amigo Carlos Rubio, que Gredos reedita ahora, en una colección distinta a la que acogió ese libro en 2003, al arrimo del creciente y justificadísimo interés suscitado en nuestro país por la obra de un autor al que sus compatriotas idolatran, con razón, y sin la cual sería altamente improbable la existencia de escritores como Dazai, Oé y Murakami.

Valgan estos tres ejemplos para dar cuenta cabal del canónico papel desempeñado por Soseki en la historia de la literatura japonesa contemporánea, en cuya cúspide figura una trimurti formada por Mishima, que es Siva, por Kawabata, que es Visnú, y por el autor del que hablamos, que sería, por antigüedad y autoridad, nada menos que Brama. Tanizaki es el Gran Hermano de todos ellos.

Kokoro es palabra complejísima, polisémica a más no poder y, por ello, de casi imposible traducción a cualquier lengua que no se exprese en kanjis. Corazón y alma, sí, y mente, y sentimiento, sobre todo, y por ello vida. El escritor grecoirlandés Lafcadio Hearn, primero en la lista de la ya larga serie de literatos extranjeros fascinados por la cultura y la sociedad japonesa, tituló así –Kokoro– la obra más conocida de cuantas dedicó a ese país, y yo mismo, hace cosa de cuatro años, recurrí a la misma palabra para
narrar mi descenso a la noche oscura del alma y mi posterior subida al monte Carmelo el día en que me operaron del corazón.

La obra de Soseki que ahora se reedita fue saliendo poco a poco, día a día, gota a gota, en el diario Asahi desde el 20 de abril hasta el 11 de agosto del año en el que estalló la primera guerra mundial. Fue, por lo tanto, en su origen, lo que entonces se llamaba un folletón -eso se pone de manifiesto en su estructura y arquitectura, pues está escrita en forma de capitulillos de un par de páginas que no dan tregua al lector y espolean, incesantes, los ijares de la lectura-, y nadie vea intención de desdoro por mi parte si la califico, además, de culebrón, en el mejor sentido de la palabra.

Lo es, porque en ella se cruzan de modo maestro, como en Tolstoi, como en Dostoievski, como en Dickens, las cosas del alma, las sinrazones del corazón y las líneas de fuerza de ese dolorido sentir de Garcilaso al que muchos llaman vida. El bolero, ¡vaya!, y los factores humanos, quizá demasiado humanos (la amistad, la soledad, la culpabilidad, el secreto, la pasión, la codicia, la traición, el mal…), que construyen y destruyen la existencia de cuantos viven al este del Edén.

Y se cruzan, además en el Kokoro de Soseki, que es novela de aprendizaje y confesión autobiográfica, dos narradores en primera persona: un tal Yo (que no es el yo de Yo, el gato) y un Sensei, palabra que significa en japonés Maestro, pero con mayúscula, esto es, Magister, mentor, anciano, chamán, filósofo, rico en saber y en vida, que entrega al alumno el testigo de la Tradición para vacunarlo contra el virus de la gripe del Plagio.

Eso, el choque entre un Japón, el de la Era Meiji, que se iba, y otro, el que condujo al suicidio de Akutagawa, Dazai y Kawabata, y al seppuku de Mishima, que se venía, está también en el trasfondo de esta obra maestra que en su día, cuando era sólo folletón y no libro de lomo grueso, llevaba el subtítulo, escamoteado luego, de Testamento de un sensei.

Mi casa de Castilfrío se llama Kokoro… ¿Por qué será?

Lean este libro. Lo digo de corazón.

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