Cultura

El vagamundos, una blognovela de Winston Tamayo

El vagamundos.

Los fantasmas no existen. (Puro cuento)

Mentiría si les dijera que padecía de alguna necesidad económica. Mis padres son indecentemente ricos y mi casa es lo suficientemente amplia para tener un estadio de futbol y veinticinco habitaciones que sirven de lobby, oficina, bar, cocina, sala de música, salón de baile, etc. Sin embargo, existía algo que no me dejaba disfrutar como antes de los bienes que poseía, se había apoderado de mí una especie de infelicidad nunca antes descubierta.

Lo siento señores, pero ha sido todo por hoy, espero que hayan disfrutado de su estancia por esta su casa, dije a mis invitados y me bebí el fondo del vaso con vodka y tonic, que me supo amargo más que otros días, y acompañe a mis estimulados amigos hasta la calle.

A punto de cerrar la puerta, atrajo mi atención la espalda encorvada de un anciano que barría la acera, me acerque mientras él continuaba barriendo sin voltear, le apreté el hombro por encima de su camisa ajada, pero él seguía barriendo sin inmutarse, entonces, le pregunte quién era. Volteó la cara y una sensación de frío me recorrió los huesos. No es que fuera un espectro, era real, pero tenía la cara arrugada como la cascara de una nuez de nogal y debajo de sus ojos hundidos color del mar turbio, una nariz larga y deforme como un demonio de ilustración de Gustave Doré.

No pude evitar dar un salto atrás, pero el viejo no dejaba de mirarme, me estaba reclamando con los ojos, luego se dio la media vuelta y se marchó. Yo me quedé pasmado y no le seguí, no tenía ningún derecho a seguirle. Regresé a mi oficina y me quedé un rato pensando en quién era este viejo.

Me dormí sobre una mesa y me despertaron los ruidos de las teclas del piano azotadas por una tranca o algo similar. Salí corriendo a ver el que tengo en la sala de música, pero estaba cerrado y sin huellas de que algo hubiera ocurrido. Levanté la tapa y toqué algunas teclas, sin duda los sonidos que escuché provenían de algo muy parecido al de mi piano, esto ya ha ido demasiado lejos me dije, es momento de comenzar una verdadera fiesta, y me puse a fumar coca hasta que vi salir, meterse, salir y volver a meterse al sol del lado oscuro del planeta, durante ese tiempo ningún ruido me perturbó.

Desperté en la grada cinco de mi estadio de fútbol (una vieja pasión de mi adolescencia) recordando los partidos, desnudo con mis amigas, el único vestido era el árbitro que servía los tragos y no marcaba las faltas, me castigaban llevándome al centro del campo y me acostaban boca arriba, una por una venían a montarme hasta que me dejaban hecho una especie de raíz en la tierra abonada con LSD.

Alguien está golpeando de nuevo las teclas del piano, me fui corriendo en busca del responsable de ese sonido infernal, el sonido se hacía cada vez más intenso a medida que me acercaba al cuarto donde tengo mis instrumentos musicales. La puerta está cerrada con llave, el sonido provenía de adentro no cabe duda, golpeo con fuerza la cerradura hasta que cede y se abre la puerta, el sonido desaparece por completo, el piano está abierto, tampoco veo mi guitarra roja y la ventana que da a la calle está abierta, alguien estuvo en la habitación y salió corriendo cuando me escuchó golpear la puerta.

Tomé el teléfono y llamé a mi padre. ¿Que pasa hijo? Alguien se ha metido a mi casa, necesito de tu ayuda. Estaré ahí en unos minutos, tienes una pistola cargada debajo del bar, no dudes en usarla. Fui corriendo en busca del arma pero no estaba (ese “alguien” debió tomarla) de pronto escuché que tocaban la puerta, pero era nadie. Adiós, yo no entro ahí de nuevo, viene un Mercedes negro que casi me arrolla, es mi padre.

¿Pero qué pasa hijo? Hay alguien en la casa, creo que deberíamos llamar a la policía. No hijo la policía no, tú no te enteras porque vives bajo la protección de tu familia y esta casa, pero afuera hay una guerra, y los policías de hoy suelen tener dos trabajos, uno de día y otro de noche, una vez que se adentren no se irán jamás, regresarán una y otra vez a sacarte dinero, algunas veces uniformados, otras encapuchados y habrán veces en que no los veras. Entonces acompáñame pero te aviso que no encontré mi arma. Aquí tienes otra hijo, cuantas veces te he dicho que las armas son como las mujeres, hay que tener más de una, lo sabes bien, iré por delante si te parece.

Después de recorrer gran parte de la casa llegamos al cuarto de música. Es como si alguien estuviera burlándose de mí, aporreando las teclas del piano. ¿Es todo? Solo eso papá. ¡Cabrón! ¿Hace cuánto tiempo que no limpian la chingada casa? ¿Y los gatos? Se largaron todos ¡No chingues! ¿No ha quedado ninguno? Ninguno. ¿Y Marianito? Se ha regresado a su pueblo. De cualquier manera parece que no les pagaras para que la mantengan limpia. Seguramente andas en otra de tus chingadas crisis, es por esa puta madre que te metes. No seas pendejo, esas madres son de gente que no se anda con mamadas. Igual y te están dando veneno para ratas.

¡Vamos John! El verdadero poder no lo tiene el dinero, ya quisiera yo ver qué haríamos los ricos si los pobres se negasen todos a obedecernos. No hijo, el poder no está en el dinero, el poder lo tenemos en las mentes que hemos sugestionado, no permitas que te controlen, esa es la más alta traición a nuestra clase, nacimos para dominar. Consume lo que quieras pero no permitas que te controlen, no tengas miedo de fantasmas, los fantasmas no existen. Sabes John que no me gusta verte así. Está bien papá contrataré a cualquiera para que arregle y dejaré que pase algún tiempo.

Eso fue lo que hice, a la mañana siguiente conseguí una familia entera que sin pensarlo dos veces se traslado a vivir a mi casa. Esa noche para alejarme de todo tomé un avión y me fui a Las Vegas, donde aposté hasta que gané un poco más de lo perdido y después me fui a un motel con una hermosa rubia que cambiaba fichas en el casino.

De camino a la costa en un Jet, pensaba que el viejo tenía razón, no hay que hacer mucho caso a los nervios. Recordé que me quedaba un Albert Hoffman en la billetera, me lo puse debajo de la lengua, cuando aterrizamos me metí a un cine y vi una película alucinante, después comí langosta y entré a un lindo bar de jóvenes con pelos de colores, donde en un baño volví a hundir mi pelvis en otro pubis, para variar olvide usar condón. Continué alucinando con la música electrónica y los neones, terminé en la playa con unos cuates a toda madre. Los colores del amanecer pueden hacer que te rechinen los dientes. De vuelta en el avión me la pase durmiendo.

Ahora que regresaba a mi casa tenia curiosidad por ver como se veía limpia de nuevo. La familia que había contratado había hecho un buen trabajo y todos estábamos felices. Disculpa John pero ha estado viniendo un sujeto que dice venir a reparar el piano, no lo hemos dejado pasar. ¿Cómo dices que es? Pues un viejo algo encorvado, no levanta mucho la vista cuando habla, pero eso si, me dio a entender muy claramente que venía a reparar el piano, desde luego que no lo dejé entrar. Hiciste bien, no tengo idea de quién podría ser. Después, ya solo, me asaltó la idea de que podría ser el mismo viejo que hace algunos días me puso los pelos de punta en la puerta de la casa.

Esa noche tuve un sueño igual de extraño que mi vida: Volví a escuchar azotar impacientemente las teclas del piano, tampoco encontré a nadie, decidí entonces que era el momento de llamar a la policía para que encontrara al tipejo que me había estado asustando con quien sabe que propósito. Minutos después llego la policía y con ella venía aquel anciano que para entonces se había convertido en una especie de raíz con forma de gnomo. ¿Qué hace este tipo acá? Está buscando a un niño perdido, el piensa que podría estar aquí, muy bien busquemos al intruso, dijo el policía. Tres horas después de recorrer la casa de punta a punta en busca de aquel desconocido continuábamos igual. ¿En donde dices que has estado escuchando los ruidos extraños? En la sala de música, en el piano. Pero si el piano está intacto ¡míralo! Incluso está lleno de polvo.

Como si estuviera viendo una proyección de fotografías, las imágenes comenzaron a pasar por mi cabeza, veía sangre por todos lados, un niño muerto y lleno de sangre, y era yo quien lo estaba descuartizando para guardarlo en el interior del piano, sentí nauseas. ¿Sucede algo señor? quizá algo que debamos saber. No, no lo creo. Pues no se ve usted nada bien, dijo el otro policía. ¿Qué es lo que ha hecho señor? Insistió. No lo sé, en verdad no lo sé. ¿Es posible que no sepa lo que hace? Es posible. ¿Y Para qué nos llamo entonces señor? Pues ya les he dicho que alguien está tratando de asustarme para quién sabe qué fin. Me temo que volveremos señor, usted ha hecho algo muy malo y nosotros lo vamos a averiguar. Haga usted lo que quiera, pero dígame ¿Cómo demonios está tan seguro? Es muy sencillo señor, los fantasmas no existen.

Esa mañana decidí abandonar a mis fantasmas para siempre, después de observar por un rato a un vagabundo me puse a divagar por la ciudad confundiéndome entre los jornaleros que a diario suben y bajan, semana a semana, de los camiones de esta ciudad, llena de drogas y endrogados. Cuando llegué al final de una carretera levanté el dedo en señal de pedir aventón, rato después una camioneta destartalada color de la flor del flamboyán se detuvo.

Mientras viajaba sin dinero y sin más equipaje que lo puesto, podía sentir cómo se alejaba de mí ese dolor que infringen la ciudades sobre los sujetos, ese poder que impide nacer a las ideas, embrutece y reduce a los “ciudadanos” a no ser más que un rebaño de animales tímidos e industriosos. De alguna manera comprendí que yo también me había convertido en un asesino de hombres y mujeres, vamos, no te hagas el tonto, que no hay mayor crimen que la injusta repartición de la pobreza y la riqueza.

En general fue bastante duro, pasé varias noches en plazoletas y parques, cargué cajas, repartí volantes, limpié aceras y arranqué las hierbas, me enfermé de los pulmones, me atacó un perro, fui detenido varias veces, incluso por recostarme en la vía pública, pasé hambres, lluvias y toda clase de tristezas, al final de una montaña hallé una mujer como nunca se dio en las mujeres de mi ex -clase, de la que sigo enamorado y perdido, tenemos cinco hijos que no saben mucho de mi pasado, si acaso que soy el dueño de un enorme albergue para personas sin hogar; ocho nietos y muchos animales, árboles, flores y frutos, porque vivimos en el campo, donde hay una gran cantidad de carencias pero nadie está tan enfermo como en las ciudades. Casi todo lo que temía vivir lo viví por aquí, y todo lo que temía perder lo encontré por acá. Nunca más volví a saber de aquel barrendero que me dio tremendo susto, nunca más. Poco tiempo antes de que falleciera mi padre, me contó que había sido él quien había mandado a reparar el piano en mi ausencia.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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