La espuma de los días

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Boris Vian, aquel polifacético artista del existencialismo que murió cuando su cadáver, a diferencia del de Michael Jackson, aún era bonito, vuelve a estar de moda. Se aclama su figura, se escuchan sus canciones, se reeditan sus obras y, entre ellas, vuelve al candelero La espuma de los días, que leí hace medio siglo en circunstancias curiosas (lo hice en la cárcel de Carabanchel), un par de meses antes de que él muriese, y de la que sólo recuerdo un detalle: el ácido e irónico retrato del articulista Sartre, al que llama, burlonamente, Partre.

Écume significa, en francés, espuma, pero también baba. Entre la baba y la espuma, frenética, de los días he pasado yo la última semana. ¡Qué ajetreo!

El penúltimo sábado estaba cerquita de Cáceres. El domingo pasé por Portugal (ya lo he contado), recalé en la plaza de toros de Badajoz, donde me cocí al fuego vivo de una solanera de cincuenta grados, y regresé a Madrid para grabar un programa dedicado a la India en Las Noches Blancas y salir a escape hacia Oviedo. Casi pierdo el avión.

Dos noches en la capital de Asturias: mariscadas, fabadas, compango, mucho vino, muchas sobremesas de escritores y la proclamación de un nuevo príncipe de las letras que no contó con mi voto. Un albanes: Kadaré… ¿Kadaqué?

Perdónenme la broma los amigos de la Fundación y quienes compartieron conmigo las deliberaciones del jurado, pero ¿de verdad escribe mejor ese individuo, contra el que nada tengo, que Goytisolo, Ian McEwan, Kundera, Murakami o Amélie Nothomb?

El primer y la última citados eran mis favoritos. Está visto -ya lo dijo El Gallo a propósito de Ortega- que hay gente para todo. ¿Será otro año? Lo dudo. Quien espera…

Miércoles por la tarde: coche hacia León. Toreaban allí José Tomás y Miguel Ángel Perera, que estuvo cumbre, rayano en la sublimidad, en el último toro. En cuanto éste dobló salí zumbando hacia Madrid, pero no lo hice a tiempo de evitar que un carterista espabilado vaciara mis bolsillos. Me dejó sin un euro. Paciencia. Ya he dicho que hay gente pa’ to’.

Cualquier día de éstos voy a dejar de ir a los toros por culpa de quienes encienden puros. Me ahúman como a un salmón. ¡Qué maleducados! Ignoran que el prójimo existe y que las tagarninas apestan. ¿Para cuándo un tendido de fumadores? ¡Y ya es conceder, porque ni a eso deberían tener derecho quienes atentan contra la salud y el olfato de sus semejantes!

Jueves: columnas, Julia Otero, Buruaga, últimas páginas (casi) de mi libro sobre Soseki…

Viernes: conferencia de viajes y de libros en Granada.

Sábado: rumbo a Soria y a sus fiestas, que ya no siento como mías.

Domingo: Isabel Gemio, más columnas, más Soseki, más toros, más amigos, más sobremesas… ¡Uf! Al octavo tampoco descansé. Esto no puedo seguir así. Voy a morirme por exceso de velocidad, los de Tráfico me quitarán todos los puntos del carnet de la vida y ni siquiera me quedará el consuelo de tener un cadáver tan bonito como el de Boris Vian, que palmó a los treinta y ocho años. Confío, por lo menos, en que no sea tan feo -mi cadáver, digo- como el del hombre que se empeñó en tomar un elixir de eterna vejez, se salió con la suya, murió antes de cumplir los cincuenta y uno y llegó a la tumba sin nariz.

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