Entre el Bien y el Mal

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ENTRE EL BIEN Y EL MAL

 

Por: Belisario Rodríguez Garibaldo

Jurista, Periodista, Sociólogo,

Analista Político, Profesor y Escritor

E-mail: brodgari@hotmail.com

Web: http://www.pa/secciones/escritores/rodriguez_belisario.html

 

Faltan un par de horas para que salga el sol.  En esos momentos pareciera que el trepidar viviente de los buses, coches y peatones, enalteciera  a Arturo en el sentido de una parranda amarga y larga.   Pero realmente Arturo no piensa así.   Callado sale de la cantina como si buscara una dirección por donde transitar entre las calles vacías,  sucias, malolientes, con grandes letreros luminosos que anuncian baratillos y hoteles de mala muerte.   

 

Puede observar en una esquina a un par de prostitutas que cansadas y con desdén, caminan lentamente para retirarse a sus casas, y así poder descansar un poco de la ajetreada vida que las mantiene.  A lo lejos se escucha un bolero, casi nostálgico, que bien pudiese evocar a un amor lejano y perdido, e invita a Arturo a seguir caminando y así perderse entre la noche.

 

Arturo sigue caminado por las calles desiertas, descubriendo que lo hace de forma lenta, pausada.  Recuerda sin embargo cuando de muy joven ese mundo callejero y parrandero le atraía embrujadoramente; recuerda los momentos que lleno de inquietudes se había disparado entre la noche bulliciosa, llena de un mundo desconocido.  Pero Arturo se percata en ese instante, que es realmente ahora, a sus 40 años de vida cuando había comprendido muchas cosas.

 

– Somos máquinas de producción y títeres del destino al mismo tiempo, por eso me confieso de ser hombre – Exclama Arturo dirigiéndose a sí mismo.  

 

Sonríe.  Sabe que esta solo y que nadie lo escucha a esa hora de la madrugada, sin embargo presiente que sus palabras poseen un extraño acento decidido, entremezclado de ironía y experiencia, dando la apariencia de un conjuro que interioriza hacia su alma, que se expresa para sus propios adentros, como tratando de expresarse a si mismo en aquellas palabras, la fórmula mágica para descifrar el enigma de la vida y de la muerte.

 

A lo mejor si estuviera acompañado en ese momento.  Pero no. El amor es una esencia que no surge de repente, es un sentimiento que se cultiva con el tiempo.  Además, de todas formas ninguna prostituta tendría la paciencia de escuchar sus disquisiciones a esa hora de la madrugada.  Las palabras solas empiezan a tomar un sentido de monólogo, con un tamiz profundo, evocador, discurriendo con aquel que las expresas.  Hasta allí entiende Arturo.  Sigue caminando hasta perderse en la oscuridad de una callejuela sucia y maloliente, aparentemente insignificante y absurda.

 

– ¿Dónde vas? – le dice un eco que lo llama de lo profundo de la tierra. 

 

De pronto Arturo detiene su caminar bruscamente, como buscando temeroso a su interlocutor, e intentando dificultosamente reponerse de su miedo, para así poder mantener una defensiva ante el posible peligro que lo asechaba.  

 

– Estoy aquí – sale de repente de entre las sombras de la noche tratando  infructuosamente de caminar erguido, con un cojear macabro y acentuado que le impide acercarse rápidamente.   Un extraño ser, un hombre maduro de rostro patibulario, con una mirada obscura y tenebrosa.

 

– ¿Estás cansado de la vida Arturo?

– ¡Yo no lo conozco a usted caballero!

– Vaya que si me conoces, me has conocido toda la vida, en los peores momentos he estado allí y no te acuerdas de mí, ¡qué ingrato eres Arturo!.

 

Arturo inicia a recorrer en su memoria.  Muchos rostros se pierden en su mente, para evocar de esa forma sus recuerdos.  Pero a ese Ser macabro nunca lo había visto, sin embargo cavila por un instante.

 

– Tú eres el Maligno – responde Arturo con seguridad y desafío.

– El mismo – replica el hombre con una voz entre tenebrosa y profunda, ronca y serena al mismo tiempo, como si proviniese de ultratumba.

– Nacimos para morir Arturo y morimos para ser libres, no temas a la muerte – Replica el abominable ser, tratando de engañar a Arturo.

– ¿Para qué me quieres maldito? ¿Para qué me quieres, por que me has querido poseer toda la vida? – le pregunta Arturo exasperado.

– Para que crezcas y converses con los hombres, pero tiene que cruzar primero el Umbral de la Muerte – Replica Satanás, la serpiente antigua.

– ¡Lárgate de mi Satanás, déjame para siempre y no me tientes! – grita Arturo, ahora sí, decididamente desafiante.

 

De repente el abominable ser se aleja lentamente, se confunde con las sombras de la noche y por fin desaparece.

– Es un mensaje – observa Arturo, serenamente.

 

Vuelve Arturo a su caminar lento, por las calles vacías de una Gran Ciudad Indiferente, llenas de pobres personas que han confundido el amor con el deseo, y la libertad con el dinero.  Camina pausado, como si estuviera pasándoles revista a todos los pasos de su vida, a los trajines de su existencia.  A lo lejos se puede divisar el sol cuando empieza alumbrar las calles solitarias.   Una luz rojiza se amplía por el horizonte, iluminando levemente las obscuridades de la ciudad y haciendo brillar el asfalto mojado con la lluvia de la noche anterior.

 

Se sienta Arturo lentamente en la banca de aquel parque que fuera locura en su juventud.  Ahora no es nada, solo un parque solitario que apenas se conserva y se mantiene.  Los recuerdos de un amor con la cual compartió alguna vez aquella banca se asoman indiscretamente por la memoria de Arturo, haciéndolo sonreír dulcemente.  Sonríe Arturo al ver como los rayos del sol queman tímidamente su rostro trasnochado, en el cual se refleja el trepidar de los años, los cuales han llenado su semblanza de experiencia y de ternura.

 

– Hola – Le dice una voz como una suave brisa que viniese desde lejos.

– ¿Quién me habla? – contesta Arturo con naturalidad, por la confianza que le embarga la voz que le dialoga.

 

De un momento a otro, sin saberse exactamente de donde, aparece un Anciano que le extiende la mano en señal de saludo, y le dice con una sabia y dulce voz, como paternal y amiga al mismo tiempo:

 

– Siempre he estado contigo Arturo, a través de toda tu vida, en los momentos buenos y en los momentos malos, y en los peores también, y tú lo sabes muy bien Arturo.

– Me parece que yo no lo conozco, caballero – contesta Arturo confundido.

– Si me conoces, me conociste desde niño, pero ya no te acuerdas, pues  al igual que todos los hombres de estos tiempos modernos, te has olvidado de mí, para mayor vergüenza de ustedes es que lo digo- Replica el gentil y dilecto anciano.

– Eres el Altísimocontesta Arturo serenamente y con una sonrisa.

– Yo Soyresponde dulcemente el anciano con la misma sonrisa.

 

De repente la mirada del anciano emite una leve luz que ciega un poco Arturo, quien dirige su mirada al cielo para poder recuperarse.  Cuando vuelve la vista observa como el Anciano sube poco a poco a la vez que se transforma en un azul intenso que se diluye y se evapora rápidamente, hasta confundirse con las nubes y el cielo azul de esa mañana.

 

– Volveré – dice la voz del anciano como eco suave venido desde el cielo.

 

– Es solo mensaje, un espejismo de mi vida, la mentira y la verdad de este mundo en el que he nacido.   ¿Pero qué es realmente la verdad? – se pregunta Arturo a sí mismo, esperando encontrar la respuesta en el fondo de su alma.

 

– El Amor – contesta una dulce voz.

– El Odio – responde una ronca y macabra voz.

– La Vida – replica la dulce voz nuevamente.

– La Muerte – reposta la tenebrosa voz en esta ocasión.

 

-¡Déjenme vivir en Paz! – Replica Arturo angustiado, con un dolor tan profundo y tan humano, parecido a una nausea existencial que es como un asco que es solo humano; es ese sabor agridulce de la vida, ese extraño sabor que produce el estar vivo en esta tragicomedia que llamamos mundo. 

 

Todo este cúmulo de sentimientos pasa por la cabeza de Arturo, que se encuentra agazapado y asustado en la banca del parque, al mismo tiempo en que los dos inverosímiles seres se miran mutuamente extrañados por la respuesta, y asombrosamente contemplan al monstruo que ellos mismo han creado.

 

Arturo se toca el estómago sintiendo un vacío, una nausea, la cual sabe a soledad humana, soledad perdida.  Vuelve la vista a su alrededor y no ve a nadie, ambos seres han desaparecido.  Contempla entonces tristemente el parque, la estatua de un héroe en el centro de la plazoleta, y más allá las calles desiertas y solitarias ante la luz del alba.  Camina entonces Arturo lentamente, determinado a su soledad, y se para en la acera observando el pasar de los primeros coches y autobuses que se dirigen a sus labores en la mañana, llenas de personas llenas de labores cotidianas.   Todos sintiendo el mismo vacío, las mismas nauseas de la vida; Amén la vida, en que la economía ha tomado a los hombres y mujeres manejándolos como títeres y a su antojo; amén la vida que se pierde entre veredas infernales, hasta convertirse en la plenitud de una centinela de amor comprometida con los tiempos.   Todo esto cavila Arturo nuevamente para sus adentros, mientras que observa a las pocas personas que tempranamente ya caminan por las calles para dirigirse por el sendero de sus vidas simples, cotidianas.  

 

Arturo asiente con la cabeza, mientras el estómago se revuelve a cada momento.  Pero por un momento sonríe, pues sabe que ha descubierto la existencia de un mundo lleno de acertijos inconmensurables a los ojos humanos, y otro mundo lleno de mentira que los hombres nos hemos creado;   pero existe un infinito incierto lleno de cosas que aun nos quedan por descubrir.    Hasta allí entiende Arturo, el bohemio puro.   Sabe sin embargo, que la decisión la toma el ser humano, al final es el hombre el que decide, tiene la libertad para decidir si encauzará el rumbo hacia su propia vida o hacia su propia muerte.

 

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El 1 de mayo de 1994 sale en los titulares de primera plana de un periódico claramente sensacionalista: “El Día de Ayer un hombre llamado Arturo Sánchez se suicida lanzándose desde lo alto de la Catedral Metropolitana”.   Arturo levanta el periódico deshojado y tirado en el suelo, observando el encabezado de la página.  Continúa leyendo el artículo con una sonrisa perspicaz.  El brillo de sus ojos se confunde con el destello de una amplia sonrisa que poco a poco se va tornado dulce y angelical, comprensiva y sabia al mismo tiempo.  Todo él refleja una paz, una paz que embarga toda su alma.   Arturo asiente con la cabeza.   Y se ríe de repente, y empieza a reír a carcajadas.  Luego se calma, y extiende su vista al horizonte, cubriendo la ciudad con sus ojos, su mirada, observándola con cariño.

 

– A lo mejor algún día abrirán los ojos y entenderán ellos también.   Pero por ahora quiero descansar, unas vacaciones me caerían muy bien – se comenta Arturo, mientras empieza a caminar en asenso a lo largo de la ancha avenida.

 

* Belisario Rodríguez Garibaldo. VEINTICINCO AÑOS DE SOLEDAD. Cuentos & Relatos. Editorial CIEN. Panamá, 2005.

 

– Este pequeño libro consta de cinco cuentos (“Ángel y Alma”, “Entre el Bien y el Mal”, “La Estatua de Afrodita”, “El Muro de los Lamentos” y “Veinticinco Años de Soledad”) y un breve Prólogo del escritor y biólogo panameño David Robinsón. Éste señala que Belisario Rodríguez Garibaldo “nos reta a salir de la charca al plantear situaciones narrativas que obligan a pensar y no solamente contestar la pregunta sobre la función del libro de cuentos, también una pregunta mayor: ¿Para qué vivir?”. 

 

 

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