La ciudad sin prodigios

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Sigo en Barcelona. Vine a ver lo de José Tomás. No soy crítico de toros (ni de nada), pero resumiría lo sucedido, caso de serlo, en una onomatopeya: pschá. Íbamos a presenciar un acontecimiento histórico. Se quedó en buena corrida, a secas y también, literalmente, a palo seco. Torear es como follar: asunto de dos. Hubo torero, pero no había toros. ¿Coitus interruptus? No, inter femora, porque falló la penetración. Matrimonio rato. El estoque, que es verga, sólo entró dos veces hasta los testículos de la empuñadura en el coño, digo, en el hoyo de las agujas. Y en la segunda ocasión fue a la tercera intentona. ¡Tomás, Tomás, yo os imploro! ¡Nada, nada, toda ella, y los cojones detrás! Fallaba el lubricante. Por eso dije lo de palo seco. Don José conserva la corona. Demostró que es el rey, pero no ascendió a emperador. Estuvo, eso sí, como Frascuelo y Paquiro en el Café de Chinitas, muy valiente y muy torero. Más gitano, no, porque es de Galapagar. No sé si las crónicas, que aún no he leído, mencionan el episodio del gallo (con minúscula). Alguien tiró uno a la plaza mientras el matador daba la enésima vuelta al ruedo, y aquello fue el acabose, porque el ave no llevaba cordel y salió más brava que los toros. Los monosabios se tiraban en plancha, y ni por ésas. Hasta don José terció en la cacería, pero le falló el quite. Dio también el animal, jaquetón, casi la vuelta al ruedo y de milagro no salió por la puerta grande. Curiosa sincronía, porque Tomás había prodigado los kikirikíes, y ese pase lo inventó El Gallo (con mayúscula). Lo que sí he leído en la prensa, a eso iba, y lo que ayer, por si no lo hubiese leído, me restregó por los morros mi taurófoba amiga Isabel Gemio en su programa de radio, es la noticia de que mil quinientos torquemadas han pedido a las señorías de la Generalidad que se prohíban en Cataluña los festejos taurinos. ¡Qué manía más tonta ésa de quererlo prohibir todo! La moción sin emoción se votará en septiembre. Juro por san José y santo Tomás, y por la memoria del toro Idílico, indultado ese mes (para entonces hará un año) en La Monumental, que si el liberticidio prospera, no lo permita Dios, nunca volveré a pisar la hermosa tierra catalana. ¡Por éstas! Es el pase del desprecio. Y si algunos se alegran, que lo harán, envenénense con su propia baba. ¿Para qué rendir visita y admiración a una ciudad que, sin toros y sin el payo de Galapagar, perderá los atributos que Eduardo Mendoza le confiriese?

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