A pie de página, de pantalla y de plato

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El otro día dejé dos elogios y dos denuestos en el aire. No los justifiqué. Lo hago ahora.

Primer elogio (intensísimo): el de la película japonesa Despedidas. Creo que tiene un Oscar, pero eso es lo de menos. Estamos, con estatuilla o sin ella, ante una joya, ante una obra maestra, humilde, sencilla, franciscana, que habrá costado pocos yenes. La vi en los cines Verdi de Madrid, que son, seguramente, por su programación, los mejores de la capital. Otro elogio para ellos.

Deberían ver esa película todos los que tengan cuentas pendientes con su padre. Reconciliarse con el autor de nuestros días es condición imprescindible para vivir en paz con uno mismo.

Segundo elogio (relativo): otra película, también en los Verdi… Mishima. Ha sido remasterizada y vuelve a las carteleras por las que pasó, cuando se hizo, como un soplo. Sólo para lectores del escritor más sugestivo, no tanto por su obra cuanto por su personalidad, del siglo XX. Reconstruye el día en que se hizo el harakiri -mejor llamarlo seppuku- e intercala resúmenes simbólicos de algunas de sus obras. Esto último resulta artificioso. Lo primero, no. ¡Banzai!

Primer denuesto (relativo): el restaurante Kabuki, siempre en Madrid, que fue el mejor sushi-bar de la Villa y Corte, pero que va, poco a poco, a menos. Quizá se deba al hecho de que su creador está ahora volcado en el Wellington, donde regenta otro restaurante de tiros largos, precios de altura y clientela de la dolce vita.

Reproches al Kabuki: cocineros que ya no son, en su mayoría, japoneses, y eso se nota; excesos de ese horror inútil al que llaman «cocina creativa» (ya saben: el Bulli, el Mugari, el casino de Madrid, y otras sandeces); un ruido infernal; un maki californiano, saladísimo, que sabía y olía a nevera, a vinagre y a cartón de la víspera… Y, encima, dejan fumar. El humo es malo para todo, menos para los salmones, las truchas y las anguilas, y lo es de modo letal para la textura y el sabor del pescado crudo.

El resto, bien.

Mi querido Ricardo: no descuides a tu primogénito y perdóname esta colleja amistosa, pero, a mi juicio, merecida.

Segundo denuesto (absoluto): para el restaurante Alfredo, que fue un clásico de cocina siciliana en la capital del reino. Lo fue, digo. Estuve el otro día y bien que me arrepentí. Pasta mediocre, vino mediocre, pan de chicle, granita de mango insípido… Pero no era eso lo peor. Lo peor es que fui objeto de una felonía, palabra que en castellano, signore Alfredo, significa deslealtad.

Voy a recordársela… Había bastantes platos no incluidos en la carta, que era tristona, aburrida, pobre y convencional. Nadie me puso al tanto de ese detalle. Supe de su existencia al oír que en una mesa vecina, y afortunada, usted mismo, en persona, anunciaba los platos en cuestión, infinitamente más apetecibles que los oficiales. A mí, ni flores. Se lo eché respetuosamente en cara, y se hizo el tonto. Lo mínimo que puede hacer un cocinero honrado en semejante circunstancia es no presentar su factura al cobro. A punto estuve de pedir la hoja de reclamaciones. Renuncié a ello. Reclamo ahora. ¿Ha oído usted hablar del derecho al pataleo? Aquí lo tiene, servido en frío.

Y por cierto: no pregunte usted ni su señora, al término de cada plato, si estaba bueno. Eso es un chantaje, en el que incurren no pocos cocineros de Vandalia. Dejen que sean los clientes, si lo estiman oportuno, quienes motu proprio le feliciten por la calidad de lo servido.

Hasta septiembre, señores, si es que vuelvo a aparecer por aquí.

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