Los ojos que miran. Esteban Bentancour. Temas de Hoy. 2009

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«Masticó cada sílaba como un bocado rancio y después dejó que el silencio se interpusiera entre ellos. En la incomodidad de sus cuerpos podía percibirse el tiempo de mutuo acostumbramiento, el espejo recíproco que habían creado en el otro para justificar sus posturas.» Página 87.

«El nudo que apretaba mi garganta y mis pulmones se deshizo hacia arriba y yo sujeté mi miedo como quien sujeta un pedazo de arcilla húmeda». Página 101.

«La necesidad tiene cara de hereje». Página 185.

«Nada es lineal. Pero la narración no puede hacer otra cosa que cercenar los bordes hasta obtener un hilo argumental». Págin 419.

Con esta última frase se puede comprender gran parte de la estructura de esta primera novela del arquitecto uruguayo Esteban Bentancour. Utilizando una técnica de «saltos» o viajes hacia el futuro, desde lo más lejano al día de hoy, hasta lo más cercano en el caso del protagonista, y a la inversa en el caso del personaje de Alicia, se narra una versión del apocalipsis basada en una epidemia que se transmite por el aire y que causa auténticos destrozos en los cuerpos y las mentes antes de acabar definitivamente con el enfermo portador.

Con seiscientas páginas y una fórmula similar a la de la película Premonition, por ejemplo, el protagonista va obteniendo datos de lo que sucederá e intentará emplear esa información para salvar al mundo.

Un notable esfuerzo por parte del escritor que habla en los agradecimientos de cinco versiones de la obra y de varias ayudas para llegar a la intrigante y desasosegante historia que se nos cuenta. ¿Qué haríamos en la situación de poder ver el futuro? ¿Creeríamos que estamos destinados a cambiarlo? ¿O bien por el contrario que ya todo está escrito y todo nos conducirá a lo predestinado, con independencia de nuestra voluntad?

El castellano uruguayo hace la obra especial, con un tinte encantador cuando habla del mar y de las calles o los acentos gráficos caen en lugares diferentes de donde uno se los esperaría, enriqueciendo la realidad de nuestro idioma, y despertando ecos que parecen argentinos, cuya presencia es muyo más notable en nuestro país que la uruguaya. Los personajes se desarrollan como sombras de la pesadilla vivida por el protagonista quien ocupa un sesenta por ciento de la obra y con el que resulta, a veces, imposible no sentirse identificado en su angustia.

La vieja cuestión de Segismundo, planteada por Calderón de la Barca, vuelve a la palestra de las librerías con un trasfondo de profecía apocalíptica: ¿Puede el hombre, con su voluntad, cambiar lo que está marcado en las estrellas, llámesele destino? O mejor dicho, ¿existe el destino, la predestinación o es el hombre realmente libre de decidir su voluntad? No revelaremos la posición que se mantiene desde la novela, pero sí diremos que la conclusión se deduce de los resultados y no de una parte filosófica, como en otras obras donde los literarios se han parado a reflexionar haciendo ensayo dentro de la obra (La muerte en Venecia, El retrato de Dorian Grey… y otros clásicos donde se postulan posturas intelectuales frente a la vida o el arte). En esta tendencia Esteban resulta mucho más contemporáneo y deja que el lector desprenda conclusiones de los hechos, sin predicar. Aunque con ello se pierde la fórmula que habría utilizado el autor para exponer su idea.

Esteban, en otro orden de cosas, no se ha privado de utilizar la obra para denunciar la situación de la República Democrática del Congo, que aclara en una nota final que produce escalofríos a poca conciencia que se tenga. Nuestro mundo se desangra por varias heridas de gran tamaño que se prefiere ignorar. Y aunque nadie resulta ajeno a esta realidad en la época de las comunicaciones, nunca está de más que nos lo recuerden.

La obra, que está muy trabajada para hacer que encajen las piezas de un puzzle muy grande (quizá demasiado grande por demasiado aterrador y demasiado hipotético) que se rompe en el tiempo. La original idea de ver el futuro, de adelante hacia atrás mayormente, hace que los datos que se nos faciliten no nos ayuden a prever el final, que no se declarará evidente hasta el último momento. Y si bien el hilo argumental tarda algunas páginas en centrarse y enganchar al lector, después no lo deja separarse de las líneas, encontrando con precisión ese mecanismo del best seller que siempre intriga con lo que sucederá a contiuación.

Una obra valiente en un momento como el actual, cuando se nos asusta con la nueva gripe o con tantas visiones del fin del mundo de la mano de un ecosistema destrozado y recalentado por el hombre. Quizá hay una voz de denuncia que, no obstante, queda acallada por la historia, la novela en sí, que atrapa al «espectador» (a veces resulta muy cinematográfica) en su red de hilos temporales. Pero está maquillada o enmascarada para permitir una lectura entretenida, adictiva, precisa pero con pequeños detalles sobre la belleza de la luz y el mar que denuncian la nostalgia de este autor por su país; escritor a quien la juventud no le ha impedido acometer un proyecto de gran extensión y solucionarlo con soltura y eficiencia.

 

Los ojos que miran«Visto desde allí, el resplandor de los focos de la rambla era una bruma mortecina. Se necesitaban unos minutos para acostumbrar la vista a la penumbra, pero después uno podía contemplar las estrellas y, en noches claras como aquélla, percibir la línea del horizonte, que se insinuaba entre los tubos de aluminio del barandal del balcón». Página 34.

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