¿Swing con son un filme para melómanos y billólogos?

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Comenzaremos señalando cuanto nos sorprende que en nuestro país aún se realicen críticas cinematográficas bajo los mismos patrones de las décadas de los 80 y 90. Hay una insistencia por considerar al espectador como menos inteligente y en tratar de leer los filmes bajo los parámetros del modo de representación institucional (MRI). Si el cine cambia la crítica también debe hacerlo, tal como afirmó Ángel Quintana en la Revista Cahiers do Cinema (2007). Pero si el cine no ha cambiado mucho y ni siquiera se ha entendido lo que es el cine de autor, y mucho menos el surgimiento del cine posmodernista (como en el caso venezolano), entonces la crítica debe cumplir, al menos, una función educativa de lo que representan los nuevos tiempos, las nuevas formas de hacer cine y la nueva posición de resistencia que éste ocupa.
Dicho esto, citaremos algunas líneas de la crítica de Alfonso Molina a Swing con Song, que aparecen en su blog: “El que espere una biografía completa del músico de origen dominicano echará en falta algunos datos que la película de Rafael Marziano dejó fuera del montaje (…) La narración da por sentado que el público conoce a los personajes y sus situaciones. Evita el uso de inserts con los nombres de los entrevistados. Quien no ha intercambiado opiniones con Naranjo o Pacanins, por ejemplo, se pregunta quiénes son esos señores que intervienen a menudo o merodean los lugares de encuentro… se trata de un film para melómanos y para ‘billólogos’, con ciertos niveles de erudición que desubica al espectador normal”.
En efecto, esta manera de hacer crítica está apegada al MRI. Lo primero que puede inferirse es la defensa por la linearización. Se añora (aunque de manera no explícita) una biografía completa y “bien cuadradita”. No se trata de dejar datos fuera del montaje. Incluso, la nueva forma de postproducción puede valerse del pastiche y la intertextualidad como soporte a parodias entre la realidad y ficción. En el caso específico de Swing con Song, la edición simplemente considera los elementos que le parecen esenciales. Pero, en la primera parte, que es de carácter biográfico, se produce una saturación de información ordenada en unas etapas propuestas por el mismo Billo: “las Repúblicas”. Aquí se da más peso a la palabra que a la imagen, sonido o cualquier otro elemento. Si cerramos los ojos y sólo escuchamos no nos perdemos de nada. Tal vez, esto pueda adjudicarse, o justificarse, al ambiente radial recreado y a una estrategia narrativa de experiencia sensorial.
La narración no tiene por qué explicar quién es cada personaje, ni la llamada “psicología” de los mismos. Mucho menos usar grafismos o inserts con los nombres. Esa es una antigua concepción. Swing con Son, está muy lejos de utilizar los juegos narrativos posmodernos, pero sí utiliza algunos planos secuencias y busca que el espectador vaya construyendo y completando los personajes. No es un prerrequisito, antes de observar el filme, haber intercambiado opiniones con Naranjo, Pacanins o cualquiera. Se trata de la actitud activa del espectador tras la identificación con Canelón, Galindo… o la identificación con la cámara, con el “Yo espectatorial”. Para Blanco (1996. Cuadernos de Investigación de la Cinemateca Nacional) este tipo de identificación es el lugar donde el espectador se hace omnipercibiente y ubicuo. Mira a todos lados, se acerca, se aleja, espía…

Como parte de la narración, a lo largo del documental, la actriz y cantante Caridad Canelón coloca su voz en off o como un personaje más. Cuando es en off se cae en la redundancia. Lo que se muestra no es necesario decirlo. Sin embargo, es la misma Caridad Canelón que con su baile, su encanto y la dupla anecdótica con Rafa Galindo, nos muestra que Luis María Frómeta más que el mito “Billo” fue humano: reía, se enojaba y siempre ponía mucho swing al son de las fiestas.
La inclusión de citas o textos se manejó de manera interesante. Vemos como durante un programa radial se interrumpe el mismo por una transmisión en los medios del gobierno. Se muestra en un televisor. Más adelante, tras colocar textos de la época de Pérez Jiménez aparecen dos muy actuales en la memoria de todos los venezolanos: “El Por ahora… de Hugo Chávez” y “Carmona proclamándose Presidente”. Se logra cierta intertextualidad y sobre todo una digresión de la estética del documental. ¿Cuál fue la intención de estos textos? Las interpretaciones pueden ser múltiples y Rafael Marziano no tiene por qué explicarlo.

Por otro lado, mostrar los errores de grabación en el filme es un recurso que otorga bastante naturalidad y fuerza al relato, para finalmente cerrar con un «mosaico billo» cantado y bailado. Mosaico que equivale a decir «la hora loca» en nuestras actuales fiestas. Sería interesante que algún investigador realice un estudio comparativo al respecto.
Estamos convencidos que Swing con Son no es un filme para melómanos y billólogos, ni tampoco se requiere de cierta erudición para verlo.
Y el calificativo de espectador normal sólo se corresponde con películas normales y críticos normales. En cierto modo hablar de normalidad es contraponerse a la normatividad (en el sentido que señala Honoré Bernard*)

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* La normalidad es el enganche obstinado al conocimiento adquirido tal y como ha sido transmitido. La normatividad permite el rebasamiento de las normas adquiridas definiendo valores estéticos.

 

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