Entrevista a Jorge Marchant Lazcano: descubriendo la homosexualidad del Chile de la segunda mitad del siglo XX.

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Jorge Marchant Lazcano
Jorge Marchant Lazcano

Días atrás reseñábamos el magnífico trabajo de Jorge Marchant en Sangre como la mía, novela que mira cara a cara el tema del VIH en Chile durante años de la aparición de la enfermedad… pero que va todavía más lejos: nos cuenta la historia real de una serie de personajes que, en su complejidad, se acercan peligrosamente a auténticas personas; una serie de personajes de cuya mano pasamos a través del régimen de Allende, la dictadura de Pinochet, las películas de Hollywood en las que aparecía o se velaba la homosexualidad… una compleja narración de gran calidad sobre la que esperamos que Jorge nos cuente algunos secretos desde Nueva York, ciudad en donde reside la mitad del año:

Ellibrepensador: ¿Por qué elegir el tema del VIH cuando parece superado, silenciado, ignorado por haberse vuelto “no mortal” en base a tratamientos farmacéuticos”.

Jorge Marchant Lazcano: El tema del Sida es en mi novela una especie de consecuencia moral para la historia que se cuenta en ella. Si nos atenemos al hecho de que la novela parte con oscuros homosexuales intentando sobrevivir en la década del 50 en un Chile tan represivo como lo era la España de Franco, tenía necesariamente que cerrarse con la tragedia del Sida. Yo soy un hombre que ha vivido toda su vida adulta enfrentado a este drama transversal, que le atañe a todos los seres humanos. Pero, no hay que olvidar que en primera instancia esta fue “la” enfermedad de los homosexuales, y por ello mismo se la estigmatizó, se la maldijo más de la cuenta. Creo que tenemos mucho tiempo por delante y muchas más obras que seguir escribiendo sobre este flagelo. He dicho en más de una ocasión que el Sida es para los homosexuales lo que el Holocausto fue para los judíos, y por ello mismo no debemos olvidarlo. Es nuestro “nunca más”. Cargamos con demasiados muertos en nuestros recuerdos como para darles la espalda.

 

El: Argentina es un país siempre presente en la mente de casi todos, será por el psicoanálisis, por la carne vacuna, por el dulce de leche, por el mate o por el equipo de fútbol, pero su vecina Chile parece algo olvidada por los españoles. ¿A qué crees que se debe? Chile es, de hecho, el magnífico telón de fondo de tu novela…

JML: Bueno, yo soy chileno y Chile es para mi, por ello mismo, mucho más que un telón de fondo. Es el país contradictorio donde se han dado figuras culturales de la talla de Neruda y la Mistral, dos Premios Nobeles para nuestra poesía, la tierra de Violeta Parra, Claudio Arrau y Sebastián Matta. El único país en donde fue elegido democráticamente un presidente socialista en los años 70, pero al mismo tiempo un país extremadamente conservador, donde hasta apenas hace un par de años no existía el divorcio – uno de los pocos en el mundo – y donde se gestó una de las dictaduras más crueles del siglo XX, la de Augusto Pinochet. Tal vez por ser un país pequeño, casi cayéndose al Pacífico, y por esa enorme cordillera que nos separa de la Argentina, hemos tenido una mentalidad insular. Siempre hemos mirado hacia la Argentina con cierto resentimiento, pero a la vez con la admiración por sus grandes creaciones. Espiritualmente, estamos más unidos de lo que se cree. Tenemos lazos históricos y culturales y compartimos la sensación de diversidad que nos hace únicos en el fin del mundo.

 

El: ¿Por qué ese sudario de tristeza que todo lo cubre en las historias de tu novela? ¿Es la sociedad en la que tienen que desenvolverse los personajes la culpable?

JML: Como ya te he comentado, aquella tristeza de la que hablas es la respuesta a una sociedad conservadora e intolerante. Ser homosexual en Chile ha sido hasta hace poco un designio más que difícil. Es una sociedad con doble mirada y el mejor ejemplo de ello es lo que está sucediendo con Gabriela Mistral tras la publicación de sus cartas de amor a Doris Dana, su compañera americana del final de su vida. Aquello ha sido en Chile un secreto a voces, pero el oficialismo cultural intentará bajarle el perfil hasta que logremos casi olvidarlo. El lesbianismo de Gabriela Mistral es visto como una especie de afrenta. Tal vez esté en las manos de las nuevas generaciones dar vuelta las cosas con nuevas lecturas y nuevas interpretaciones.

 

El: Una pregunta metaliteraria: ¿Crees que en el Chile actual pueden los homosexuales vivir su orientación con plena libertad?

JML: Chile se ha modernizado en los últimos 20 años, con una economía de mercado que nos hace parecer ante los ojos del mundo como una sociedad avanzada y rentable. Pero frente a ello existe un pueblo castigado, una juventud sin horizontes, indígenas segregados. Coexiste al mismo tiempo una derecha y una iglesia católica recalcitrante, atenta a detener cualquiera salida de madre. No en vano, en Chile hay una fuerte presencia del Opus Dei y de los Legionarios de Cristo, ligados a la Derecha que intenta ganar las elecciones en diciembre de este año con su candidato Sebastián Piñera. Todo ello hace ver con temor los adelantos logrados por organizaciones civiles como Movilh y la presencia de nuevas generaciones audaces y dispuestas a asumir libremente su condición. Pero, de igual forma, creo que a los homosexuales chilenos les hace falta un proyecto de vida más consecuente, más serio. Un rol en la política, una presencia más activa en el panorama cultural. No es cuestión solamente de contar con nuevos gethos.

 

El: La estructura de la novela es doble, mientras que los personajes de más edad van narrando su historia siguiendo el orden cronológico, los más jóvenes lo relatan hacia atrás. ¿Por qué? ¿Qué estabas buscando con esta forma de contar? ¿Quizá que se encontrasen unos y otros en algún punto, como para poder entenderse a pesar de la diferencia generacional?

JML: Creo que ese viaje que dos generaciones realizan en caminos opuestos, intenta avanzar hacia un punto en común. En “Sangre como la mía”, la sangre está vista como vía de transmisión familiar, social, y también como vía de infección, no sólo del Sida, sino del dolor asumido, pero a la vez redimido. En todo orden de cosas, no podemos avanzar, no podemos salir de la oscuridad, si no miramos analíticamente el pasado. Pasa en todos los ámbitos de la vida humana. Y creo que los homosexuales, culturalmente hablando, deben estar más atentos a lo que dejaron atrás. Como sucede con los negros en los Estados Unidos. La tragedia está apenas a dos décadas de distancia como para olvidarla tan fácilmente.

 

 

El: Tu novela no cede al modelo actual de enganchar al lector continuamente con hechos que tienen que desarrollarse, misterios fáciles… Se trata de una obra valiente, ¿crees que eso contó para recibir el premio con que fue galardonada?

JML: El Premio Altazor – Premio de las Artes Nacionales en Chile – se otorga cada año a las obras más relevantes de todo el quehacer cultural, elegida por sus propios pares. Es decir, son los escritores chilenos quienes deciden cual es la obra más representativa del año anterior. Para mi fue una gran sorpresa y un gran honor que se eligiera una obra tan distinta dentro del panorama literario chileno. Es, sin duda, una obra valiente porque habla desde el desgarro y las voces narrativas son poco frecuentes en el panorama latinoamericano. Mucho menos en Chile.

 

El: ¿Cuál es tu opinión sobre los homosexuales que contraen matrimonio para ocultar su auténtica identidad? ¿Es una estrategia trasnochada o nunca tuvo sentido?

JML: Lamentablemente, creo que es una práctica que se sigue dando. Especialmente en medios conservadores e instigados por el miedo. El miedo es tan fuerte que obliga a muchos a esa doble vida de dolor, en donde quienes más terminan sufriendo son los cónyuges y los hijos. Eso puede suceder en sociedades avanzadas como las europeas o la norteamericana, así como en sociedades de castas como las latinoamericanas.

 

El: ¿Hay un mensaje final, una lección última que debamos extraer de Sangre como la mía?

JML: “Sangre como la mía” es una obra literaria. Las obras literarias deben leerse como tales. Con el fervor de la ficción y la rigurosidad de la buena narrativa. Las novelas no están para enseñar ni para “moralizar”. No creo en los mensajes. Pero si creo en la emoción que se deriva de ellas, en la interpretación, en asumir como propios los destinos de los personajes y las historias.

 

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