De vergüenza

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A un servidor, que no es sospechoso de falta de talante –como se dice ahora- ni de carencias de tolerancia, se le ponen los pelos como escarpias al contemplar la vulgaridad en que ha caído la sociedad que nos rodea, que por cierto es la nuestra, la que hacemos a diario todos y cada uno de nosotros con nuestro vivir cotidiano y nuestra manera de actuar y consentir.

En uno de mis últimos artículos publicados en Heraldo de Aragón, escribía yo que lo vulgar y lo fácil está de moda, en especial entre la juventud aburguesada y mal educada que hemos creado gracias a la relajación de los modos educativos, primero en los hogares y después –y de manera sincrónica- en los centros de enseñanza.

El escritor Antonio Gala dijo, en una entrevista simplona que le hizo Virginia Drake para El Semanal: “Voy a terminar pensando que el ser humano es más idiota de lo que yo creía”. Pues bien, yo no creo que el ser humano sea idiota, sino más bien indolente. La indolencia gratifica de inmediato, y hoy en día lo que se lleva no es precisamente el esfuerzo.

Es lamentable que nuestros hijos, igual que los de nuestros vecinos –porque en esto de la cultura y la educación se reparte todo equitativamente-, tengan por ídolos a criaturas televisivas sin méritos que no hacen sino confundir a los adolescentes que caminan en la rectitud. Y es más que triste que muchos jóvenes, a falta de llenar sus vidas con algo interesante –cuesta trabajo y tiempo-, prefieran tumbarse en el sofá de papá y aceptar que un majadero encarne sus ensoñaciones privadas.

En este país reinan la necedad y la dejadez, la simpleza y las malas maneras. Esos valores por los que siempre ha merecido la pena dejarse el pellejo (y todos sabemos cuáles son) parecen estar criando malvas en algún camposanto olvidado. Arrasa el fútbol, fastuoso negocio en que, tanto para jugarlo como para verlo, no se requiere pensar en absoluto. Arrasa lo banal, lo fácil –lo sencillo es otra cosa, que conste-; arrasan actividades más odiosas que ociosas que tampoco requieren ejercicio alguno de la inteligencia, como clavar los ojos en la pantalla del televisor o en el juego de ordenador, echado malamente en la cama como un baldragas, o fumando porritos en medio de un botellón donde el adolescente informado pero no formado se busca la relación con los colegas -¿pero qué colegas ni qué niño muerto?- y se intenta pillar un plan facilito para ponerse morado. Tiene bemoles. Y es que a la juventud –desengañémonos de una vez por todas- no hemos sabido educarla. Los conocimientos no bastan; es preciso educar en valores.

 

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Los jóvenes precisan con urgencia de los valores que no hemos sabido inculcarles por miedo a parecer «antiguos».

 

La educación se hace en la escuela, pero los padres no deben llamarse a andana, cosa que pasa mucho. Es preciso exigir a los educandos, desde la ley, un nivel mayor de lectura y madurez intelectual, hoy por los suelos. Educar no es sólo enseñar cosas.

Luis Fernández escribía en uno de sus artículos: “Dimos a los alumnos libertad, pero les rebajamos de responsabilidad. Los quisimos libérrimos y desahogados y no les enseñamos el valor del esfuerzo”. Esa es la clave: enseñar a la juventud que sin esfuerzo personal no se consigue jamás nada que merezca la pena. Digamos a los adolescentes que deben luchar por ser mejores, y no sólo por ganar -imperdonable ordinariez- más dinero que el vecino. Nadie parece atreverse a largar por esa boca que la disciplina y el esfuerzo son indispensables para alcanzar objetivos importantes a medio plazo. Nadie dice a los jóvenes que no tengan prisa, que el sistema juega con su futuro porque la maquinaria corrupta prefiere sacrificar espíritus a moderar beneficios. Todo parece un juego, pero nada lo es. No se prima la fuerza de voluntad -un valor por sí mismo-, sino la satisfacción inmediata.

Este fenómeno –que no deja de ser una falla cultural, a fin de cuentas- me parece de enorme gravedad. Que la vulgaridad de unos pocos asalte los medios y que la necedad supla espacios que ocupaban asuntos de importancia y personas de valía, supone el derrocamiento de un gobierno del espíritu que ensalzaba, con mucha razón, lo que de tesoro intelectual tiene nuestra civilización occidental.

Espeluzna pensar en el futuro que, de seguir así las cosas, espera a los hijos de nuestros hijos. Que Dios los coja confesados.

Abandonemos la desidia y el sofá. Aprendamos a pensar por nuestra cuenta, sin depender de lo que unos mentecatos quieran meternos en la sesera. Estamos en la obligación de superarnos. Hace veinte años escribí en Heraldo de Aragón: “La cultura es el cimiento de las sociedades modernas. Y nuestra juventud, que demanda menos demagogias y más veracidad en todos los órdenes de la vida, no se merece la herencia injusta de un coloso con los pies de barro”. Hoy me siento en la obligación de volver a escribirlo porque la situación actual es de vergüenza.

Colaboremos, en la medida de nuestras posibilidades, para que la máquina insaciable del capitalismo no deje a la juventud el cerebro en cueros vivos. Como señaló José Antonio Marina, la familia y el sistema educativo han sido claramente desbordados. Pero podemos cambiar esa adversa coyuntura, ya lo creo que sí. Y lo debemos hacer con ayuda de la única herramienta posible: utilizando la cultura de verdad, la que cuesta esfuerzo, la que no consiste en matar el rato con un simple divertimento. La cultura no es lo que algunos quieren hacernos creer, ni mucho menos. Plantémosle cara a la mediocridad, combatamos ese maremagno de infames intereses entre los que se atrinchera el germen de una insultante ordinariez. Volvamos a la cultura de verdad, a la cultura con fundamento, y posterguemos al fin la vergüenza que generan ciertas actitudes sociales. Salvemos lo que podamos de semejante naufragio y consigamos así que los cerebros de los jóvenes –sernas feraces donde cultivar esperanzas de futuro- no queden para siempre yermos.

 

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