Herencias

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Curiosa mi querida España que cantaba Cecilia. No soy un gran aficionado a leer los premios literarios y me juego mi futuro en alguna que otra editorial importante diciendo esto pero: ¿en qué piensan los jurados?

Unos dicen: están comprados por las editoriales. Según tengo entendido: falso. Lo único que hacen las editoriales es colocar sus propios lectores (con sus premisas literarias, claro) para que hagan la limpieza previa. Si cada miembro del jurado tiene que leer tres libros se les pasa dos malos y otro (ejem) “bueno” (lo sé, quiero decir “no vomitivo”). En fin, que al final –ya se trate de doce hombres justos o no- se hace lo que dice la editorial y punto. Y es aquí donde quiero comenzar mi pequeña reflexión en torno a la malgastada herencia de nuestros grandes y pequeños escritores.

Estos veredictos parecen a veces extraños: ¿quién no ha leído una obra ganadora de este u otro premio que carece de toda entidad literaria? Las editoriales toman las cifras y prevén éxitos basados en determinadas circunstancias previamente analizadas por estudios de mercado: ¿modelo americano? Lo cierto es que el público comienza ya a quejarse, pero sus voces se escuchan apenas en pequeños corrillos de intelectuales que, por cierto, leen pocos de los denominados best-sellers para juzgar la calidad de los mismos. Los medios de comunicación (no descubro América) cobran a veces por las críticas y otras veces –las más- son incluso parte de un gran holding editorial-periodístico que se comporta de forma monopolística y dicta directamente las normas del mercado.

Aquí es cuando nos encontramos con la llamada “censura de mercado” y es en este término en el que nuestros escritores han perdido definitivamente la batalla frente a las editoriales. ¿Se preguntan por qué apenas conocemos a un par de nombres del panorama literario y dos de ellos son extranjeros? A principios del siglo pasado existía una razón fundamental para ello: que al extranjero no había que pagarle derechos de autor (las editoriales, siempre guardianas de la moralidad). Ahora mismo hay que pagar, pero se prefiere a un extranjero que invertir en el propio país.

Las consecuencias de todo ello y de la aplicación de órdenes externos a lo que ha sido nuestra herencia literaria (y de otras mil cuestiones que se hacen demasiado arduas para tratar en unas pocas líneas) son precisamente las que dimanan de las propias leyes del marketing: damos a conocer un PRODUCTO que luego morirá. Ahí termina nuestra función. De esta manera, y tratando al producto literario como tal, tenemos obras que no dejan de ser un mero producto creado para el consumo inmediato. ¿Qué otra cosa cabría esperar? Las editoriales toman nombres y venden colecciones de miles de nombres destinados a no perdurar (por otro lado, ha pasado en todas las épocas). El problema no está en estos nombres que serán olvidados, sino que los que –en teoría- están llamados a ser recordados han pasado por los mismos filtros de “teorías de nuevo mercado” y, por tanto, no tienen en esencia una pretensión evidentemente literaria o artística, sino que nacen como productos consolidados en un mercado ya edificado.

Como ejemplo me viene a la mente el hijo que hereda el negocio de su padre, por ejemplo -y por mostrarnos algo divertidos- una funeraria. Dice el hijo: este negocio hay que modernizarlo. Total, monta una heladería y se la deja a su hijo. Éste dice que eso es bastante antiguo y lo cambia y ahora la funeraria ha sido transformada en una asesoría jurídica. Algunos me replicarán con razón: la esencia del negocio no ha cambiado, tanto los abogados como los servicios fúnebres tienen su negocio en el mal del prójimo. Es cierto, lector inteligente, todo el mundo muere pero, en cambio, no todo el mundo tendría que necesitar los servicios de un abogado si se tratase de un mundo justo.

El hijo fue el primero en traicionar la esencia primera del negocio (que probablemente tampoco fuese la más altruista del mundo, cierto), llegando a convertir el negocio de su padre en una heladería. El hijo, siguiendo la moral de su padre, lleva el negocio a la vergüenza (probablemente el bisnieto tenga la cabeza fría para montar un burdel, devolviendo así la moral original al negocio).

Volviendo a la literatura: lo que en su día fue una empresa para crear arte se ha convertido hoy en una transacción de productos para crear dinero. No estoy diciendo con ello que la editorial no tenga que ganar dinero (y el escritor también por cierto, que también somos personas, o al menos me gusta pensar así), sino que la editorial tiene parte de negocio y parte de prestigio debido a la calidad de sus productos (y siento haber llamado producto a un libro). Si no existe calidad literaria en un producto literario, la editorial debería fracasar por su propio peso.

La pregunta es: ¿qué sucede cuando todas las editoriales se ponen de acuerdo para terminar con el concepto de escritor y ponerse por encima de los autores? Que no seleccionarán calidad porque eso no interesa. ¿Acaso no poseen todos los medios de producción (ya empiezo a hablar como Carl Marx, tengo que afeitarme la barba)? Entonces: ¿por qué pagar a un autor si podemos tenerlos gratis?

Es en este punto en el que se termina con el concepto de escritor. Teníamos la imagen del escritor que cobraba por su trabajo y que la editorial le hacía más o menos conocido. Ahora no es así: el autor da su trabajo a la editorial y, en muchas ocasiones, ésta no hará nada por el autor. Ellos dicen que por el elevado coste de ponerse en un escaparate (y es caro, sí). ¿Siguen queriendo de veras al escritor de antaño? Pueden tener a miles de ellos que escriben en sus ratos libres y que tienen profesiones que nada tienen que ver con la escritura. Un escritor (y aquí soy totalmente personal) es el que ejerce el oficio de escritor: ¿exigiríamos a nuestro fúnebre amigo del ejemplo escribir libros para poder sobrevivir?

Nuestras conclusión (en plural mayestático) es que el actual sistema editorial ha llevado la literatura al punto de poder prescindir de los autores. Aquí nos topamos con el intrusismo laboral de aquéllos que (están en su derecho) escriben una novelucha tonta sobre cualquier cosa y, encima, son publicados porque (dicen las editoriales) es lo que el público quiere.

La situación es difícil para el escritor. Enfrentado muchas veces con los complejos mecanismos editoriales, se tiene que buscar un trabajo y, muchas veces, renunciar al sueño de escribir porque, y nótese la terrible paradoja aquí, su oficio es precisamente el de escritor.

¿Literatura sin escritores? Echémos un ojo a las librerías y juzguemos.

Yo, por mi parte, ya he pedido un crédito para montar una funeraria y una agencia de abogados.

Tal vez mi editor requiera mis servicios algún día.

Y por fin me pague.

Martín Cid

http://www.martincid.com

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