La Guía que falsea los Sesentas: Jonathan Leaf y “The Politically Incorrect Guide to The Sixties”

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En una actitud de cinismo desesperado, la ultraderecha conservadora de los EE.UU. está elaborando uno más entre sus nuevos falseamientos de la historia. Con la excusa demencial de que los izquierdistas estadounidenses («Hollywood liberals and leftist pundits») utilizan la Nostalgia de Woodstock para secuestrar la Historia (¿es posible?} y cometer un «lavado cerebral» a las nuevas generaciones, Jonathan Leaf publica un nuevo libro de la serie PiC, «The Politically Incorrect Guide to The Sixties» [Regnery Publishing, Inc, 2009], en la se impone contrastar la atolondrada y rebelde época de los ’60 / la que la Derecha conservadora misma calificara como la «turbulenta escena» dominada por los viciosos hippies, amantes de drogas y sexo, y estudiantes radicales, revolucionarios, con una evocación de la Nostalgia [y me pregunto, ¿puede la gente de la reacción ultraderechista regodearse con alegría ante un espíritu de época que les fue, es y
será acusador? ¿en qué consistiría, más allá de los festivales de Woodstock, su parte en la dispensación de motivos con que el decenio del ’60 «hizo historia» en la historia?]

Jonathan Leaf es un guionista y editor de espectáculos en periódicos de New York. En el 2006, obtuvo alguna notoriedad fuera de Broaway por «The Caterers» y fue nominado para varios premios en el área de Teatro Innovativo; pero, hay una diferencia entre ser nominado y ganar. Y para quien no ha sostenido el asomo de calidad, hecho que se espera en el competitivo mundo del arte, o de los dramaturgos serios, que un periódico menor y un reportero oscuro le .compare con el ganador del Premio Nobel de literatura Saul Bellow por su «cultura y seriedad» es extremo y, aunque no sea dudable, en la sociedad posmoderna en la que cualquier mediocre pretencioso pasa por talento superior.

Y, ciertamente, hay mucha miopía y parcialidad, además de sus prejuicios políticos, contenidos en el libro elaborado por él sobre los Sesentas. Hay que entender que él no es historiador. O digamos mejor, a juzgar por este libro «The Politically Incorrect Guide to The Sixties», la crítica cultural tampoco es su fortaleza.

Como un punto de apoyo para yo hacer contrastes y distinguir entre un análisis apañado y uno con excelencia, tengo un libro sobre el mismo tema, escrito por Luis A. Venegas, titulado «Años sesentas: los más utópicos del siglo XX» [Universidad de Cuenca, Ecuador, 2005]. Una de las observaciones que describen esa época más allá de la farandulería, me servirá como marco y la citaré de Venegas, cito:

Los sesentas fueron escenario del hippismo, españolizando a la subcultura hippie, y su lucha por el anticonsumismo, la vida simple, la paz, el amor y la droga. Fueron esos años también de las protesta en contra de la guerra de Vietnam y la aparición de la mayor insurgencia internacional de los movimientos estudiantiles de la historia. Los graffitis tradujeron una pedagogía vial profunda y los muros universitarios fueron los nuevos pizarrones al servicio de una nueva filosofía de la vida. El rock and roll, el twist hicieron surgir a Elvis Prestley, Chuby Checker y los Beatles, mientras la guerra fría y el espionaje paranoico, cercaban libertades elementales.

En los sesentas, la vulnerabilidad del mundo se puso en evidencia a través del fantasma de una guerra nuclear que desataba miedos y rabias. La crisis de los misiles de Cuba significó el momento más caliente del termómetro de la guerra fría entre Kruschev, que pasaba una fase depresiva de sus crisis siquitricas bipolares y Kennedy, quien poco después sería asesinado. También el activista de los derechos negros, Martin Luther King, fue asesinado, en tanto que Charles de Gaulle excita el separatismo de Quebec, terminando su arenga en la ciudad de Tres Ríos así: «Vive le Québec libre. Vive la Canadá francois! Vive la France». [Venegas]

Los valores del decenio anterior, «los años cincuenta», con el invento de la televisión, crean un nuevo tipo de juventud que Venegas describe, en cierto modo ya «aburrido» de su «glamour», pero, ahora «con sed de diversión». Cita a Ricardo Pozos Horcasitas quien, con su artículo Los sesentas: Del otro lado del tiempo [México, 2002], define algo más que una época. Para él, se trata de un ámbito temporal prioritario, con profundo sentido. Contrario a Venegas y Pozo Horcasitas, Leaf no sabe verlo. Mas la unidad de acciones de ese ámbito prioritario es el eje esencial de análisis de Venegas:

«…Ni son diez años ni empieza en 1960 ni termina en 1970: es un ámbito temporal prioritario que identifica el sentido de un conjunto de eventos, acaecidos en el tiempo, que forma parte de una unidad de acciones políticas y sociales, interconectadas que producen una tendencia y construye y da significado cultural a una época» [Pozo Horcasitas]

Ahora, en la seudo-reflexión desinformativa de Leaf, la época de los «bell bottoms y Bob Dylan», tiene que convertirse en la Era del Acuario y del conservadorismo, los Brooks Brothers y los musicales de Broadway. «The Age of Aquarius was really the age of conservatism». Es decir, en tal época, no tendría que cambiarse nada. Todo estaba bien hasta que unas minúsculas «facciones radicales» «secuestraron» el fenómeno del feminismo, el movimiento de Derechos Civiles y la Academia, reemplazando las ideologías, sustentadas sobre ideales tradicionales y amor al país, la familia y la persona humana, «con filosofías y métodos más extremos».

Lo que Leaf llama aquí los métodos y filosofías «extremas» es la que hace a los Sesentas una época de cambios; lo que da energía y coherencia a los ideales largamente disputados. No se puede quitar a tal época su espíritu o carácter litigador, rebelde, combativo y anti-estamental, porque, de hacerlo, los 60 no serían los ’60. Y, una de las características importantes del periodo, es cierto desenmascaramiento del «Derechismo» y el «Conservador». Esta época lo acarrola y lo hace ver a su opuesto: el iconoclasta, el herejético y el izquierdista.

Rich Lowry, editor de la revista «republicana» ‘National Review’, del que Leaf es colaborador, llama a los Sesentas la «década de la vergüenza» y la llama así porque coincide con su colaborador en que el cine de Hollywood trivializó el periodo, contribuyendo a que el decenio se dibuje en la consciencia norteamericano como uno de juventud en rebelión y malestares sociales. Este es otro de los seudo-intelectuales de la Derecha Conservadora que se une al corillo que desea combatir dizque una distorsión con otra.

En los Sesentas, al parecer, no ocurrió nada y hay que corregir los libros de texto que contienen la «corrección política» de la izquierda. De rabo a cabo en el decenio, la nación estadounidense permaneció conservadora [«a conservative nation-and in many ways, extremely so»] y, enfatizado, grandemente conservadora. De modo que olvídese y tenga por mito el que piense que el decenio supuestamente fue transformador para la vida sociocultural estadounidense, o su escenario político.

El destructor de mitos Jonathan Leaf viene a decir que el radicalismo de la época se redujo a un pequeño grupo de aislados extremistas, a los que los intelectuales de izquierda inscribieron su nombre en la historia, presentándolos como héroes. «In truth, it was mainstream America-conservative America, that both quietly dominated the 1960s, and that has survived every outrage the radicals have tried to hurl against it». Aquí, en este libro de Leaf se han juntado el picor con la rasquiña, para atacar a los radicales de los Sesentas y al Establecimiento académico que escribió sobre ellos y sus aportes y justificar a los que sofocaron, como reacción sus presencias, al entender que la bendita América jamás sería capaz de desviar su camino de armonía y ortodoxia. Leaf concluye que los Sesentas son una décadas más distorsionadas de la historia americana [«one of the most misrepresented decades in American history»].

Para cumplir este trabajo de negación de la historia estadounidense, se requiere limpiarla de cada sombra de controversialidad. Uno de los asuntos es la resistencia a las guerras en Vietnam e Indochina. En «The Politically Incorrect Guide TM to the Sixties», los sentimientos populares contra la Guerra de Vietnam y los lemas de ‘Amor Libre’  corresponden a una minoría, con sentimiientos comunistas: «were just a small part of the leftist counterculture». Por supuesto, que para comprender esos sentimientos hay que identificar a los economistas marxistas norteamericanos, agrupados en la «Monthly Review».

Entre éstos, están Paul Sweezy, Paul Baran, Harry Magdoff y otros; los historiadores británicos también tienen su cuota de incluencia [Edward Thompson, Christopher Hill, Eric Hobsbawm o George Rude]. Filósofos de prestigio como los alemanes de la Escuela de Francfort, se van sumando al Establecimiento Universitario y adquiere especial relieve en esos años: e.g., Herbert Marcuse; otros que, desde sus países, influyen son Louis Althusser y André Gorz, en Francia, Galvano della Volpe, Lucio Colletti y Lelio Basso, en Italia, Raymond Williams, Ralph Miliband o Perry Anderson. Uno de los editores de la «New Left Review», en Gran Bretaña, Manuel Sacristán, en España, Ernest Mandel, en Bélgica, y muchos más.

Para Leaf, aunque muchos de estos sean norteamericanos, no tiene valor alguno; no cambia nada. Lo que él llama «Mainstream-consevative America», los que cuentan, son los que hostigan a esa minoría disidente. Así, por ejemplo, en 1954, el Fiscal General de New Hampshire, Louis C. Wyman emplazó a Paul Sweezy, investigándole por sus creencias políticas y pidiéndole que delate sus amigos asociados, que son los marxistas. Sweezy se negó a hacerlo, aparado por la Primera Enmienda sobre el derecho a la ibertad de expresión. Se le arrestaba y perseguía por desobecer a la Corte; pero él enseñaba al sistema a defender sus ideas y ser valiente, por lo que la Corte Suprema le retiró los cargos en 1957.

El economista newyorkino Paul Sweezy, fundador de «Montly Review», doctorado en Economía de Harvard, es uno de los ejemplos de la defensa a los valores americanos y universales verdaderos y que el Mainstrem-político-conservador reprime. Sweezy es un típico ciudadano de la generación del Sesenta; pero, en ese decenio de intolerancia gubernamental, el trabajba con Paul Baran, otro economista, en un libro titulado «Monopoly Capita»l [1966], en el que expondrá su teoría sobre cómo los excedentes económicos, creados por la acumulación de capital son vendidos, aumentan el mercadeo, las deudas y gastos de defensa de los compradores y cómo a largo plazo producen desgaste y hambre. ¿Qué tiene de peligroso o subversivo compartir esta idea, que es la base de sus aportaciones a la teoría económica?

Pero si las Cortes de Norteamérica USA son capaces de hostigar y privar de libertades elementales a educadores de la talla de Sweezy, desde la década del ’50 y ’60, hombres blancos y brillantes, ¿qué no hará con quien no tiene un doctorado ni educación que le permita defenderse? ¿Qué tal si es un afroamericano o un Latino?

En la década del Sesenta, también se luchaba por el Movimiento de Derechos Civiles de los afroamericanos. El torpe y malicioso razonamiento de J. Leaf, en aras de inducir con su mala leche, dudas sobre la legitimidad y beneficios del movimientos, asegura que éste no hizo mucho por los negros: «The civil rights movement did little to improve the lives of average African Americans». Esa opinión se explica de quien espera una solución mágica para los problemas de una minoría que fue tratada con deshumanizante opresión por siglos. «El movimiento de derechos civiles experimentó recaídas en el decenio y la política gubernativa de Johson, «Great Society» animaba su despendencia al Estado de Beneficencia en las áreas urbana, concluye Leaf.

Algunas de las recaídas o desintegraciones en su liderazgo que Leaf observa es que activistas que comenzaron en grupos no-violentos, integracionistas, como Stokely Carmichael en el Comité Coordinador de Estudiantes por la No-Violencia (SNCC), destacados en organizar los «sit-ins» y «Freedom Rides» en los primeros años de 1960, terninaron como renegados ya para 1965, diciendo: «I am not going to beg the white man for anything I deserve. I’m going to take it». [No voy a suplicar al hombre blanco nada que yo merezca. Lo tomaré»]. Para Carmichael, el liberal blanco no es confiable. Organizaciones negras como CORE y NAACP, que siempre enfatizaron la necesidad de «white allies in the movement», vieron cómo la mínima solicitud de integración ocasionaba más furibundos brotes de racismo institucional y muchos líderes afroamericanos todavía no descubrir el terror y la persecusión, como una fuerza infiltrada en sus propias organizaciones. En el
exterior, el enemigo de la comunidad negra y pobre solía ser gente como George Wallace, gobernador de Alabama, quien en su discurso inaugural de 1963 prometió en las escalinatos del Capitolio de Montgomery: «Segregation forever!»

Una de las «Marchas de la Libertad» fue a Selma, Alabama, donde el Condado tenía unos 15,000 afroamericanos eligibles para votar; sin embargo, el Mainstrem-conservador, decantado por la susodicha armonía y justicia de «aquí no pasa nada» «son cuatro gatos radicales lo que se quejan», sólo 335 de ellos pudieron registrarse. En 1963, se mató al primero de los activistas de Derechos Civiles y de registro de votantes.

La actitud de la comunidad afroamericana, aún el separatismo ideológico de ciertos líderes, en los ensayos de Leaf, está mal enfocado y este es un componente importante en el espíritu de la época. El Black Power / los Panteras Negras / fueron más que íconos de radicales. Tras ellos está muchas ideas y emprendimientos: fundación de partidos políticos, negocios y cooperativas, propiedad de afroamericanos, así como escuelas independientes para negros. «Los negros debían hacer las cosas por ellos mismos antes que depender de la caridad de los políticos blancos» y «debe practicar la autodefensa, si es necesario»; en adición, a desarrollar y enfatizar el orgullo por su cultura. Sin esos principios, los 60 no serían los 60. Lo que realmente es una manipulación de los académicos conservadores, anti-derechistas y anti-afroamericanos es llamar insignificante a la intensa presión que pusieron, a lo largo de sus luchas, para que se aprobara
durante el gobierno de Lyndon B. Johnson las primeras legislaciones sobre Derechos Civiles (1964) y del Voto (1965).

Es muy significativo que Leaf no se involucre en hacer la investigación que demanda una de las épocas más represivas y más violentas de la historia norteamericana, donde el espionaje doméstico es uno de los factores palmarios. Tomó diez años, a partir de la década del ’60, para que se revelaran los programas secretos del FBI, con el fin de «investigar y desbaratar organizaciones de los derechos civiles durante los años 1950 y 1960». El mismo Sectretario Nacional de la Nación del Islam, organización afroamericana, por la que pasó Malcolm X, fue identifcado como un agente encubierto del FBI. Según Malcolm, John Ali, el secretario y conspirador infiltrado, había agravado las tensiones entre él y Elijah Muhammad. Este era su archienemigo dentro del liderazgo Nación del Islam. Malcolm X fue asesinado mientras daba un discurso en Nueva York en febrero de 1965.

Leaf no comprende «The Great Society», o los programas domésticos de Lyndon B. Johnson. Como la gente elitista y racista de los Círculos del Partido Republicano no cree en dl trato negociador con el negro. El asesinato de John F. Kennedy, quien en 1963, queda en el misterio, porque, seguramente, Kennedy habría hecho aún más radicales movidas sociales que LBJ. La Crisis de los misiles de 1962, si bien fue explotada por la prensa sensacionalista y conservadora como una potencial hecatombe que desataría una tercera guerra mundial, se evitó gracias a la voluntad de Nikita Jruschov y John F. Kennedy. Mas nunca habrá agradecimiento; posiblemente, había intereses en el ambiente para que tal guerra se iniciara.

Otro de las conclusiones en los que el reportero Leaf muestra su incompetencia es la aseveración de que la mayoría de los estadounidenses apoyaban la conscripción militar. «Most Americans actively supported the Vietnam War and the draft». Leaf no toma en cuenta el hecho de que entre el 1948 al 1973, haya sido un periodo de guerra o paz, las fuerzas armadas se nutrieron con la participación obligatoria de los hombres al servicio militar. Todavía hoy, cuando el servicio militar no es obligatorio, el Estado tiene la capacidad de chantajear para que lo parece «voluntario» sea oscuramente mandatorio. Por ejemplo, la enmienda Solomón de 1982 establece como requisito que un estudiante esté registrado en el SSS para poder recibir ayudas, becas y préstamos estudiantiles. La enmienda Thurmond de 1985 añade como requisito estar registrado en el SSS para solicitar puestos y plazas en el gobierno federal. Para las minorías pobres, de cualquier color y
raza, el ejército es una opción de empleo, ropa, techo, alimento y, quizás becas y entrenamiento seguros, al entrar al Army y nada tiene que ver con el apoyo a una aventura militar. Y el peor chantaje contemporáneo consiste en que, al cumplir sus 18 años, el joven que no se registra al Servicio Militar, comete un delito grave y que puede significar una pena de hasta 5 años de prisión y/o una multa de hasta $250,000.

Como ha dicho, no hay tal cosa como apoyo consciente de los jóvenes a una guerra. «El militarismo y el servicio militar son contrarios al derecho a la libertad de conciencia». La estructura que Leaf defiende como el patriótico Mainstream-conservador no lo permite. Es una lucha entre Autoridad contra Ciudadano y éste siempre lleva las de perder. «La objección de consciencia ha sufrido una atención decreciente, debido a la falta de énfasis en las enseñanzas pacifistas y sociales en las comunidades católicas» [Marion Maendel, Periódico El Trabajador Católico] Cada año seregistran cerca 1.8 millonesde hombres ciudadanos americanos, esto incluye a todo varón extranjero residente. Los EE.UU., sofocado los hippies, pacifistas y activistas, es una cantera de mercenarios.

Una de las lecciones que la Guerras de Korea y Vietnam dieron a la juventud de Norteamérica es que estos conflictos no tienen nada grato. Implica no sólo muerte, sino la incapacidad física y enfermedades mentales de soldados y veteranos. «Un 52% de los que regresaron de Vietnam, padecen de enfermedades mentales o incapcidad» y baste este ejemplo.

Para dar fuerza a este comentario tiene la necesidad de echar fango sobre los más conocidos estudiantes de izquierda, a los que destca como una minoría en los campus universitarios. La mayoría de los estudiantes son unos felices despolitizados y puede que tenga razón en ésto. «They spent most their time going to classes, going on dates, or just being teenagers»; pero que vayan a clases y se la pasen bien, porque «a mí ni me va ni me viene por ahora», no es suficiente para concluir que apoyaban la guerra de Vietnam.

De hecho, mejor indicador es que durante la guerra del Vietnam los objetores por consciencia y evasores del Servicio Militar fueron más de 200.000. Encuestas realizadas indican que «en el ejército del Irak, el 50 % de los soldados critican la guerra y se oponen a ella. Pero, al acudir a ella y descubrir el espejismo de lo prometido, quisieran volver atrás, desertar, pero no les es posible. Muchos testimonios acreditan que, en esos casos, los objetores son acosados, maltratados y sancionados». En una cultura guerrerista, la objeción de conciencia contra la guerra no se considera un derecho.

«La experiencia en E.E.U.U., sin embargo, muestra que el trabajo con ex-soldados y contra los esfuerzos del reclutamiento militar es muy importante y prometedor. Las campañas del movimiento contra-reclutamiento en E.E.U.U., en contra de la presencia de reclutadores militares en institutos y universidades, dificulta a estos últimos conseguir sus objetivos de reclutamiento. En esta tarea, veteranos de las guerras de Vietnam e Irak, con frecuencia desertores u objetores de conciencia, desempeñan una importante función, ya que estos veteranos conocen el sistema militar por dentro y son más capaces de desmoronar los mitos y mentiras de los reclutadores militares».

El afán de Jonathan Leaf de cosechar para la Derecha Conservadora todo lo que provoca de nostalgia, de certidumbre combativa y ensanchamiento de la consciencia de posguerra, lo lleva a querer quitar de los nichos de admiración a los artistas que las audiencias masivas fueron consagrando. Dice que la música rockera fue una pequeña parte del legado musical de los 60. Hay pues que desbancar de sus sitiales a Bob Dylan, Jimi Hendrix, The Who, The Grateful Dead, o Jefferson Airplane,y que considerar que el «crooner» Bobby Vinton logró un mayor númbero que ellos. En diciembre de 1964, el tema de su autoría Mr. Lonely como el hit número uno.

Desde 1962, Bobby Vinton, con su álbum “Roses Are Red (y otras canciones para jóvenes y gente sentimental, se convierte en un generador de ventas millonarias. Por 45 años, hasta hoy, Bobby Vinton es «Mr. Lonely», consagrado por la película de Harmony Korrine de 2007. En la Era anterior a los Beatles, Vinton llegó a estar 16 veces entre los Primeros Diez Hits nacionales. Artistas como Connie Francis, Ricky Nelson, the Shirelles y otros de los favoritos de la generación apenas alcanzaban los subir a los primeros 20 o 30; después de la Invasión Británica en la música, Vinton es utilizado políticamente. Durante la Guerra Fría y la intensificación de la guerra de Vietnam, la American Forces Network lo utiliza para giras y él ha escrito en 1966 el hit «Coming Home Soldier», a pedido de los grupos militares.

Una vez llegan los Beatles, que son: los artistas que más discos habían vendido en la historia de los Estados Unidos, de acuerdo con la Asociación de la Industria Discográfica de Estados Unidos, la decadencia de Vinton y su sentimentería irá en picada. En la «Land of the Round Doorknobs» están ocurriendo muchas cosas, que no son necesariamente mucho amor al país. Venegas, Pozo y otros autores, explican que, entre las varias cosas que marca la psiquis nacional, está el miedo a la Tercera Guerra Mundial, hecho que repercute en el orden ideológico y, en segundo lugar, el asesinato de John F. Kennedy. Ambas cosas crean una crisis de identidad colectiva.

Cada clase social en los EE.UU. tiene una manera particular de entenderse con esta crisis de identidad, o convulsión social y moral que incide sobre la sociedad en general. Entre los sectores estudiantiles, artísticos e intelectuales, hay quien identifica la influencia de la Generación y el tipo de reflexión que impulsa valores contraculturales. La influencia de Bob Dylan en 1960 es la de un cronista informal sobre los conflictos estadounidenses y canciones como «Blowin’ in the Wind» y «The Times They Are a-Changin’» denuncian la Guerra de Vietnam. La misma revista conservadora Time incluye a Dylan entre las Cien Personas Más Importantes del Siglo, definiéndolo como «maestro poeta, crítico social caústico e intrépido espíritu guía de la generación contracultural»; pero: ¿quién sino Leaf y Rowry, de la revista «National Review» pudiera decir ésto de Bobby Vinton o el dúo inglés The Brook Brothers?

Se entiende que, en 2004, la revista Rolling Stone coloque a Dylan en «el segundo lugar de los mejores artistas de todos los tiempos». Por más gratitud y talentos vocales que tenga Vinton, favorito de los conservadores, éste es una moda, un artista de relevo. Bob Dylan es otra cosa; «una de las figuras más influyentes del siglo XX desde el punto de vista musical y cultural».

El sicólogo social Eugenio del Río, en su interesante ensayo, «Altermundismo e ideología», nos habla de la diversidad de grupos y movimientos heterogéneos que se dan cita en los Sesentas. Al igual que el actual movimiento antiglobalizador, «o por una globalización alternativa», las manifestaciones del ’60, en todos sus órdenes, incluyendo activismo estudiantil y hippismo, tuvo repercusiones internacionales. En este conjunto de movimientos algunos sectores son «más tradicionales y otros más innovadores; unos más radicales y otros más moderados; más vinculados a ortodoxias anteriores y más alejados de ellas; más inclinados a los marcos ideológicos de conjunto y más dados a horizontes ideológicos limitados y parciales; hostiles a toda realidad político-institucional y partidarios de transformar las instituciones actuales. Por todo ello, cuanto sigue apunta a hechos y síntomas de cierta amplitud». Tal amplitud incluye, insiste Del
Río, «un deseo de novedad y la latencia de ideas ancladas en el pasado de la izquierda» [Eugenio del Río: «Altermundismo e ideología»].

Eugenio del Río, Venegas y Pozo Horcasitas identifican en la conjunción temporal de los ’60 «en menor grado del naturismo alemán», «casos de comunidades intencionales», en rechazo al consumismo, como opción por la «simplicidad voluntaria, ya sea por motivaciones hedonistas, espirituales-religiosas, artísticas, políticas, o ecologistas». Los grupos más politizados tienen, como los antiglobalistas de hoy, dice Del Río, «un elevado sentido solidario e internacionalista»; condenan « las políticas comerciales de las grandes potencias, del consumismo, de la adoración de la competitividad o del productivismo ciego».

Los jóvenes siempre han sido afectos a formar códigos y subculturas. Este es el sector, en ese marco de movimientos, que reacciona positivamente a la Invasión Británica en la música. Algo muy dulzón de los «croonies», de Sinatra a Vinton, ya no representa su ideal ni entretiene sus oídos. Nada de la imagen de los Vinton y los «fresas». Esta gente pone sus oídos a otro tipo de rock, folk contestatario y música nueva. Para ellos, Janis Joplin es la «reina».

Otro terreno de despojo, en el que Leaf reclama su botín de revisionismo histórico, es la Revolución Sexual. No sería justo adjudicarla al sesentismo, ya que, a partir de 1959, prácticamente, se decomisaban las copias de El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, por su carga sexual. mujeres, Los estudios William H. Masters y Virginia E. Johnson y los descubrimientos que aportan sobre el proceso de excitación femenina son evaluados por la ortodoxia conservadora como una descripció del sexo demasiado mecanicista, que ultraja la sensibilidad moral.

Para Jonathan Leaf, la revolución sexual es una continuación de las inquietudes que datan de 1890 – y, aún concluye más, los decenios de 1920 y del 1940 fueron aún «más sexualmente explosivos» que el decenio del Sesenta. Uno pregunta por qué Leaf no quiere aceptar toda la evidencia que muestra que la Generación del Sesenta y del Setenta son las primeras que abordan el sexo, gracias a la píldora anticonceptiva, «con fines placenteros o de relación compartida, más que orientado a la pura procreación». Para los franceses, asistentes a cabaret de París, en los años 20, la práctica del Topless fue normal. No escandalizaba. Pero, ante los datos de Leaf, no hay que escandalizarse ante el hecho de que una revista del Mainstream-conservador / «Cosmopolitan» / sea, gracias a los artículos de Helen Gurley Brown, sea la primera que discuta abiertamente sobre el sexo y las relaciones prematrimoniales.

Esto ocurre en 1965 y, hoy por hoy, es sabido que a una ‘Cosmopolitan Girl’ nadie le cuenta. Ella practica. La década del ’60 cierre con la publicación de un libro del Dr. Reubens que pretende dar cátedras de actitudes «liberales» frente al sexo; pero, al paso de su buena intención, va dejando una ensarta de prejuicios, como es la de alegar que la homosexualidfad es una enfermedad mental o no saber distinguir entre una lesbiana y una prostituta.

Lo que parece que dio la fama a los jóvenes del Sesenta de ser una grey de libertinos fueron las sesiones de «love-in» en barrio de Haight-Ausbury, de San Francisco, California. En 1967, se informó que en número de 10,000 los jóvenes «reivindicaron el movimiento hippie», pero con el lema «hacer el amor y no la guerra». Este atrevimiento no está nada mal para una sociedad estadounidense que todavía no conocía lugares con camareras sin sostén ni manuales de conquista de tanto sexólogo «pop». Mas ciertamente Leaf tiene razón al señalar que el término ‘revolución sexual’ se acuñó en 1929 en un libro de James Thurber & E.B. White y que la venta de la píldora y los condones en las farmacias son lo que hace que se pierda el miedo y lo que antes habría ocasionado escándalo.

A Henry Miller se le prohibió en los EE.UU. la publicación de su novela «Trópico de Cáncer» por incluir episodios explícitos de sexo. Este es un ejemplo de un autor que desafía los valores culturales americanos y sus actitudes morales. Es lo que la generación del Sesenta quería como ideal de hombre libre, sin tabúes. En los años ’30, él publicaba en Francia, pero sus libros eran traídos en contrabando a los EE.UU.. Pero cuando en los años Sesentas hay el valor moral y políticos para pedir cambios, como hizo Miller y el economista Sweezy, siempre hay un Jonathan Leaf que dirá que los intelectuales radicales merecen tales prohibiciones e inquisiciones.

La publicación de «Trópico de Cáncer» en los EE.UU. en 1961 provocó una serie de demandas por obscenidad que pusieron a prueba las leyes sobre pornografía en el país. El caso de Miller se llevó a la Corte Suprema que se decidieron sobre el mismo en 1964. La decisión en favor de Miller fue considerada uno de las victorias de la llamada Revolución Sexual.

Cuando Leaf habla de la gran cantidad de sexualidad características de la posguerra y su impacto env los dramas humanos [es decir, matrimonios precipitados, agobiantes separaciones, soledad y miedo], sugiere que cuando los novios y esposos, se hayan lejos, «se aceptaron las relaciones clandestinas, perdiendo intensidad muchas inhibiciones morales y sexuales, traduciéndose estas en búsqueda de placer e incrementándose la promiscuidad»; pero, el gran mérito que tiene la franqueza y el hedonismo de la actividad sexual, en los ’60, es que se da la cara públicamente. Quizás Uschi Obermaie, supermodelo alemana,
ilustra lo que la Revolución Sexual fue. «Muchos le temían. En otra época tal vez hubiese terminado en la hoguera… Sin intención de cambiar el mundo, sino de buscar aquello que deseaba, dejó atrás las convenciones sociales y morales de los años del milagro alemán. En 1968 se enamoró de Rainer Langhans y se fue a vivir a la Comuna 1. Uschi posó desnuda y fumando un porro, se enamoró de Jimmy Hendrix y se fue de gira con los Rolling Stones.

Uschi Obermaier formó parte de la Comuna 1, en Berlín, durante una comida comunitaria en 1968. La comuna fue la primera formada con fines políticos en Alemania. Se creó como respuesta a la moral y a los roles sexuales conservadores de esos años. Si bien Uschi no participó activamente en política, formó parte, sin querer, del movimiento revolucionario como inspiradora de una femineidad no relacionada con los roles clásicos de esposa y madre.

En resumen, como se quiere hacer creer «The Politically Incorrect GuideTM to the Sixties», con la «incorrecta» revisión de Jonathan Leaf, no hay necesidad de festejar a jóvenes idealistas y los eventos de rebelión social. Eso es cosa de radicales, educadores universitarios y los medios de comunicación «izquerdistas». Tan falsa como la autoglorificación que pretenden para el decenio y su ínfima minoría. La verdadera historia de aquellos tiempos problemáticos es que aquella dirigencia radical de los 60 fue «más elitista y codiciosa» / «far more elitist and self-serving than we have been led to believe» / que lo que hacen creer y su legado sociopolítico y cultura, nos ha llevado a la ruina, asegura Leaf.

El libro de Leaf es un falseamiento de las causas de la Guerra de Vietnam y el por qué Norteamérica se inmiscuye, pasa a difamar el Movimiento Estudiantil, a menospreciar los Black Panthers, JFK’s Camelot, la Corte de Warren, la legislación sobre Derechos Civiles, el advenimiento del feminismo y las políticas de la Great Society, slogan de Lyndon Johnson. Todo cuanto fue lucha e idealismo en la década queda reducido a los polos de su capridcho. Fuera y dentro de Washington, asegura Jonathan, hay un pequeño grupo de intelectuales, empotrados en las universidades más importantes, que arengan a energúmenos callejeros («street thugs», les llamaría) para que subviertan la Ley, el Orden y la Estabilidad Familiar.

Leaf no entiende que ese espíritu de rebelión fue compartido y expresado, con idiosincracias propias, en las principales naciones del mundo, independientemente de los agitadorcillos de Gringolandia. Pensar que los Sesentas fueron un operativo publicitario, organizado por unos radicales, es simplista; los brotes de rebelión social responden a una comprensión masificada, no egoísta, de ciertas injusticias y opresiones, a las que el mundo abrió los ojos, quizás por influencia del nuevo lenguaje del rock, el compromiso político-poético de las Nuevas Trovas y un mensaje, materializado en la práctica sensual, de Paz y Amor.

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