La historia se repite (Se cumplen 80 años desde el ‘crash’ del 29)

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Hoy se cumplen exactamente 80 años desde aquel 29 de octubre de 1929, fecha de infausto recuerdo para la humanidad y de la primera gran crisis puramente financiera de toda la historia, una crisis de origen similar a la crisis actual.

Está claro que en estos años de comienzo del siglo XXI hemos conseguido mecanismos financieros mucho más sofisticados de los que utilizaban allá por 1929, pero también está claro que el carburante de estos mecanismos sigue siendo el mismo: la codicia.

La codicia humana no tiene límite, los hombres quieren tener y tener más, tener más cada día, tener más que el vecino, tener más que el amigo, ser el que más tiene, y lo que es más grave, a cualquier precio.

Ello provoca que nos embarquemos en todo lo que parece que está funcionando, en cualquier inversión que esté reportando beneficios a la gente de nuestro entorno, lo cuál es caldo de cultivo para la formación de las burbujas que originan las crisis al explotar.

En 1929 el crecimiento bursátil era inaudito, parecía que la bolsa sólo podía dar beneficios, que era imposible que pudiera dar pérdidas. La gente invertía en bolsa no porque estuviera convencida de lo que hacía, sino porque no quería quedarse fuera del pastel, los precios de las acciones crecían y crecían y ya no se parecían al valor real de las compañías que las justificaban, y claro tanto creció la burbuja que al final estalló.

Algo similar ha sucedido en nuestros días. Las entidades financieras ganaban y ganaban dinero, y parecía imposible que pudieran dar pérdidas. Las hipotecas se regalaban sin importar las garantías de devolución, sólo importaba el volumen, no la rentabilidad. Los productos hipotecarios sin garantía pasaban de mano en mano y en cada transacción incrementaban su valor. Nadie se quería quedar con ellos porque intuía que algo “olía a chamusquina” y la burbuja creció y creció, hasta que un día estalló.

1929 y 2009 están separados por 80 años, 8 décadas que han servido para que el ser humano evolucione, seguramente a peor, y para que la tecnología se haya revolucionado, indudablemente a mejor, pero hay una cuestión esencial al ser humano que no se ha modificado: la codicia, una codicia que sigue alimentando nuestros actos.

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