Una íntima enemistad fingida: literatura y pintura

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De vez en cuando, y es que la vida transcurre por extraños vericuetos, he tenido el gusto de presentar a algunos pintores. Como soy escritor siempre me asalta la duda metafísica: ¿y esto qué es? Voy a la exposición y empiezo a darle vueltas al cuadro. El artista se acerca a mí y me pregunta:

-¿Qué haces?

-Intentar adivinar la orientación correcta –respondo.

-Es una mujer con su hijo –me dice, justo cuando ya me daba cuenta, lo prometo, de que no se trataba de arte abstracto.

Luego llega el gran momento de la presentación y mi consiguiente y consabida pregunta:

-¿Tiene su obra un contenido narrativo?

Lo de no saber cómo va su cuadro al artista le hace gracia, pero lo que nunca jamás se podría permitir es que tachen a su arte de “narrativo”, como si cualquier “cosa” que tenga que ver con algo literario les produjese un terrible sarpullido ético.

Y es que los alumnos de Bellas Artes de la ciudad de Madrid parecen haber recibido unas extrañas clases culturales: huir de las disciplinas intelectuales y considerar el Arte como el que se refiere a lo plástico y a las cosas hechas con las manos (y prometo haber visto cada cosa “hecha con las manos” que parece “hecha con el pie”). Luego algunos le echan narrativa al asunto (que para “eso” sí vale) y empiezan a hablar de la complejidad de su obra:

-¿Ves que punto más bonito sostenido en el espacio? Representa lo inmarcesible de la fugacidad del tiempo en eclosión con el espacio infinito.

Boquiabierto me detengo y no sé qué más preguntarle. Parece un tipo agradable con boina.

¿Por qué el odio atroz a toda ligazón con el Arte Literario? Hubo una especie de hombre del Renacimiento llamado Kandinsky que, créanme, tuvo la osadía de escribir un libro. Era Kandinsky, además de un excelente pintor, un filósofo y un pianista notable, un hombre que no se conformaba con mirar sino que buscaba en el interior de las formas plásticas la ligazón con la música, el tiempo y el hombre en su espacio. Se llamó su libro “De lo Espiritual en el Arte” y años ha que lo devoré con frugalidad: los ritmos se mezclaban musicalmente con figuras y retruécanos literarios para conformar y componer una obra más allá de la pintura, la literatura y la música.

No fue hasta un par de años más tarde cuando cayó en mis manos “El Punto y la Línea sobre el Plano”. Kandisnky volvía a incidir en las mismas ideas pero esta vez tratadas desde aspectos más prácticos: desde la poesía de su primer libro hasta las formas que se confundían en el espacio creando ritmos y movimientos. Me gustan las paradojas, amigos míos, me gustaba leer cómo aquel hombre había encontrado la unión entre la más sagrada de las artes (la música) y la que algunos (sólo algunos) han tenido por único Arte (la pintura).

Y es que precisamente este estatismo es el que ha llevado a la pintura a las altas cotas de respeto público en las que se halla. Se discute sobre pintura porque precisamente un cuadro no habla cómo se pintan las alegorías literarias porque precisamente una novela no vive del cromatismo. Y una tercera que siempre sobrevuela las dos primeras: los ritmos musicales presentes en las mejores novelas y siempre llenas en los mejores grabados, en los más sagrados lienzos de los artistas más vanguardistas.

La narración, finalmente, pasa a ser estática en una novela de cierto autor y el lienzo pasa a contarnos historias en mil cuadros encerrados en museos en el aire y la tierra.

-¿No es narrativa tu obra? –volví a preguntar al autor.

-No –respondió seguro.

Me temo que los jóvenes ya no leen a Kandisnky.

Me temo que los jóvenes ya no escuchan la música del lienzo.

Mal llamados artistas.

P.S: Dedicado a Isabel del Río, entre lienzos y matices, llama literaria y musa.

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