Cultura

Una visita a Isla Negra: la casa del poeta chileno Pablo Neruda.

"La medusa", uno de los mascarones de proa que coleccionaba.

"La medusa", uno de los mascarones de proa que coleccionaba.

Tuve la suerte de visitar recientemente Isla Negra, la principal casa museo del poeta chileno Pablo Neruda (1904- 1973). Antes de llegar, yo no sabía que existen en la actualidad tres casas museo del poeta en Chile: La Chascona (en Santiago), La Sebastiana (en Valparaíso) e Isla Negra.

A esta casa llegan visitantes de todas partes del mundo, más de 100.000 personas en 2007. Se realiza una visita guiada a grupos pequeños de unas 8 o 10 personas por vez, lo que genera un carácter intimista, permite hacer preguntas y recorrer en un clima silencioso y cargado de emoción.

 

No me detendré en la biografía de este gran poeta, sólo diré que no he ido hasta allí en peregrinaje, a conocer el legado de un dios. Ya no idealizo a los artistas como cuando era muy joven. Sé que son seres imperfectos, pero esto no ensombrece la calidad de sus obras. He visitado esta casa porque en sí misma es una obra de Arte, el gran juguete de un niño-poeta que nunca creció. “En mi casa he tenido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche.” dice Neruda en sus memorias.

 

En 1939 Neruda buscaba un refugio para escribir, un lugar algo alejado, donde pudiera hallar especial concentración. Encontró un aviso en un diario: se ofrecía un terreno y una pequeña casa a orillas del Pacífico, a poco más de 100 kilómetros de Santiago. En ese momento Isla Negra era un pueblito de pescadores, con caminos de accesos muy complicados, sin luz eléctrica ni comodidades. Pero esta rústica casa era en sí misma una ventana al mar infinito, grandes olas rompiendo a pocos metros, las rocas y el cielo.

“Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos”( de “Una casa en la arena”)

 

Compró la casa de unos 70 metros cuadrados a un viejo capitán de navío español. En varias etapas, la fue agrandando y actualmente ocupa unos 500 metros cuadrados. Esto no implica encontrar una casa lujosa, producto de elaborados planos de construcción. La casa fue creciendo poco a poco, como un juego, para aprovechar una nueva vista o por la necesidad de espacios donde guardar las nuevas colecciones de objetos que el poeta iba juntando en sus viajes por el mundo, en desarmaderos y como regalo de sus amigos, que le conocían sus gustos peculiares. Gabriela Mistral ya había intuído en él a un “místico de la materia”. Neruda no compraba en tiendas, buscaba entre cosas olvidadas, desechadas y establecía una especie de comunión con  los objetos: materia y espíritu, unidos, casas y versos como creaciones del poeta

 

Pese a que Neruda era un hombre de gran tamaño, eligió techos bajos y abovedados, pequeñas puertas conectan las habitaciones, pasillos estrechos, para generar la sensación de que se está a bordo de un navío o tal vez, de un tren, no hay que olvidar que su padre fue conductor de trenes. Este objeto es un sinónimo de su infancia  (en el exterior existe una locomotora roja como uno de los juguetes que rodean la construcción). Los pisos son de madera crujiente, en algunos sectores de piedra o cemento con incrustaciones de caracoles. La piedra, la madera y los cristales son los elementos que se reiteran por todos lados.

 

La casa se fue alargando como vagones de un tren frente al mar. Las dos alas principales están unidas por un arco de piedra que las conecta.

En el exterior, varios objetos la rodean, la personalizan con la impronta del mar: Una gran escultura circular de un pez, con sus ojos de vidrio azulados, transparentes, como si contuvieran una burbuja de océano. Un velero amarrado en tierra firme. Allí se subía con sus amigos a tomar unas copas, decía que no necesitaba salir a navegar para sentir la marea. Un bello campanario de troncos de madera y viejas campanas, descubiertas en algún lugar y allí suspendidas, improvisada cúpula de aire y de viento. Un enorme ancla, que parece señalar esa casa como su lugar en el mundo.

Espiando hacia el interior podemos ver sus variadas colecciones: Botellas de todo tamaño, formas y colores. Algunas resultan realmente originales y descubren a un buscador empedernido: mujeres botella, botas botella, manos botella… no se encuentran fácilmente. El  comedor en el que reunía a sus amigos, muestra grandes ventanales para ver siempre el océano, rodeadas por estantes con jarros de cristal de los colores del mar a un lado  (verdes, azules, turquesa) y en el lado opuesto, los mismos jarros con los tonos marrones y ocres de la tierra.

Siempre a partir del reciclado, los objetos adquieren un nuevo significado. Encontramos por ejemplo, una mesa que fue timón alguna vez, con una tapa de vidrio que deja ver piedras o caracoles. Las paredes, de poderosas piedras, brindan una sensación de cobijo y bienestar frente a las chimeneas.  

Como un ejemplo de su adoración por el objeto más sencillo: nos cuenta la guía que un día el mar trajo hasta la costa un tablón de madera, proveniente de algún navío, tal vez alguna puerta perdida. Neruda lo divisa, se entusiasma y corre a buscarlo: dice que el mar le ha regalado un nuevo escritorio. En una salita de maravillosa vista al mar, el tablón,  sostenido por una pata como soporte, se convierte en su mesa de trabajo.

Colecciona también instrumentos musicales. Si bien Neruda no los sabía tocar, le gustaban como  juguetes. Así también se encuentran muchas máscaras y sombreros de diversos lugares del mundo. Las máscaras ocupan las paredes de uno de los largos pasillos. Hay cantidad de figuras talladas en madera, ángeles, demonios y alfarería latinoamericana.

Hay cantidad de mapas, mapamundis, objetos de navegación, relojes, pipas  y una gran colección de barcos dentro de botellas. El marino se rodea de su propio mundo. Su enorme colección de caracoles y conchas marinas había sido donada por Neruda a la Universidad de Chile en vida, así como parte de su biblioteca. En los años de la dictadura militar habían desaparecido. Felizmente los caracoles tienen una sala especial para ellos. La variedad es enorme. También hay cajas de raros insectos y mariposas de colores.

Una mención aparte merecen los mascarones de proa: figuras decorativas, talladas en madera, ornamentadas o  pintadas, que identificaban a los galeones del siglo XVI al XIX. Fueron desapareciendo con los buques de acero de la primera guerra mundial. Estas figuras femeninas abandonadas en algún puerto, eran redescubiertas por el poeta, que las llevaba a su casa como esculturas y las bautizaba. Este grupo de figuras otorga a la casa un aspecto teatral, escenográfico, sobrecogedor. Adora vivir rodeado de estas mujeres, que nacieron de los árboles, tomaron forma y surcaron los mares.

Isla Negra fue su casa favorita. El poeta pasó allí sus últimos días. Luego la casa fue allanada y cerrada por los militares. Desde 1992 Neruda y su tercera esposa Matilde Urrutia están allí sepultados, entre la casa y el mar, tal como era su propio deseo.

Si quieres ver la nota completa, con más fotografías de la casa y versos del poeta:

http://gracielabello-art.blogspot.com/2009/11/una-visita-isla-negra-la-casa-del-poeta.html

Campanario frente al mar en Isla Negra.

Campanario frente al mar en Isla Negra.

 

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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