La Inquisición Española: una verdad literaria

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portada-gImagino los terribles tormentos de “la pera”, una especie de puño que se introduce en algunas cavidades poco nobles para, mediante un mecanismo, abrirlo en su interior sacándolo posteriormente, desgarrando así la carne con sus puntas metálicas.

Recientemente cayó en mis manos un pequeño libro en cuanto a número de páginas escrito por Francisco Ansón Oliart llamado “Los Muertos en la Inquisición Española” (editorial Akrón). Se trataba de la transcripción de una conferencia que el autor pronunció en la Fundación de Arte y Letras el 1 de Octubre de este mismo año.

Imagino el dulce potro, famoso en el mundo entero.

Más allá de las evidentes verdades que contiene este libro, perfectamente fundamentadas en estudios históricos, sus páginas se pierden y se encuentran entre reflexiones más o menos menores que me llamaron profundamente la atención: ¿a qué viene la leyenda negra sobre la Inquisición? El otro día, viendo una película (americana), los protagonistas daban como única el invento por parte de los españoles del Santo Tribunal. El libro viene a desmentir la leyenda negra sobre todo ello.

Y también imagino aquella terrible armadura llena de pinchos, en donde el torturado sufría

No les engañaré, amigos lectores, conocía las conclusiones pero ignoraba los datos y, como tengo una memoria desastrosa, los seguiré ignorando en el futuro. De alguno me acuerdo: sólo el 2% de los detenidos eran considerados culpables. Que se lo digan a Fray Luis de León, que pasó dos años encerrado mientras se decidía. En todo caso, y en ello sí que parecen coincidir todos, los muertos durante estos tres siglos fueron más o menos 5.000 (tirando por lo alto), cifra bastante menor a los millones que se le suponen en ese “inconsciente colectivo” y cinematográfico.

Y la tortura del agua también. Se hacía ingerir al acusado diez litros de agua, provocando una terrorífica sensación de ahogo.

Lo más terrible de una mentira es su propia fuerza, y así la Inquisición pasa a convertirse en una ficción literaria de primer orden, como La Odisea de Homero o el dulce Barbazul creado por Perrault (en realidad basado en Gilles de Rais, famoso por sus crueldades y violaciones). Sea como fuere, lo cierto es que parece que al arte se le atribuye la difícil tarea de convertir en procesos psicológicos los hechos históricos (o no históricos).

Una verdad sólo se convierte en “cierta” cuando pasa por el filtro de la literatura, de ahí su importancia. El señor Ansón prueba que la Inquisición no fue el delirio colectivo de una institución hambrienta de sangre, pero también entra en esas escasas verdades que a veces sí las hemos visto proyectadas en ecos literarios: la propaganda francesa e inglesa contra el gran Imperio que era por entonces España.

Nos hablaba el magnífico poeta Dante sobre esa “bella mentira” que eran los versos. Siempre fue Dante para mí una forma de gran maestro que guiaba mis pasos. Por suerte o por desgracia, el gran Dante tenía mucha razón, tal vez demasiada: toda mentira deja de serlo en cuanto se convierte en belleza por medio de la inspiración del artista.

Y es que el hombre nos ha dejado no sólo los frescos de la Sixtina o el Quijote, también una literatura ágil y bella sobre otra de esas grandes mentiras: La Inquisición Española. Desentrañar los misterios de la psique de manera bella es tarea de la literatura, descubrir la verdad, de la historia.

Sea como sea, para mi último libro había estudiado este tema y hay me había topado con estas verdades pero, mucho me temo, seguiré siendo literato por el momento que dure mi vida.

Desde mi eternidad, se despide este eterno mentiroso.

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