2 de octubre

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«¡A por ellos, que son pocos!». Eso cantaba Loquillo y ese es el ululato que hoy sale de la garganta del Lobo Feroz. Lo malo es que no son pocos, sino muchos, y nosotros, los disidentes, una migaja. ¡Hale! ¡Zafarrancho de consenso! ¡Brazos y puños en alto! ¡Todos, por primera vez, a una! Zapatero y Rajoy, Esperanza y Gallardón, el PSOE, el PZOE, el PP socialdemócrata, el PP liberal y hasta Izquierda Unida, el Rey, el Príncipe, los republicanos, los gallegos, los vascones, los catalanes, los patricios, los plebeyos, los ciudadanos y los ciudadasnos… Sólo los de Ezkerra están en contra, pero sus razones no son las mías. Los mismos que dedican toda su jornada laboral y buena parte de sus ratos de ocio a poner el adversario de chupa dómine y a crispar a un país que está hasta el moño de las grescas de sus políticos cierran ahora marciales filas en torno a la lejana posibilidad de que el poblachón manchego de Cela, transformado en queso de Gruyére por un alcalde con ínfulas de faraón, se convierta en sede de los Juegos Olímpicos del 16. ¡Tiene guasa! No se ponen de acuerdo en las recetas que servirían para bajar la fiebre de la gripe del paro y sí lo hacen para apoyar tan inútil derroche. ¿Derroche? ¡Si sólo fuera eso! Las Olimpiadas son para cualquier ciudad algo parecido a lo que fue el vuelo del Enola Gay sobre Hiroshima. Que se lo pregunten a Barcelona. Cierto, han siliconado su cuerpo y lo han estirado (o anestesiado) con bottox de cementina, pero al precio de que la ciudad de los prodigios se haya quedado sin alma. Me lo dijo en ella un taxista, y tenía razón. Yo, que iba a menudo por allí, ya sólo lo hago cuando torea Tomás. ¡Para ver guiris de piernas peludas en chancletas y vejestorios en bikini por las Ramblas! El 2 de octubre cumplo años: setenta y tres. Confío en que la sensatez impere. Los extranjeros no son idiotas. Y si lo son y nos confían la puesta en escena de la carnavalada, me aferraré al consuelo de que en 2016 quizá esté muerto. ¿Insistirá Gallardón o quien le suceda? ¿Pujará el uno o el otro en la subasta del 2020? Bueno… Ahí me las den todas. Para esa fecha, si no he espichado, andaré gagá y creeré que el estrépito de los Juegos es la flauta del afilador que recorría las calles de Madrid cuando yo era niño y aún se podía jugar en ellas. Eso fue mucho antes de que abriesen la primera zanja. Se iba entonces de Madrid al cielo. Ahora es un purgatorio. Si lo de Zurich cuaja, será un infierno.

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