Cultura

GENTE DE MI PUEBLO: Francisco Ranero, el Serafín, 1898

Francisco Ranero se pasea a caballo, sin ningún galope, por la que fue en 1860 la extensa finca «Piedras Prietas» en el pueblo de Pepino. Es un viejito vizcaíno a estas alturas. Vino joven como un guardia civil de los que llaman «serafines», por las galas de su uniforme y antes pasó de la comarca natal de Las Encartaciones, provincia de Vizcaya, en España, a un pueblito isleño que aún se llama «Juana Díaz». Para el año de 1888, con quienes hoy son íntimos compinches, amigos de visitar el Casino de Pepino y jugar a la baraja con incondicionales, como Mantilla y Guijarro, se pelearon por la Alcaldía de Juana Díaz y no se lograba acuerdo. Entonces, Policarpo Echevarría, con quien hoy se acompaña, Pascasio Alvarado, Jaime Grau y él, la administraron juntos. «Cuatro alcaldes son mejores que uno», dijo Ranero.

A él, por cualquier nimiedad, le ganan los humos filosóficos. Reexamina la noción de autoridad, obediencia, civismo… El leía a Ferrer i Guardia y la revista que en Bélgica tenían los anarquistas. Sí. Ahora lo tienen contra la espada y la pared, tan sólo por ser español y ex-militar. «Y son esos criollos dominicanos, con esos mambises de aquí, con instintos brutales y un volcán de deseos desenfrenados, por alma y por historia, quienes estorban la convivencia… Que aprendan de nosotros, Policarpo, ¿recuerdas? Cuando el poder se nos fue a la cabeza y cada quien lo quería para sí solo, hablamos al estilo de Francisco Ferrer, el Maestro, y nos los repartimos los cuatro los deberes de la Alcaldía en Juana Díaz».

Cabalgan lentamente para contarse historias y en eso, por los derredores, se oyeron súbitos relinchos. Un caballo cocea. Bufa libre y salvajemente por los terrenos llanos de Piedras Prietas, la que fue hacienda de Teresa Ballester. Entonces, ambos jinetes hincaron ijares de sus caballos y se acercaron a verlo. El enérgico cuadrúpedo tiene una bella pelambre grisácea y largas crines muy oscuras. Es el semental indomable, favorito de Alejandro Alers, el hacendado más rico de la región.

El caballo ha escapado del potrero. Y parece en el éxtasis, «salido del corral de sí mismo», como no puede hacerlo el hombre fornicario. «Hoy el caballo no se siente de Monsiú; volaría, han nacido alas mágicas a su costado». Internalizando la escena, al corazón de Ranero algo sentimental o melancólico lo conmueve. El Teniente Echevarría Alvarado ha mirado sus ojos próximos al llanto. «Francisco, ¿qué te pasa?»

Y el viejo vizcaíno contestó.

«Es que Isabel, mi esposa, es muy linda. Lloro por eso». Como nunca lo comprendería y admiraría el monsiú Alers, dueño de tan hermoso caballo, «Isabel Ballester González: mi Isabelita, es hermosa e inocente», repite… Todavía el caballo, libre y suelto ante su mirada, por un lado, para él evoca el movimiento cíclico de la vida, seres que emergen del caos amorfo de las profundidades, seres que expresan las formas vivientes y con su galopar casi un vuelo hacia ventanas intangibles entre las nubes… «Y son a veces el presagio de guerra; no ya «la madre en nosotros, la intuición bendita y mágica; no ya la herradura que da buena suerte, no ya el tridente de Neptuno, ni las vías de imaginación, nobleza y trabajo».

Por cualquier nimiedad, Ranero cede a expresar sus humos filosóficos; pero ésto que hoy le confiesa es algo que duele. La familia de su esposa lo ha contagiado con la tragedia que motiva cada melancolía. «Es que las Ballester han sufrido mucho». Monsiú las comparaba a todas con «caballos de cien pesos», valiosos, y cargaba sobre unas mulas, no monturas, alforjas y banastas plenas de monedas de oro. E irrumpía como ese caballo que ha entrado a los predios ajenos: «Lo que pese esa yeguita de mujer, yo lo pago. Esa vírgen es mía. Yo la estreno, la desvirgo y la crío».

Isabelita fue una. La pesó sobre una balanza delante de testigos. La demandó de su padre yle pagó cuando accedió al trato. Y, en efecto, Monsiú le comió la honra porque pagó el dinero hasta que un día la abandonó. Pesó a otra.

Este mismo año en medio de las quemas, robos y ultrajes, cometidos contra los españoles, volvió a repetirse la tragedia. Los rumores indican que un negro fue el violador de una de las Ballester y que un intento de ultraje se hizo cuando bajó de los altos de la tienda La Euskelerría la señora de Jaunarena Azcue en el barrio Guajataca. «Don Pedro y doña Cleofe Ballester identificaron a 14 hijos de putas». Fueron los agresores y la Corte investiga.

«¡Qué bueno, Policarpo, que el Coronel nos ayude a regresar a España. Estoy vendiendo lo mío en Pepino y me iré con Isabelita antes que pierda el cuero como amenaza el trovero».

Al recordar la niñez, allá por Soba (Cantabria) y la aldea vizcaína de Carranza, le vuelve el alma al cuerpo. Echa de menos el pueblito de Lanestosa al que se irá con su mujer criolla. En Pepino, le están cantando decimitas de amenaza. Le trovan la muerte si no se larga del pueblo. Y él no quiere ese odio que le costó un brazo cercenado a Jaunarena por defender la honra de Cleofe.

Por eso está aquí, visitándole el Teniente Don Policarpo Echevarría Alvarado, enviado del Coronel José Sánchez de Castilla. «Me contó lo tuyo: Que turbas de comevacas y tiznaos te molestan; pero esto es más triste, Ranero».

Díle a Braulio Caballero
que toda deuda se paga
y a Francisquito Laurnaga
que pronto perderá el cuero.
A Mantilla y a Ranero,
ese par de serafines,
les dirás que nuestros fines
son de a Guijarro coger
y arrimarle a Castañer
junto con Víctor Martínez. *

El enérgico cuadrúpedo tiene una bella pelambre y largas crines. Es el caballo semental favorito, indomable, de Alejandro Alers. Y algo melancólico le viene a la memoria a Ranero. Ahora, en vez de evocar el caballo y sus símbolos, evoca en éxtasis a Isabel. La piel que observa es lampiña, no pelambre. Es rosada y blanca. Es una briosa campesina la que imagina en la ruptura de niveles, a Isabel y Teresa Ballester realizando rituales de cosecha y de viaje.

04-02-2003

* Décima histórica de la tradición oral. Se cantaba, con el nombre de componte, o contra-componte, por los campesinos involucrados en las Partidas Sediciosas / también comevacas y tiznos / de 1898 en el Pueblo del Pepino, como una forma de avisar un planeado ajusticiamiento contra ciudadanos españoles o propietarios maltratadores del peonaje. El brote de rebeldía campesina se intensifica por causa del hambre, el cierre de comercios y la invasión norteamericana a la isla. El contenido de este cuento y nombres de personajes son reales. El relato es parte del libro inédito «Leyendas históricas y cuentos coloraos».

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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