El Milagro de Navidad / cuento

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Paulatinamente, Evaristo se dio cuenta que estaba «investido de poder». El dios, a Quien sólo recordaba para echarle maldiciones, le encomendó un rayo mágico, poder mental o concentrativo, con el que desde su cabeza, al sólo vibrar una mala intención, lo que fuese venganza se materializaba. No había necesidad de matar, o maldecir más. Si funciona así es porque Evaristo es meramente ignorante, fatalista. Un hombre ordinario de los que, en el mundo, todo le cuesta trabajo. El dice que, aunque lo persiga la desgracia, cumplirá los dos mandamiento esenciales, lo que él puede. No matar, no robar. «Los demás que se los metan por el culo».

El no puede honrar a quien no vive ni ve. Ahora, si lo piensa, perdió a los padres y cercana parentela en un terremoto y era tan niño. De tanto meditar en que el mundo no tiene salvación ni remedio y que la Naturaleza mata poco a poco, además de aprovechar los errores humanos, tiene su memoria la fuerza del terremoto que hizo desaparecer su ciudad natal.

Ha puesto a prueba su poder. El mueve objetos con su mente. Los pulveriza. El fue y destruyó el puente, bajo el cual durmió meses, sin que nadie le trajese una torta en semanas. Tuvo sus pies hinchados, sangrantes de caminar, se arrastró sin esperanza y con mucha hambre y, recordándolo, cuando reconoció su poder, vara mágica de Moisés en su alma, dijo: «Destruyéte» y el puente se vino abajo por causas no explicadas. A nadie Evaristo dijo: «Materializo destrucciones al maldecir; pero, yo no soy malo ni bueno».

Esto es definitivo. Lo han investido del poder destructor que la Naturaleza tiene en sí. El no es especialmente merecedor de privilegios divinos. Ahora cree que tiene éste y lo llama la Fe, o a veces la anti-Fe, y cuando dice Anti-Fe y anti-Cristo, como ha visto en películas, si alguna iglesia está cerca, con una cruz visible, la Cruz se cae y es el rayo mágico de Evaristo. Se cae aunque él no vea al momento la imagen cuando se hace trizas.

Si se ha acercado a las iglesias, ha sido por hambre. No para tirar altares o cruces delante de sus portales. Su oración alguna vez fue un «dáme» (una frazada, una latita de alimentos, albergue supervisado por causa del terremoto, o algún otro evento trágico, su emergencia). Y él da ‘las gracias’, si algo consigue, y se va. O se iba. Tal vez haya sido virtud suya que no sea aprovechado ni hipócrita.

Hoy se levantó, quisquilloso y susceptible a sus lastres emocionales, por el mal dormir y se topó con alquien que siempre llevara una Biblia que huele a sobaquina y sudores del brazo. Una vieja religionera, de esas que se dan golpes de pecho. Son varias las veces que ella lo maltrató con palabras en la calle. Ahora, tan ufana y quitada de la pena, le cruzó por delante y susurró. «¡Dios le bendiga, señor!» Ni a él, por su experiencia, habría gustado que otro doliente recibiera ese Dios le bendiga que ella da, porque, al parecer, tendría que estar encumbrado con el don del éxito y la respetabilidad para que verbalizara tales bendiciones.

Suerte. Hoy está apto. Aleluya. Se bañó, se rasuró meticulosamente. Ahora no será humillado ni privada ni públicamente. Evaristo tiene ya un empleo. No está en fachas. No será ejecutivo o burócrata; pero ni siquiera tiene la pinta de pordiosero que tuvo antes de este diciembre. Aires de Navidad. Jamás lo había pretendido con esta consciencia de poder o envestimento mágico.

La recuerda en los predios del mismo templo. El se acercó a ella, tan digna y bien vestida, como él hoy, y escuchó cómo disparó su desprecio por la vagabundería y el desaseo personales. Ni pensarlo que ella lo dejara entrar y llenar de pulgas, o sabe Dios qué microbios, el interior de la Iglesia.

«Entonces, con finas palabras, me dice que yo me hinque en las ventas del carajo, ¿es éso? ¿Cómo putas quiere que me bañe si vivo en los mugres rincones, bajo un puente, si no se me quiere a la luz, siendo yo una cucaracha?… Si ahora ando descalzo, señora, no es porque soy vagabundo. Soy un ciudadano en muerte, desempleado… y me equivoqué. Este templo no es para desafortunados». Prometió que no volvería a entrar a ninguno ni por un mendrugo ni cuando repartiesen cobijas, por «amor a los damnificados».

Madrugó con este recuerdo. Ahora que la vio, ella se atrevió a decir que va hacia el lugar donde se reciben bendiciones, donde se reúnen a dar gracias los benditos y a planificar «Buenas Obras» para el prójimo. Claro, la «iglesia»; él sabe donde ella va y no necesita de tantas metáforas sospechosas para que entienda a una hiena, vestida con piel de mojigata.

«Pues, si quiere, le acompaño».

«Sí, venga. Es el lugar más libre de la Tierra».

Todavía tan hipócrita y él la juzga en silencio. Evaristo se aguantó el malestar de verla, sin revelar su identidad y su odio. Dedicó su remanente de energía a concentrarse en la cruz del Gran Altar. Bien que lo rememoraba y quisiera verlo en pedazos. El conoció el lugar y ni siquiera lo maldijo aquella vez, hoy puede, siendo que se le dijo, «no traiga sus pulgas ni microbios» y en amargura lo guardó como recuerdo. Entonces, estuvo tan cansado, tan débil, sin ánimos afirmativos en su alma, que ni discutió; pero, esta vez será diferente.

Acompañado con la mujer de su antipatía, Evaristo entra. Va sintiendo el crescendo de unas ondas vibrantes que crepitan. A ras del piso, a sus pies bajo la superficie, él siente como aguas turbulentas que se embravecen desde algún fondo invisible, Aún más según va yendo hacia el altar. Debajo y a la largo de sus senderos, Evaristo las siente como a sus propios pasos, pero el proceso es subterráneo, oculto bajo el piso enlozado de la Iglesia.

Sucederá. Es el rayo mágico. Va a caer esa cruz desde la pared. Caerá y destrozará el altar. Lo supo. Lo declara la energía intensa y reconcentrada: un temblorazo viene. Catástrofe en marcha, con agua y fuego. Explosiones, estallidos de las cañerías, paredes que se desquebrajan, pisos que revientan y se hunden. El no los ve. Sólo los siente, como anticipo mensurado de la fuerza del rayo que domina.

«Yo llamo a aquel Altar, con su inmensa Cruz de Oro en la pared, el lugar de las bendiciones, y mirando hacia esa cruz, antes de sesionar, oramos para que discernamos cuáles han de ser las buenas obras que debemos planificar», dijo ella a Evaristo, quien se detuvo al ver que un niño corrió por su costado. Fue a colocarse ante el altar, juntó sus manos y oraba.

Era un niño hermoso, como ese que pintan en las estampitas en medio de un pesebre. Y se miró en su prisa con miedo.

«Venga, no se detenga. Unámonos a la oración. Ese pequeño nos da ejemplo de devoción intensa, desde temprano en las mañanas y en su vida. Es el hijo del Pastor. A veces ora por horas».

Evaristo lo mira, enternecido; pero el rayo ya fue activado por la antipatía que él sintió al toparse con la mujer.

«Hágame usted un favor, si quiere usted tanto su altar. Traiga a ese niño aquí y corramos».

«¿Qué dice usted? ¿Corramos? ¿Que salgamos?»

«No hay tiempo que perder. No manche ni la cruz ni el altar con sangre».

«Le juro, no entiendo».

«¡Vaya, vaya! Llámelo, Tráigalo a mí, Aquí la espero».

«¿Cón que derecho interrumpiré la oración de ese niño? Eso me metería en problemas con su padre…»

«¡Hágalo, carajo! y salgamos».

Al levantar el tono de su voz, el temor de la mujer la hizo reaccionar. Fue hacia el al altar, susurró al niño y salió con él por una puerta lateral, más cercana a la salida. Fue mejor así. Que Evaristo no supiera que la mujer lo pensó un secuestrador, o robachicos. Afortundamente, ella no lo que dijo a la prensa cuando opinó sobre lo sucedido.

El templo quedó reducido a escombros. Los periódicos vespertinos describieron casi similarmente que el evento:

«Una avería eléctrica, en el fondo de la sección central del edificio, despedazó la superficie, sumándose el efecto destructivo originado por un incendio y sucesivas explosiones, un violento brote de aguas que fue inundando y desgajando cañerías de cablaje eléctrico, abriendo el piso y paredes. El altar de la iglesia parecía retorcido, tras la explosión que tiró violentamente la pesada cruz de oro macizo. La Virgen se hizo añicos. Afortunadamente, en horas tempranas de la mañana, la Iglesia había recibo a muy pocos visitantes. Cinco minutos antes de la molicie, una ayudante administrativa del Pastor XY y el hijito de éste, de sólo siete años de edad, abandonaron la iglesia, rumbo a la casa del pastor, a dos cuadras».

Días después de que Evaristo activara el rayo mágico, en una edición del diario local se especuló que la única víctima de la Extraña Explosión en la Iglesia, fue él, aunque no se le identifica por su nombre, sino por su oficio: Guardia de Seguridad, 50 años, estado civil desconocido, residente de la ciudad, sin expedientes criminales. La vocera parroquial, o Señora X, afirmó que habló con éste sujeto Y, y lamentó la tragedia de su muerte y las cuantiosas pérdidas materiales de la Iglesia. No obstante, explica que fue «como una experiencia angélica lo que hemos vivido» debido a «la irrupción de este mensajero divino». Evaristo no sabe que se le ha llamado «Hermano heroico, porque salvó las vidas de ella y el niño».

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