Cultura

ENTREVISTA: El hombre enamorado de la vida escribe «Yo soy la muerte»

Por Abelardo García Vera

Facsímil de portada del libro «Yo soy la muerte» (Editorial Alebrijes, 2009) de Carlos López Dzur

Facsímil de portada del libro «Yo soy la muerte» (Editorial Alebrijes, 2009) de Carlos López Dzur

Escribí hace unos años un breve mensaje electrónico a Carlos López Dzur, poeta residente en los EE.UU.. Había leído muchos de los fragmentos que de un libro de poemas, entonces en preparación y por tanto incompleto, él colocaba en revistas electrónicas españolas en astrolabio, net. «Yo soy la muerte», «Barcas de la gloria», «Barcas de la Muerte», «Introducción a la Laguna» (Estigia), «Oralidad de los demonios», eran algunos de sus títulos para textos que hoy, ya finalizado su libro, publicado en versión electrónico por la Editorial Alebrijes, fundada por Norma Segades-Manías, poeta argentia. Las secciones previas preanunciaban el proyecto. Según hice lectura de sus partes, cada vez que las publicaba, entendí mejor el meollo de su mensaje.

Lo primero que reproché a él con un mensaje que agradeció, con esta respuesta: «Gracias por su comentario y su interés», fue: ¿Por qué un joven autor está tan obsesionado con la muerte? ¿Por qué se buscó semejante tema que, al parecer, agotaron los poetas griegos y romanos, con la figura de Caronte, hijo de Erebo y Nix, o como en ‘Trilogía de las barcas’ o ‘O Auto da Barca do Inferno’ (1517) de Gil Vicente?

Sí. Llegué a preguntárselo, temiendo otro “Gracias por su comentario” y hasta ahí. No me daría más explicaciones. Mas no ocurrió así. La cuarta micromisiva que envió fue la siguiente: «Agradezco su lectura fiel. Una respuesta sencilla a su pregunta: Estoy enamorado de la vida y la Muerte (Ella) está enamorada de mí: CLD».

Unos meses después me escribió y envió un documento en Microsoft Word (versión, rft) con el documento completo del libro, el índice y la dedicatoria. Anunciaba que sería publicado en papel. «El documento lo envío en ‘attachment’ en Microsoft Word y tan pronto termine usted su lectura, ya que lo enviaré a impresión, espero que sea una de las primeras personas que me comente. Cada lector es especial para mí. Usted ha sido el más fiel. Carlos».

He leído su poemario finalmente. No tengo la formación académica para juzgar su riqueza ni soy un poeta con los recursos de lenguaje y de imaginación que López posee. Como lector de poemas y artículos en grupos literarios en la internet, no puedo ofrecer otra crítica que la que se reduce a decir: ‘Me gustó, o dejó de gustarme’. Esto sí, al fin y al cabo, me gustó el libro y pedí al autor, que es un profesional en estos menesteres, que responda abundantemente a mis preguntas, de modo que algo resulte al tomarse este artículo como un ejercicio de entrevista y expresión de mis curiosidades en torno al tema. Algunas que me quedaron en flote.

Según releo el libro de López Dzur, más capto y disfruto lo leído.

Pregunta : Hace unos años le pregunté por qué su obsesión con este tema que, siendo universal en la literatura, no es necesariamente el más popular y agradable.

Respuesta (R:CLD): La pregunta es válida. Sin embargo, no crea que dedico cada libro que escribo a mencionarla y en hacer alrededor del tema de la muerte un chorro de poemas. No soy un poeta fúnebre ni elegíaco. Ni escribo para deprimir a los demás… La muerte está en todas partes, adquiriendo mil formas o manifestaciones: por ejemplo, piense en el número accidentes vehiculares, fatales, o personas arrolladas al cruzar negligente o inocentemente una calle; cuantifique en torno a los homicidios, las enfermedades terminales, las guerras, los suicidios, así y así… La violencia, como la muerte, son apabullantes y, muchas veces, aún con el luto ante los seres queridos, estos seres se pierden o se superficializan en cuanto amados por causa de rituales triviales. No basta una actitud solemne… Más o menos, por decirlo así, nos vamos insensibilizando por lo común del tema y el hecho necrológico y bruto… Vivimos en la época del muerto al hoyo
y el vivo al retollo. Los sentimientos con que evocamos la pérdida humana de un ser querido o la presencia grata de ellos en nuestras vidas ya estorban… No pienso que ésto deba ser así.

P: ¿Qué me quiso decir una vez que me escribiera: «Estoy enamorado de la vida… Y la Muerte (Ella) está enamorada de mí»?

R: CLD: Que sólo en apariencia éste es un libro sobre la muerte y la expresión social y humana del no existir más por haber fenecido y haber sido ya enterrado, llorado en novenarios y el cadáver a la postre, descompuesto en la tumba o reducido a un puñado de cenizas. Lo triste de la muerte se bloquea con el olvido. En las personas normales, se va ponieno a un lado. La vida sigue. Los que aman mucho hacen lo que yo, ‘meditatio mortis’ para extrae alguna lección.

P: No hay que hacer de la muerte un culto…

R: No. Sería terrible. Basta una meditación a tiempo sobre el buen vivir y la gratitud. Enterrar con dignidad a los que mueren…

P: Su libro casi no toca lo que es enterrar, o cómo se hace.

R: El mejor entierro es respeto. Un pensamiento de amor en el momento del adiós, o del funeral.

R: Su libro tiene alegorías y especulaciones sobre el más allá…

R: El libro se estructura sobre varias alegorías. En el sentido interno y profundo, la Muerte en torno a la que yo poetizo es la consciencia de eternidad, de belleza, de éxito, de sentido y de Bien, antes de haber muerto. Es por lo que comparo la Muerte con una Dama, con una Enamorada, con un Ser Adorable. En ese contexto, ella es la Vida deseable, el ideal de la Libertad en los cimientos de la Tierra. Cuando la Muerte / Vida se enamora de tí, se compensan y se dialogan, no hay miedo al desaparecer físicamente de la tierra ni hay miedo a trascender a otras dimensiones de energía o de consciencia. La muerte comienza en la vida y la vida se consagra, a medida que se va muriendo, con paz y con un sentido del deber cumplido cuando se estuvo encarnado.

P: Usted es espiritualista… cree en el más allá…

R: Me considero, en cierto modo, panteísta. No ateo. Vivir o promocionar una filosofía de la muerte no es lo mismo que una reflexión personal que la aluda, meditatio mortis. No digo que haya que vivir para otra cosa que para el buen morir; porque, de hecho, la muerte no es una especulación. Es un hecho que experimentaremos. Nos toca a todos, a unos más temprano que otros. Al envejecer y desgastarse el cuerpo, como se desgasta el árbol que dio buenos o malos frutos, al final moriremos en ese sentido literal del «fallecer» y quedar secos, sin una hojita o un tronco resistente. Nadie puede escapar a ese destino, el proceso de la muerte, ni aunque se dure más de cien años sobre el planeta… Quien vive teniendo la muerte como meta inmediata jamás descubre que la muerte es Vida / Dama / una riqueza extra / para el fin de nuestros días terrenales… De modo que hay que dejarse vivir en el cuerpo, pero sabiendo que no es un final, porque hay una
cotinuidad y sucesión en la energía…

P: Que es la reencarnación.

R: Sí. La reencarnación. No significa que me interesa la comunicación con los difuntos en el sentido de la doctrina espiritista. No me interesa mucho lo que sea el «más allá»; me interesa muchísimo más lo que sea mi consciencia, mi ser-aquí y ahora. ¿Es eso ser espiritualista? No. A veces, parece paradoja, pero los muertos están vivos y los vivos muertos. No hay salud en el vivir de mucha gente porque sus vidas carecen de una meditación de vida, sentido, continuidad ni ética…

P: ¿Es necesario creer en la eternidad?

R: No es necesario, basta una ética de gratitud y de amor.. Después de todo, cuando nacemos nadie nos avisa ni nos pide permiso. Como existencialista práctico, repito a Heidegger. Somos seres ‘arrojados’ al mundo y ésto es triste si lo tomamos como una condena que anulará nuestro potencial creativo y de libertad. Lo maravilloso es que, si bien se nos arroja al mundo, también se nos arroja a la eternidad y, si así lo comprendemos, antes de morir, vivimos más felices, más armonizados con cualquiera sea la vida tras la muerte, que es siempre mucho mejor que ésta, donde la necesidad material, sus leyes y su competencia, doblegan más.

P: Usted está convencido de que no es apropiado hablar de…

R: En vez de valuar a la muerte como una Dama Amenazante y el Ser Macabro o los guías siniestros / demónicos que esperan en la «otra orilla», la admito como una Voz o Maestro Interior que nos prepara para el buen vivir y el bien morir aquí en el planeta… ‘Mi yo soy’ la muerte significa que yo la disfruto desde ahora. Me la comunico en vida no con imágenes pesadillescas o funestas, sino con imágenes de amor.

P: En la primera parte de su libro, leyendo el poema «Invitación», escribes que se aparece “Ella, mi Loba”, o La Dama Maldita del primer poema, ¿a mostrarle a usted el proceso de transición a la otra orilla, el más allá, u otra dimensión? Es cuando dice en su texto: «Ven a mi hiperespacio por tan sólo una noche». ¿Es que se puede viajar, inducido por algún visitante hacia el astral y ver ese mundo posible después de la muerte? ¿Es usted profeta?

R: Desde niño tomé en serio mis sueños y los mensajes del subconsciente. Me gusta soñar cuando me acuesto y analizar al otro día, o inmediatamente al despertar, si hay coherencia o un orden natural de cosas en lo soñado… Mi poesía, lo mejor que haya escrito en términos alegóricos y metafóricos, es un producto de ese esfuerzo y análisis que practico desde niño. Mi «loba» nunca ha sido maldita, sino una dama que el mundo «mal-dice-y-teme». Mi loba se parece más a la que, en las leyendas empáticas, nutre a Rómulo y Remo, lactándolo para que sobreviva. Es una loba fransciscana. Que si las tratas bien, como en el poema «Los Motivos del Lobo» de Rubén Darío, se retira al bosque… Tiene una loba maldita, con fauces sangrientas, quien hostiga y crea culpas, y nunca se reconcilia con sus presuntos enemigos…[…] Es cierto que hay sueños que parecen inexplicables, misteriosos y demasiado complejos, pues hay sueños que expresan las
ansiedades en la vida diaria, pero, al soñar y al gustarse de la libertad que se involucra en ese proceso, uno puede trascender hasta el hiperespacio, adquirir paulatinamente herramientas simbólicas y discernir de qué se nos hablara en tan común experiencia para todas las personas, como son los sueños, porque todos soñamos y no necesariamente tenemos que ir por el mundo jactándonos de ser profetas o conocedores especiales de alguna necrofilia…

Lo importante es, a fin de cuentas, que sí yo sueño, dialogo, con La Dama Maldita, La Zorra, con unos seres reales o simbólicos, y que los investigaré porque son Arquetipos y, como entes cognoscibles, dejan un mensaje que se relacionará a mis (los) deseos, esperanzas, miedos o fantasías. Este proceso revela el Yo oculto («hidden Self»), Yo que no cesa, un yo que es el Dragón, o el Ser, tema del quinto poema del libro en cuestión. En el libro «Yo soy la muerte», si alguna enseñanza hay, es que a «la fuente bendita de La Mujer en el fango», esto es, La Loba, la Zorra, la Sabia Muerte, hay que bendecirla. Bendigo la fuente de los sueños, en cuanto me enseña el arte del bien morir (la Sabia Muerte).

P: Le gusta soñar con muertos…

R: Con los vivos aún más… ¿Pero quiénes son mis muertos? Por lo general, mis padres, abuelos o gente muy familiarizada conmigo. A los seres muy amados que han representado para mí unos ciertos principios de compasión, ayuda cuando la necesito, confianza y servicio, así como el principio de autoridad que representó mi padre en la familia, yo no los tiro a la borda sólo porque ya murieron. Esa comunicación y relación sigue. La cultivo. No es un emplazamiento de mi parte; pero yo la agradezco si la sueño.

P: ¿Qué dirías que es el Opus Magnus que menciona en el poema Dragón?

R: La Gran Obra es entender el proceso de la individuación, en sentido junguiano, el paso hacia una adultez armonizada con los demás, donde se ha superado el miedo al fallecimiento y a toda la mitología negativa que se haya asociado a morir. Cuando uno cree en la vida eterna, en la reencarnación, en las leyes de compensación y ensanchamiento de la consciencia personal, cuando se diluye el ego animal en pos de un Ego real, solidario y espiritual, se cumple con la Opus Magnus, o con la Gran Tarea de la vida, y se entiende que, pese a la violencia, la mezquindad y carencias del mundo, la felicidad es posible… Observa que no estoy hablando de la piedra filosofal ni de la alquimia ni los esoterismos místicos. Estoy refiriéndome al proceso de la vida que comienza en lo precario y con lo vulnerable de un organismo, con «ADN imponderable, molecular, visible» (La Baya, Solidaridad), pero, ya corporizado, un ser sintiente que emprende su rumbo vital
hacia otras transformaciones cada vez más cualitativas. En «Solidaridad», pese a ese proceso de consciencia animal que resulta al final en un morir / deterioro («fosforalización oxidativa»), se estará preparado para lo que venga y lo que viene es lo Eterno que evoco:

Vendrá
y estaré en duermevela
y yo, Carlos pupa, invocador de lo Eterno…

P: A usted que obviamente tiene preocupaciones filosóficas y científicas le interesan los sueños y los mitos, ¿por qué? siendo que la filosofía contemporánea es más cientificista, incrédula. Lo que suceda después de morirse no se puede probar. Nadie regresa y lo cuenta y convence. Puede que sea muy subjetivo o fantasioso lo que diga…

R: Admitiré que soy esencialmente una persona que escribe sobre los problemas existenciales. La muerte es uno tan importante como lo es la facticidad (el «en-soi» de J. P. Sartre) y la sustancia contingente, pero, desde ese existencialismo ateo y puramente humanístico de los ateos, cada vez se ha ido progresando hacia una explicación menos logificante y arbitraria. Me gustan esos huecos de salida o de conciliación… Supongamos que yo llamo a ese hueco el Ser, el «Yo escondido». Si bien, como decía Heidegger, el Ser está escondido y ultrajado por discontinuidades, el conocimiento de ese Ser, ser como autenticidad vivencial y ontológica, tiene que venir del vivir, al existir. El ser se supera pues viviendo… En la tarea de vivir y de pensar para superar los conocimientos, cosificantes y logificantes, muchas veces tenemos que acudir a ciertas argucias y temeridades. Es lo que Martin Heidegger anunció en 1927 como deconstrucción
(«Destruktion»). Derrida prefiere el término deconstrucción… Hay poemas en «Yo soy la muerte», libro en que cito muchas veces a Heidegger, donde planteo que el Yo escondido, el ego que no cesa, no puede ajustarse al sentido de lo temporal, así como no puede darse gato por liebre. Hay un sentido originario del ser que debe ser respetado y, si bien está escondido en discontinuidades, en maleza de falsas explicaciones y raseros, es lo mejor del hombre. Es lo sublime de la naturaleza humana…

P: ¿Y por qué esa vergüenza o maldad de querer destruir lo que es sublime, o lo que tiene el ser originario como verdad o mérito?

R: Muchas veces la conceptualización que hacemos de las cosas es muy egoísta, mezquina e hipócrita. Se intitucionaliza como tal despótica y artificialmente. Cuando se pierde la solidaridad, o se manipula la opinión de los otros para el provecho de lo que no es más que el oficialismo de la ortodoxia o el de una minoría opresora, se silencia la opción más ennoblecedora…  La muerte vulgar, con el hombre explica su fallacer, es una ideología más, sin belleza, sin sutileza, sin intuiciones. Es la doctrina de la muerte del sistema que vivimos donde se la deseamos a quien el rival, como unos hijos codiciosos al padre rico, cuando especulan con herencias, o satisfacer bajos instintos u odios ocultos. Es una muerte social. Yo hablo de muertes deseables en términos de transformaciones espirituales posibles.

Personalmente, yo deconstruyo la metafísica. Quiero que se muestre o se traiga a la luz (y este es el papel de la imaginación) cómo hemos llegado a temer a lo que no debe ser temido, o cómo se han desfigurado los conceptos de libertad, alma, muerte, virtud, eternidad, historia… y, en cuanto esa es mi tarea filosófico-poética, en vez de acudir a ciertos esquematismos logificantes, como harían Kant y otros idealistas, voy a la base de cierta existencialidad que me permita redefinir, hurgar en las diferencias, descomponer cuanto quiera a las estructuras del lenguaje y los discursos, en fin, será necesario reflexionar y entrar en las malezas, en las discontinuidades…

¿Por qué tengo que admitir una verdad o una belleza o una justicia que sólo tenga su referencia, o su juicio contingente de sujeto, en el cristianismo? ¿Por qué ha de ser la tradición occidental, su pensamiento y su política, la que imponga su creer? Yo soy la muerte es una manera occidental de validar lo que, años antes, hice en mi poemario Tantralia. Para este libro previo, con una imaginería védico-hinduísta, pude utilizar por título Yo soy la vida…

Entonces, lo que hago, en aras de diferentes significaciones o extrapolaciones, es utilizar una hermenéutica realmente universal. La presencia de Heidegger que aprecio como útil en el contenido de este libro está expresada en el poema La inesencia y respondería a la pregunta, ¿por qué es una maldad destruir lo que es sublime, o lo que tiene el ser originario como su verdad o mérito?, citando el poema:

… si vives en el imperio
de la inesencia, entre entidades maquinales,
abandonado a la tribu de creencias,
presupuestos teologales, encubiertos de tradición
de codicia, crimen y sofismas, te malvives; el lenguaje
será la perpetuación de metafísicas,
el recuerdo, su fantasma abstracto,
signo de bestialidades; el gozo fascista
del poder engrama y legitima
sus dizque aportes a la historia,
realpolitik de acción hipócrita
y agresión incondicionada,
de tu humanidad.

Otro recurso, como se observa en mi libro, es navegar entre los raudales de lo onírico. Los ríos del alma. Reservas de mensaje. Los sueños son barcas para que viajemos con seguridad. No voy para invocar muertos; voy por guías para mis sentimientos e información que pueda utilizar de un modo creativo. No voy por transmundanerías. Voy por recuerdos e información iniciante, o como dijera Heidegger, el recuerdo que se interna en la historia puede ser el único (o unos de los pocos caminos transitables) hacia lo inicial… Como soy intuitivo, no temo ser neopagano ni heterodoxo.

P: ¿Qué diría sobre el elemento de erotismo de sus poemas? ¿Viene de los sueños? ¿Está relacionado a lo que Freud dijera al pensar que la mayoría de lo que soñamos tiene mucho que ver con lo sexual?

R: Lo hay. Lo es. Mi erotismo es intenso y bello. La muerte es una dama muy ardiente en mis sueños. A veces lo que me transmite es un claro mensaje de consolidar una cercanía, calidez y aún intimidad, no necesariamente pasional, con seres que amo. Lujuria y erotismo no son lo mismo. Mis sueños aluden a que me ponga en control de los sentimientos… Fíjate hasta qué punto este libro no es una invitación a deprimirse, o un canto a los aspectos negativos del vivir, sin dominio de sí mismo, que en el mismo proceso de escribirlo, gozo las escenas que precedieron un texto.

Por ejemplo, para escribir la segunda parte de «Llámame Deseo / Alegría», me hundí en un sueño tan jarioso y cachondo que me daría rubor tener que contarlo en sus detalles. Todos soñamos con esas cosas… Para mí, ha sido como soñar que hago el amor con la más deseada, pero inalcanzable de las mujeres hermosas. Para una persona que funciona bien con su pareja y que se abstiene sexualmente, por mutuo acuerdo, porque tiene otras metas y apetencias inmediatas, como trabajar en sus libros, estos sueños eróticos son regalos. Son parte de la energía necesaria que se libera y, carajo, quien no se excita gratamente y agradece un orgasmo onírico, un reventón subliminal, una jodienda astral…

P: ¿Qué fue lo más difícil o lo pesadillesco en el proceso de reunir una colección de poemas como éstos? porque, bien que sé que hay algunos que rezuman el dolor sentido y la pérdida, asco por las injusticias del mundo… Ese romance de la Muerte y tú, esas cosas que ella / la Dama / cuenta y hace que veas, son duras…

R: El sueño no inventa el hecho que lo inspira. No todo hay que soñarlo, o aprehenderlo de los detalles de un sueño. El sueño filtra y da una información muy pura. Intensifica la atmósfera emocional para que mejor lo absorbas. A veces, de algún evento triste presente en el sueño, lo que éste recrea con nuevas imágenes y detalles, en tu beneficio, es la forma consolante y más nutriente del mensaje. He soñado varias veces con un hermano más joven que yo, quien se murió con mucho sufrimiento moral, agonía y dolor físico. He soñado a mis padres, a mis abuelos, y vienen a darme su consuelo. O a pedir que yo consuele a otros. Me han preparado… He sido testigo de mucha aflicción y enfermedad entre los míos… La etapa dura de vivir esas muertes, sin admitirlas por lo imprevistas e indeseadas, fue parte de mi vida.

Hallarse-en-con una noticia luctuosa, tan de sorpresa, sin que estés preparado para ayudar es lo que realmente me ha afectado. O que se me informe cuando estés ausente me duele… Hay algo más doloroso que el sepelio. Es la enfermedad. Ver a la gente sufrir, aferrada a la vida y no estar ni uno ni ellos preparados para decir: Moriré en paz. No te preocupes. La muerte es irremisible. O yo decirles: mejor que mueras con tranquilidad y medites, a que sufras innecesariamente.

Siempre he sido, a mi modo, muy espiritual. La gente que más me ha amado es quien me ha pedido ayuda cuando no pueden absorber la experiencia de una muerte en sus familias. Piensan que estoy más preparado que ellos para asumir la muerte o entender su misterio. Quizás por esta razón, a partir de la muerte de mis padres y de Chato, es que emprendí el recaudo de estos poemas…

P:¿Cómo exactamente descarta usted una filosofía que logifica demasiado y que, por tanto, no le gusta? ¿Por qué su base existencial? ¿Carece lo intuitivo de un método?

R: Mi temperamento existencial no se riñe con lo intuitivo porque para lo que necesito mis dos o tres intuiciones básicas son unas cosas muy prácticas. Vivo mi ser-en-el-mundo / mi ser-ahí muy localizado y focalizado desde el plexo de mi corazón, más sentimental que místico. Vivo una extraña tensión porque siendo heideggeriano, muy adscrito a conceptos, a desgranar doctrinas, soy intuitivo y me mortifica, o desafía serlo; yo no deseo ser ni hermético ni místicador, algo que aún no comprendo del todo.

No soy un sufridor, no. Yo aposté mi corazón a las emergencias, al epicureísmo. Soy entretejedor tántrico de ideas y emociones y optimista, casi absurdo… Admití la responsabilidad de vivir a tenor con las leyes naturales y evolucionarias. Admití la ambición vital, la líbido, el deseo y su conato de Delicia. A mí no me avergüenza que tenga mis comportamientos de primate bípedo y un diente agudo para el pan duro. Lo que yo pueda aprender, o vehiculizar o comer espiritualmente, lo que pueda ser mi proyecto en lo deyecto, que lo aprenda yo despacio, pero bien aprendido… Esto es precisamente por lo que digo que tengo unas pocas intuiciones. Todo me cuesta mucho como si yo fuera un animal humano, sin racionalidad sofisticada, y me vea ante experiencias muy sutiles; pero, sea lo que sea, un animal de fe. Fe en la esperanza, fe en lo creativo. No fe ciega de secta caraita ni de seguidor de una Tannaim supersticiosa.

La fe mía se parece a la actitud de Eva que se jugó al azar el todo por el todo cuando le dijeron ‘conoce y decide’; prueba y come; al punto, cosechó el libre-albedrío y hoy se habla de Ella como una serpiente tentadora, el espejo del Demonio. Se habla también de los dos árboles, uno del Bien y el Mal. Uno de Vida. No condeno a Eva, me gusta su alegoría…Eso es un misterioso asunto, misterio que me atrae y desafía: Que no pueda darse un Bien Completo, el Tov Meod, sin que Dios lo asigne porque somos prisioneros del Yetzer Hará. El libre albedrío es la posibilidad que tiene el hombre de desafiar lo Absoluto, separarse del Bien, léase Dios o la Verdad o la Realidad en mayúsculas, eso es inquietante y existencial… Es lo que se llama la Caída, la separación o el arrojo. El ser arrojado de Heidegger.

P: ¿Desconfía usted de lo intuitivo? Leí de la contratapa de «Yo soy la muerte» este planteamiento: que el libro es «fruto de una mente intuitiva que no desvirtúa ni menosprecia el aquí y ahora ni la oralidad ni el mito. No lo histórico ni lo sociológico». ¿Qué significa? ¿Ecleticismo filosófico? ¿Que cree que no hay iluminación prospectiva para el ser humano ni Verdad absoluta ni una creación dual en la que la inteligencia perfecta de Dios es el Creador u Objetivo infinito? ¿Por qué se aferra a las vías de la oralidad, el mito, la sociología, el aquí y ahora?

R: Tengo muy pocas intuiciones religiosas, es decir, de lo Absoluto y lo mejor de lo que admito son intuiciones de aplicación existencial, tan simples como éstas: Creo en la aceptación de la paz, en la armonía, que nace de una integridad o autenticidad del ser. Eso lo aprendí de Heidegger, quien no era judío para clamar el Shalom y el hashlamá; Heidegger que sabía equivocarse peligrosamente y rectificar. Creo que hay una esencia de dolor, Vayehi / Lashon Tzar en la Naturaleza… Un poema que titulé «Estado gestatorio», en la Primera Parte, dice:

Te contaré que muy pocas veces es feliz el mundo;
pero, con geografías generosas,
yo fui madre querida, rueda de timón
y Sirena y pez, con rumbo, alegría.

El mundo es un dolor de parto,
permanente estado gestatorio,
incesante sucesión de formas nuevas,
molicie atroz de lo caduco… mas canta,
poeta, mis creaciones, no pierdas la memoria
de que yo también sufro y canto,
y estoy muerta por tí de amores.
Deseo que tú perdures
y me cantes.

Creo en las Puertas / el Daath / hacia un mundo mejor, hacia una superación de la consciencia. Creo en la muerte como un filtro y en la reencarnación como un aprendizaje, sucesivo y continuado. Tengo la intuición de que existen los ángeles, entidades superiores al hombre. U hombres perfectos. Creo en la relatividad del tiempo y, en sabios que han ido un poco más allá que el soñar, en ese sentido en que sueño yo, cuando extraigo de él poesía y coherencias, o deconstrucciones filosóficas en el sentido de Derrida. Creo en un ego que cesa, se desintegra, pero también en una energía con memoria que es no es el cuerpo. Digamos mejor, es el espíritu, el Atman. Alma espiritual distinta a las almas de una lagartija o un gato. Esto sí lo aprendí del judaísmo, en particular, de Eliyaju de Vilna, Maimónides y Spinoza, a quienes leo con la misma fruición que a los Evangelios o los Libros Védicos.

P: No has mencionado todavía que este libro tiene una influencia portuguesa e italiana, es decir, la de Gil Vicente y Dante Aligheri, quien incorporó a Caronte en la mitología cristiana en el Libro III de La Divina Comedia.

R: El barquero del río Estigia, o del Aqueronte, está en mi libro. Es el Caronte de Dante. No me interesa el pintarlo como un anciano flaco y gruñón, con vestimentas oscuras y con antifaz ni como un demonio alado con un martillo doble. En algún texto, él si elegía a sus pasajeros entre la muchedumbre que se juntaban en las orilla del misterioso río, entre aquellos que merecían un entierro adecuado y podían pagar el viaje. Todo está muy codificado en mi libro… A veces mi Caronte está en el Cementerio y yo lo transformo en Juanito Pana, u otros enterradores, vecinos del Pueblo del Pepino (San Sebastián del Pepino, en Puerto Rico)… La primera referencia de Caronte que yo leí que es de origen egipcio la dio Diodoro Sículo; pero, obviamente, Gil Vicente es quien estructura estos viajes a la Otra Orilla de los que vuelvo a reelaborar…

P: Respecto al título, en una carta me dijíste, que está inspirado por una canción popular en el Caribe, de Ismael Rivera… un salsero…

R: Sí. «Maelo» Rivera, entonces del grupo Cortijo y su Combo, fue una influencia. Lo escuchaba desde niño. Me gusta la «plena», género musival que él cantaba y una fue «Yo soy la muerte». Cuando escribía este libro, ponía la música del Sonero Mayor, de Maelo y Cortijo…

P: Como poeta, ¿tienes otros rituales para escribir?

R: Escribir es algo que me gusta hacer a cualquier hora de la noche. Medito mucho, elucubro recostado, en soledad. Trato de soñar con mis temas y despertar para dejar apuntes. Lo importante es obsesionarte con el tema; leer mucho antes de escribir, meditarlo obsesivamente…

P: ¿Algún poema de ese libro que sea tu favorito?

R: Por supuesto. «Elegía en la muerte de Chato» y el que dedico a la muerte de mi mamá.

P: Son muchos tus libros poéticos. ¿Cuántos?

R: Más de una docena. Y muy diversos.

P: ¿Alguno que te guste más que otros?

R: En todos hay algo especial. Pero, en conjunto, son libros como «El hombre extendido» (que tiene dos ediciones) y fue premiado por el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California, Irvine, y mis poemarios intimistas, como «Teth, mi serpiente» y «El libro de la amistad y el amor», los que más me gustan porque me han ayudado a encontrarme a mi mismo. Hay libros que los escribo porque son necesarios, son los más, aunque no son los que más me gustan. Son libros políticos, o en cierto modo, protesta social. Menconaría, por ejemplo, «El libro de la guerra», «Cuaderno de amor a Haití», «Lope de Aguirre y los paraísos soñados», «Canto al hermetismo» y otros.

Carlos López Dzur, miembro de la Generación de Escriores y poetas del Setenta en Puerto Rico. Comenzó a publicar sus libros en los 80; educado en la Universidad de Puerto Rico, San Diego State University, Universidad de California y Montana State. La mayor parte de su obra expuesta en las redes de la internet. Se ha dedicado a la enseñanza de Historia y Filosofía Contemporánea y el periodismo. Tiene más de una veintena de libros escritos (prosa y poesía). Entre ellos, «Teth mi serpiente», «Tantralia», «Lope de Aguirre y los paraísos soñados», «Berkeley y yo», «El pueblo en sombras», «Heideggerianas» y otros.

Yo soy la muerte

Ya va a venir el día, pónte el alma
Ya va a venir el día, pónte el sueño
Ya va a venir el día, pónte el cuerpo
Ya va a venir el día, dobla el aliento,
triplica tu bondad rencorosa
y da codazos al miedo: César Vallejo
No, no. No, enano mío, hijo de mis fuegos
interiores, pez de mi Obra en los cinco sentidos,
no me llames Deidad ni diosa
ni Autoridad ni super-Ente.

Tú sabes ya, te lo dije, cómo vengo
a la mujer y al hombre. Tú sabes
el dolor ontológico del Parto e investigas
la Gran Obra del misterio del Ser, tú, heiddegeriano
gorgojito de mi gozo, gusano de Jacob.
No me llames Diosa ni te escondas
en miedos ancestrales.

Tú sabes quién soy: ¡Yo soy la Muerte!

2.

Te puedes levantar
y, a flor de labios, musitar bendiciones,
evitar que la mañana coma pulgas o trague polvo.
Te puedes aromar de optimismo
con tal que puedas reinventar calendarios
y cepillar antipatías y opresiones ajenas
contra tu mismo hirsuto pelo cotidiano.
¡Pero la muerte te mira!

Con el hueso de los muslos.
cadereas la felicidad hecha promesa
como placer de la piel y las piernas;
en fin, hay días para soñar,
perfectos días que no tienen iguales.

Oyes que alaban al sol hasta las ratas pudridas,
lo que no evita, después de todo,
el oculto lado oscuro, donde la bestia muerde,
el sótano donde alguien vive
haciendo miel del cansancio
y meditación de la alegría.

Y cuando bajas o subes
a ese escondido tendedero de muecas y cicatrices,
te mugen hasta las sombras y las ranas del patio.
Te llevan cucarachas y sal a la boca.

Es cuando el día muele su vendaval de decepciones.
Frente a los ojos, te anuncia el Decaer
para que sepas lo sucio, raído, malcortado de tus ropas,
a pesar de ese hueso alegre que te danza
y el zapato social con que ilusionas.
ideológicamente, la satisfacción.
el progreso y la historia de tus credos.
que apuntan, dificultosamente,
hacia la esperanza.

Bozeman, Montana – Abril 1987

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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