El pacto de los Fundadores

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[Dedicado a Eliut González Vélez, amigo historiador, quien siempre ha sido una inspiración. Es relato se basa en un asunto histórico real, la fundación del pueblo de San Sebastián del Pepino y la cesación de tierras en caballerizas de terreno para el Duque de Mahon Crillon, a pedido de la Reina de España, en 1829].

Ya lo decía el Teniente a Guerra don Miguel López. Se lo musitó quedito a don José Manuel Otaloza, el representante del susodicho Duque menta’o por el no menos menta’o Don José Javier Aranzamendi. «Con estos Vélez y cesión de tierras serán muchos problemas».

«¿Qué le preocupa, Teniente? La medición se hizo; vamos a firmar todos».

Sin embargo, el Teniente sabe muchas cosas que, si las dijera a Otaloza, no las comprendería. Ellos dos están en la mismas condiciones: son dos mandaderos cumpliendo con cierto encarguito peliagudo. Otaloza viene creyendo que es fácil quitar algo a la estructura de propiedades de este Pueblo para darlas a Mahon Crillon sólo porque, desde allá en El Morro de San Juan, el Gobernador lo aprobara. «Total, la tierra es tierra. Hay muchos hatos realengos y, al final, si es tierra realenga es de nadie. Al Gobierno ni estorba, si la da o se la queda. Total, la tierra es tierra».

«Realengos sólo los perros y marcan, con sus orines y salivas, los territorios», le dijo Miguel López.

«¿Qué me quiso decir?», preguntó Otaloza.

«Lo que oyó. Que aquí, en partidos chiquitos, todo tiene dueño, aunque no sea en papeles lícitos».

«¿Por qué me dice eso?»

Y el Teniente a Guerra, antes de contestarle, se embebía en sus pensamientos, porque el año pasado, con el llamado el Deslinde de 1828 (que separó al Pueblo de Lares, o mejor decir, al parir Pepino otro pueblo), él acabó de entender lo que es la estructura de la propiedad. Hubo una reunión en la casa del Alcalde Juan Esteban Nuñez. El invitó a los Velez de Juncal, que son los mansitos y así, mansitos como son, mostraron que su cobre, tiene oro por dentro. «Que a veces hay oro en lo que se piensa que es cobre del ego».

Pusieron las cartas sobre la mesa: «Siempre que no comprometan a Mirabales, que es el corazón de la Gonzalera originaria y los Vélez, pueden deslindarlo todo, sur abajo; pero, al norte del Juncal, el Cibao es nuestro. Y le voy a decir más: Hay un pacto invisible, sin papeles tal vez, con los fundadores. Pacto de sangre y consciencia que viene de los años, ¿que será?… Ya no recuerdo… 1709 para acá, desde que Sebastián González de Miraval, alférez mayor de la villa de San Germán, con Jerónimo Ramos, alcalde ordinario y otros capitulares, entre ellos los González de la Cruz, enfrentaron a Francisco Danío Granados y María Segarra Verdugo, ex-mujer de Sebastián… Puede que, en esos días, Pepino no tuviera dueños. Tenía piratas, exploradores de bosquedales, un par de criadores de cerdos, que iban y venían. Todo se controlaba desde San Germán, considerada la Gran Villa. O antes desde Aguada. Fue cuando dijeron a Sebastián, quédase
usted, con sus parientes leales, con todo lo que hoy es Miravales y todo lo que mire hacia el Oriente».

«La parentela de Tomás de Ribera, de Francisco de Soto, los hijos de Simona de los Santos, de los González de la Cruz, incluyendo a Cristóbal que fue Teniente a Guerra antes de la Constitución de 1812, todos respetaron el convenio. Joseph González, constitucionalista, cumplió, pero… la putada fue la revocación de La Papa un día de San José. Entonces, se acabó el Código Sagrado, porque La Papa ha sido la constitución más alimenticia, justa y liberal, contra los déspotas y los ladrones, como ése Pancho D. Granados y la mujer infiel, la Segarra, que pleitió contra su esposo, dizque que porque a sus hijos no los haría leñaderos ni hateros, en un mundo de bosques, sin caminos, y sin comodidades. Prefirió que fuesen clérigos».

El Teniente Miguel López recordaba a Pedro Vélez cuando elucidaba: «¿Para qué repartir la tierra a gente que no trabaja? ¡Quieren poder y propiedades para tener esclavos y pleitesías! Fue por lo que Sebastián, padre de este pueblo de Mirabal, al oriente del río Guacho, o Cuacio como Echeandía ahora lo llama, les dijo a su mujercita delante de su prole: Véte pa’l carajo tú y llévate a Francisco, el cleriquito, a la niña Jacinta María de la Ascención, aunque sean hijos que adoro…Esto es lo que yo le diría a Echeandía Belazquide que quiere fundar lo que está ya fundado en Guacio, o lo que diría a los Del Río, que hablan de tierras robadas, a su juicio, porque no están listados sus dueños que las han vivido por más de un siglo».

¡Qué equivocados están el Gobernador De la Torre y Otaloza, si es que van a creer eso! En Pepino no es así. El suelo ya está repartido de Arenas a Mirabales, del Hato de las Furnias a Altosano. Y los Vélez dicen que desde el tiempo de Sebastián Gonzalez y las gonzaleras de Miguel, los de La Cruz, Mirabales es suyo. Juncal y Cibao también. Lo que pasa es que, con la excepción de los Prat y «eso porque emparentó con los Vélez de Miravales», están llegando unos catalanes malos. Según los Vélez, son los que vienen de Sitges. En dicho grupo, él mete a los Puig, los Amell, los Bellagarda, los Sellá, a Manuel Coll, al mismo don Juan Orfila Pons, y recela a los Mercadal Orfila».

Aquí, la tierra es una extensión del alma. Y hay gente, con el alma tan extensa, que lo que cuanto aparezca escrito sobre un mero papelito en el Libro de Registros de Propiedades, definiendo límites y colindancias de un pedazo de terreno, vale muy poco a la hora de fincar las dimensiones de sus almas. En un baldío de los que el Duque de Mahon Crillon se esperanza, sólo porque Otaloza, Aranzamendi, el Gobenador Miguel de la Torre y otras firmas locales, como la del agrimensor Juan Bautista Valera de Xirau, avalarán sus nombres, hay fantasmas de vidas ajenas y, cuando se materializan, salen los materialmente visibles. Se manifiestan, ya en carne, espíritus armados como guerreros; a veces, con la postestad adicional, que los indígenas nativos mentaban con la palabra ‘yocahu’.

Aquí lo que sucede y lo sabe el Teniente es que Antonio del Río no entiende lo que son los misterios, no institucionales, no escritos, con que el campo se nutre. El es hombre de actas edilicias. Es sabio, organizado y legalista, y le tiene sus recelos a los Vélez, porque éstos, contrario a él y los nuevos catalanes, son excéntricos, aferrados y olfatean lo que concierne a las aguas. Donde quiera que haya ríos hacen milagros. Crían vacas y cerdos. Con la fuerza de la corrientes, transportan maderas, siguen la ruta del Río Guacio. Abren pozos. Con árboles de Mirabales, se transportan de Este a Oeste. Pasan por Altosano, Sonador y entregan, maderas para que construyan casas lo que vienen; venden carrales de vino o pitorro a la Aguada, la Aguadilla «y diga usted, a cualquier puerto». No temen a piratas. Los Vélez han sido hasta piratas. Fue con ellos que se hicieron ricos. Traficaban. Ellos han sido custodios de toda la Gonzalera de los
fundadores, protegen a los canarios y a los andaluces.

«Que otra gente local, aún nuevos canarios de cepa agricultora se queden con la parte norte, con el Salto, el Norte de Pozas, el Este de Eneas, arriba en lo mentado como los Cidrales, el Oeste de Guajataca, el Norte donde viven los Beltranes, a ellos no les importa… Lo que es Pepino para ellos, está cerca de los Lagos y es, por tanto, lo que se antoja de quitar al Pueblo por causa de ese protegido de la Reina, Cibao, arriba de los juncales. Ese límite en fuga sólo en apariencia, está baldío. Sin embargo, los comisarios y los pedáneos saben que allí están los Güemes y una prole de unos viejos catalanes, que son los mismo Cadafalch de Mirabales», sigue cavilando el Teniente.

«El Cibao está arriba y mal repartido, al parecer, sin dueños; pero sí los tienen. Y quien dijo que los dueños no existen es Juan Coll y Grau, Secretario del Ayuntamiento, y Juan Orfila Pons, porque éste lo quiere para sí». Cometió un error, a su perjuicio. Se lo dijo a Pedro Vélez y a Gabriel del Río. Tampoco invitaron formalmente a los vecinos colindantes.

Ahora que darían tales terrenos del Cibao a un duque de mierda, había dicho Pedro Vélez cuando se enteró, sería el «segundo paso» después de aquel Deslinde de 1828, y advirtió: «Vamos a armar el campo contra la gente de Mahón y Sitges». Es decir, aplicarán la vieja tradición de los consell de riepto. De la que habló una vez González de Miraval antes que fuera preso. «Quien no venga a trabajar y despoje de tierras a los Vélez y los canarios, los retaremos a duelo. El que gane se queda con la tierra y sepulta al que pierda. Así es el honor del campo».

«Muy poco sabrá Don Antonio (del Río) de los verdaderos ríos, espíritus en las hidrografías, poco de las quebradillas que conducen a las cuevas y de los piratas que han prestado sus cuerpos a los taínos para que se escondan del blanco que les persigue con espada y fuego, frente a sus débiles flechas».

En este año 1829, agrava este problema de ceder 45 caballerías y dos tercios de terrenos al Duque, tan sólo por solicitud de la Reina déspota, quitárselas de las tierras de Loíza, Isabela y Pepino, es que los Vélez dicen que no hay cupo para títulos de posesión en favor de Mahon Crillon. Dijo que no lo citen a las mediciones ni al Acta de Mensura, porque, si le quitaran alguna guardarraya de lo que él reclamó suyo por el Sitio del Cibao, o arriba de las «quebradillas», ya él está preparado. Sus peones están en vigilancia, escondidos, armados en vela, detrás de los flamboyanes.

A los Vélez les encanta sembrarlos. Todos sus campos tienen ya, desde mayo a agosto, floración de rojo incendio y, en las ramas de esos árboles hermosos, cantan los ruiseñores. Vuelan hasta la hacienda de Paché Vélez y los Cadafalch, ahora con nueva sangre de los Prat-Vélez y Güemes, y dan aviso. Dicen ellos que el Norte del Cibao y muchos predios, hacia el Oeste, en Guajataca, o las bañeras de su lago, son su jardín. Su entorno natural de hacendados.

En 1828, cuando se quedaron con Lares, hacia el Oriente, ellos nada dijeron. Comprendían que era necesario. Se respetó Cibao y Juncal y las perchas de extensos terrenos, entonces baldíos, o con otros agricutores al sur. En la junta del partimiento, la Gonzalera fue representada por un tal Juan Domingo, que era de confianza de los Vélez. Cuando midieron, Juan Domingo dijo: «Aquí, al sur de este río, donde está la Palma junto al árbol de agucate, puede fijarse una nueva guardarraya, no hacia el Norte. Aquí, donde es que termina la tierra del pacto de los Vélez cuando Sebastián González reclamó ésto y le dijo a González de la Cruz, Sea misión suya y de sus ancestros, cuidar ésto esta tierras, que son el cuerpo del Pacto».

Desde 1800 a 1806, Cristobal González de la Cruz, Teniente a Guerra, cumplió y antes que él, Don Miguel Vélez del Rosario, Don Miguel Ramos, Don Antonio Martín González, Don Antonio Pérez, Don Lucas Martínez de Mathos… todos los González, sea que hayan venido de Aguada o San Germán, sabían de las necesarias protecciones. «Y que le va haciendo una putada tras otra a los exploradores de estos campos, a quienes crearon la ruta de este paraíso, y que ese sería el fin del testimonio de Sebastián González».

Y el hecho de tener a un San Sebastián, con el émulo concreto de González de Miraval, no hubiera sido posible sin Juan López de Sigura, Teniente y Capitán a Guerra del Partido de San Francisco de Aguada en 1684 y Sebastián González, el primero, y Cristobal González de la Cruz – Teniente a Guerra. Es que ellos tenían unas razones para continuar el pacto: Era la paz con los taínos y con los piratas. Toda aquella gente que se acumuló, sin esperanza, en San Germán o en Aguada, gente de las costas, casi todos canarios, recibió buenas noticas cuando oyeron de los capitanes exploradores, gestones fundadoras: «Los que quieran a ser parte de una nación, bendígala o no España, país que nos abandonó a la suerte; sepan que traigo la bendición de un Santo, un santo martirizado que se atrevió a desafiar a los Emperadores. Nosotros tenemos testimonio de ese Santo porque somos de las Santas Hermandades, no de las tradicionales, que son Las Guardas
de Castilla, sino la de los homes bonos de San Sebastián, el Mártir de Narbona».

Y Sebastián González de Miraval, al quien se tuvo como judío converso y mal cristiano, como lo acusaría Francisco Danío Granados, al cabo del tiempo, para que se le quitara cualquier vestigio de poder o propiedad que tuviera, convenció a no pocos de sus razones, como Teórico Evangelista del Pacto. Estas incluyeron el castigo con consell de riepto a todo «rico home o eclesiástico que fuese ladrón, el castigo de jueces que, sin previo juicio, condenase excesivamente a cualquier persona que con carta del Rey o quiebn aplicara la justicia en beneficio propio, o cualquiera que exigiere impuestos abusivos».

Dijo que él halló la Tierra Prometida y que estaba escondida entre culebrinas de aguas y pepinos de cal y que había que talar muchos bosques para que entrara sin problemas a la Nueva Tierra. La bautizó. Miravales, que colinda con Guacio, al sur de Calabazas. Advirtió que, como fundador, su meta siempre será un pueblo de valientes, como el que lo inspiró en Asturias, un pueblo que hizo una primera Hermandad del tipo de las que él teoriza. Fue en Asturias en 1115 que los vecinos, no sólo aprendieron a perseguir malhechores sino que, de paso, «ponían fin a las depredaciones, abusos y tropelías de los próceres y magnates».

Este es el origen de todo, el mensaje que oyeron la descendencia de los Vélez, los Del Río, González de la Cruz, López de Sigura y otros entre los vecinos originarios que, contrario a los vecinos y proles que nacieron de don Luis Añasco, colonizador y compañero de Juan Ponce de León, cuando llegaron al Norte de Mayagüez y Las Marías, por octubre de 1733, se dedicaron a matar a los indígenas y a burlarse de los sacramento s por todo el Valle Costero del Oeste. Entonces, el Añasco que se conoce, antes de que se entrara a Pepino, la nueva cepa de los González y los mirabaleños, fue realmente la «ciudad donde los Dioses murieron».

Y, ahora en el año de 1829, en la misma finca de Juncal, donde se citaron para el Delinde de 1829, Pedro Vélez no está. Hace falta. Sin embargo, el Teniente Miguel López, sumido en cavilaciones, está viviendo en segundo la eterna simultaneidad de una experiencia, mística y práctica. Los próceres y magnates de lo que Sebastián González hablara, se han invocado en Pepino en presencia de Antonio del Río, Lorenzo Mercadal Orfila, José y Manuel López, Juan Bautista Valera de Xirau, y se disponen a un despojo, descrito como Acta de Mensura y Orden de la Reina y su vocero, José Javier Aranzamendi. Quieren que se declare un pedazo de Pepino, tierra del Duque de Mahon Crillon y que cedida la tierra, sin que nadie proteste, que Otaloza se vaya contento.

«Si ésto se aprueba, señor Otaloza, habrá problema en Pepino. Usted no sabe, pero, este Pueblo es Santo y fue elegido para una Nueva Jerusalén por uno de ellos, el fundador y cada vez que se corta un pedazo de esta comarca, se rompe un pacto».

23-01-1986

La Papa: Nombre dado a la Constitución de Cádiz 1812 / porque se aprueba durante la cosecha de ese producto

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