Cosas de púgiles

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[Dedicado a Tito Mantilla, boxeador nacido en San Sebastián del Pepino, popular en la década de 1940]

Los más conocedores, entre quienes vieron pelear, a Abel el «Lindo Crochet» y Caín el «Hook» sabían que no sería por mucho tiempo que les llamaran los «ejemplos cívico-deportivos» del barrio. Allí, en su sector newyorkino, la droga cundía entre los puertorros. Y se pensó: «Estos dos son distintos».

Por ahora, la YMCA los protege. Grupos evangélicos les predican convivencia. Ellos, con unos pocos, se han mantenido, si bien no en la escuela, pero con la afición al boxeo y éso los salva de las pandillas y el vicio. A Abel, que parece más centrado, le respetan esos certeros golpes laterales que dirige a los rostros de sus rivales, con trayectoria paralela a la lona. En consecunecia, le motejaron ‘rey del crochet’. Es cierto que tiene los ojos chinos, parece que siempre cerrados, mas con el alma Abel ve más que con su poquito de ojos. Ninguno ha podido cerrárselos por completo, o hincharle los párpados. Conste que ya está en camino de profesionalizarse. Ese púgil, peso pluma, es todo un propecto.

Caín siempre ha sido el malo entre los dos. Tiene menos técnica. Es voluntarioso y terco con ésto del boxeo. Quiere llegar lejos. Lo guía un afán de fama y dinero, contrario a Abel que cimenta con su entrenamiento y competencias un verdadero amor al deporte. Ahora ningún pandillero de las gangas del Barrio les pega a sus hermanitos menores ni los induce a las drogas. Del padre de Abel que, no siendo chino, le heredó unos ojos oblicuos, ninguno se burla. A él, con un carácter sensitivo y explosivo, boxear le ha permitido autocontrol, dosis de tolerancia y voluntad de hierro. Se siente defensor de todos ellos.

«Tienes madera de campeón y, sobre todo, con esos golpes laterales, eres el pánico de las mandíbulas blanditas y los mentones duros», le explica el entrenador y maestro.

Ya hasta Caín se inquieta. La envidia se lo come. Como quisiera él que se apresurara el día en que los enfrenten como rivales. «Pues no», dice quien paga y posibilita estos entrenamientos. Desde los años en que eran unos chiquillos, de similar edad y jodidez, en ese barrio malo, los quiere como ejemplos bajo su tutlea de que el deporte salva de la droga y da una mente sana en cuerpo sano.

«Sácate del pecho ese coraje, Caín. Tén por meta no pelear con Abel. Ahí están esos italianos y negros presuntuosos de otros gimnasios. Vamos a llevar la fiesta en paz aquí dentro, aprender unos de otros. Ustedes son los dos mejores. Hagan con la comunidad un ideal de servicio, así nos defendemos de italianos y pandillas territoriales. Mas el boxeo que sea un sacerdocio y una carrera, con miras al futuro», añade.

Sin embargo, Caín en su nombre tiene la desgracia y, viéndose en su conducta, una cierta destreza para arrinconar a sus rivales, en las prácticas de gimnasio y además sus «uppercuts» y «hooks», le mencionan hasta las puñaladas traperas. Es el rumor interno. Le gusta ser provocativo y lanzar golpes de puñaladas. Por ser vistoso con sus uppercuts, así como sus ganchos, le llaman Caín «el Hook», destroza hígados; pero siempre al que es más lento y se deja amendrentar por su mirada fiera.

Un día, cuando supo que al gimnasio fueron gente importante de la industria buscando prospectos, él quiso lucirse. Para la exhibición, se eligió a uno de los mejores entre los bravos; era un negrito que andaba «descarrilado» y él entrenador ya estaba a punto de expulsarlo del gimnasio. Además de que no pasaría un dopaje por prepararse con ventaja en los combates, gustaba descontarse a sus contrarios con golpes bajos. Caín el Hook se conformó, por no temer a nadie, que le dieran a ese negro para exhibirse, pero él, preferentemente, habría querido a Abel el lindo Crochet, o «cara de ñema», como le decía, o «chino fatulo». Le tenía mil nombres para herirle la moral y enfrascarse con él a puñetazos.

El entrenador no quería que a un buen pegador técnico se lo estropeara un majadero con sus mañas. «Ustedes son el ejemplo de mi escuela. Ustedes han de ser los campeones cuando llegue su tiempo». Los aconsejaba y, siendo tan previsor, decía para sus adentros: «Hoy Caín el Hook va a conocer la horma de su zapato». Le impuso dizque al más violento.

Pero no fue así. Ante un auditorio privado, gimnasio lleno por alcades, trabajadores sociales y personalidades de diversa índole, Caín peleó como un bravo. Hizo una buena rutina de jabs para mantener al rival a distancia. Combinó golpes de engaño y comenzó a preocupar al temible, hasta que lo tuvo. Lo acorraló y tiró lo mejor de su repertorio. Esos ganchos, esos hooks, que con un ascendente vertical, muy poderoso, lo levantó y por poco lo levita más allá de las cuerdas. Ganó aplausos y vítores.

Se impresionaron los agentes, buscadores de talento y, lo que tenía que suceder… dejó el gimnasio. Lo tentaron con las ofertas de dinero adecuadas. El entrenador le deseó suerte; pero le dijo: «La mentalidad de campeón no es ir a casa con un saco de batatas y ñames, harto de suerte y apresurado. Hay cosas más importantes que el dinero y la gloria».

No tardaría mucho en que Abel el Lindo Crochet, el mago de los golpes laterales, y del remate, con puño rotado, laterales de tipo swing, o mixtos de golpes largos, se convenciera que era tiempo de volar y profesionalizarse. Había necesidad en su casa, sí esta vez. Y viendo la suerte de Caín, soñó en comprar una casita a su madre, o más bien, ya quiso hasta casarse y recogerse en paz con una muchacha que vino de Borinquén. A ella no le importó su carita imberbe, con ojitos soñolientos y dulces. Sobre todo, era un buen hombre.

Por su parte, Caín a veces iba por sus predios en automóvil de lujo. Fungía como el tentador envidioso, acompañado con dos o tres hermosuras femeninas. Putas. Era su manera de provocarlo, gritándole improperios desde el carro. Sabía que podía a la cárcel y perder prestigio en la prensa deportiva si se metía en pleitos de abierta agresión contra Abel el Lindo.

Y así Abel se profesionalizó. Aplicaba su crochet, sus mixtos. Con el gancho era fulminante; acumuló admiradas y positivas críticas. Terminaba las peleas casi siempre por nocáut, víctima dormidita en la lona en los primeros asaltos. El otro ejemplo del barrio obtuvo el campeonato, lo apresuraba con el fin de que lo enfrentaran a Abel. No perdía ocasión de comentar que el chino fatulo, su compatriota, lo evadía por tener miedo. «¿Para qué quiere la cara sin rasguño, si parece una verga, cara de papa? Que se mida conmigo, a ver cuánto le duran los ojos, porque yo si lo dejo ciego y se los tapo».

Abel dijo: «Aunque no le quite el Campeonato y hable tan mal sobre mí, yo no lo complazco. No es cuestión de dinero. El gana más que yo; pero yo no apuesto; yo sé que soy mejor y en una pelea lo callo; pero no quiero darle el gusto de que pelée conmigo». Al paso de los años, pese a que le insinuaban el Lindo Cobarde y no Lindo Crochet, él se casó. Tuvo hijos. Compró buenos autos, una casa para él y otra para sus padres. Regaló generosamente a sus hermanos y a hermanita menor la puso en la universidad, no con becas del Estado. Con sus puños y victorias ejemplares.

No era igual la vida del otro. Cuando peleaba, cayó en el vicio de las bebelatas y hasta hubo que curarle una sífilis. Abel siempre ganaba, casi nunca excediendo el combate del quinto round; Caín el Hook se vio humillado porque porque poco pierde en manos de quien Abel derrotó en un tercer round, cuatro meses antes. A veces, cuando Caún ganaba, era el round final. Cada vez era menos certero con sus barrecampos, menos lúcido al combinar golpes. Hasta que un día, sin esa ansiada pelea con Abel, le dieron duro. Uno, cabrón sin nombre, un italiano racista que echaba golpes directos, jabs excelntísimos, con impecable técnica y eso que era zurdo. Buena pegada.

Después que pidió la revancha, el italiano lo remató con su «straigth-left». Al menos, entero y potente, Abel Lindo Crochet anunció el retiro. Caín no pudo ni anunciarlo con elegancia. Le dijeron que debía retirarse. Quedó inconsciente del izquierdazo; perdió dos dientes. Le cerraron un ojo en el último asalto de la pela de la revancha. Perdió dos veces. Fue una pelea sangrienta, la última que debió a ver peleado, y ya no le sobraba alma para una carrera continuada. Habían sido años y él suplicando volver, moviéndose entre agentes, haciendo presentaciones con apostadores y torneos boxísticos de tercera clase. Quedó en los huesos y tembluzcón, como un Ali fracasado.

Abel Lindo puso, por su parte, un gimnasio. Su entrenador estaba viejo, cansado y, aunque se retiró, le dio nociones al hijo de Lindo Crochet y le encomendó el gimnasio. Le dijo: «Sé tú el maestro. Amplía ésto porque la droga sigue y ya no tengo energía para salvar a los muchachos. Vienen con drogas; usan el gimnasio como si fuese campo de entrenamiento para ser ladrones y abusones en las calles. Abel, sálvate ésto porque yo lo cierro y me voy pa’l carajo».

Esto explica por qué Abel Lindo se retirara siendo sus facultades buenas. Además vio talento en su hijo y, al pasar par de año, sin saber quién realmente, fue con él y unos buscadores de prospectivos campeones, Abel Lindo II, como comenzaron a llamarlo, cayó en una trampa. Su padre le dijo: «Eres tan bueno como yo; pero aún no estás preparado para esa pelea que te sugieren. Siempre hay que comenzar desde abajo».

Y fue que el Caín el Hook, metido al hampa de las apuestas, le buscó un rival al hijo del inspirador de sus desalientos. Ahora fue un maestro de la hipocresía y el engaño, campeón de tentaciones. Le buscó que Abel II peleara, siendo casi desconocido, con el terror de los ensogados.

«Aunque pierdas, Abelito, pero lúcete. Tú puedes que seas mejor que tu padre Lindo Crochet». Siempre lo buscaba a solas, tentándole con deseabilisímas bolsas de dinero y ofertas de reconocimiento; «no es que quiera ser tu agente», decí, «pero esta oportunidad y mis contactos, te los ofrezco; porque respeto a tu padre que no fue campeón por causa mía». Y Abel Lindo II quería ser campeón para halagar a su padre. Firmó contrato y admitió la pelea, sin que su padre supiera. Alegó que con su victoria daría la sorprensa de la faja, al regreso de Hawaii.

Y era un plan con maña. Caín nunca dio la cara, sino con una patraña del perdón. Fue a la casa de Abel, padre, y le dijo: «Abel, puertorro de mi alma, perdóname. Por envidia te puse malos nombres. Chino fatulo, cara de ñema, cegato escuálido. No fuíste campeón y, ahora en la prensa, ví que tu hijo está en Hawaii disputando la faja, el cinturón que merecíste cuando yo lo tuve».

El buen Abel creyó en este gancho del odio. Se abrazaron y juntos se dieron ánimos, porque, de la suerte en Hawaii del hijo aún no sabe. «Se fue a pelear el desobediente y yo le dije que no era tiempo todavía».

Y tenía razón el padre. Se sentía enojado.

Abel Lindo II sufrió la primera derrota de su vida. «Literalmente, le sacaron los ojos». El rival desgraciado se lo quiso comer vivo y tenía esa orden: «¡Ese es un campeón en potencia. Hay que salir a matarlo en el primer asalto. Ese no es como el padre que no da oportunidades; ahora está inexperto, cómetelo. Deslúcelo de ahora y para siempre, que es hijo del Chino Fatulo, cara de verga».

Y todo operativo estuvo preparado con apuestas y sañas asesinas. De modo, que a tres días de terminada la pelea, pelea de campeonato, aunque nadie lo crea, fue el padre a Honolulu a recoger el cadáver de su hijo, Abelito el Lindo. La noticia recorrió el mundo con escándalo y hubo luto en el Barrio.

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