Oggie, el soplón más grande del mundo

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[El contenido de este relato comprende la década de 1970 y hechos reales e históricos ocurridos en Puerto Rico. Será parte de la colección «El Pueblo en sombras»].

Oggie, el soplón más grande del mundo

Nunca Heriberto fue amigo de Oggie. De hecho, ni realmente mío. El era amistoso a conveniencia porque, entonces y aún hoy, es un tipo acomplejado. De Heriberto no le gustaba que estaba quemadísimo de sol borincano y tenía la frente marcada con líneas de vejez prematura y, además barbas y bigote grandes, como esos mostachos de los guerrilleros de Pancho Villa, según uno los rememora por películas viejas del cine mexicano.

Heriberto, ex-veterano de Vietnam, es y fue independentista. Habla bien el inglés porque vivió en New York y, bajo el servicio militar obligatorio, la experiencia de la guerra, antes de la Caída de Hanoi, en 1975, lo indujo al alcohol y la marihuana. Cosas de la que se fue recuperando en un esfuerzo, anónimo y doloroso. El sí fue mi amigo y de mi madre, quien le dio consejos y se convirtió como la segunda madre suya, entendiéndolo y protegiéndonos a él y a mí.

El iba a la preparatoria y tenía los servicios de ex-veterano. Estudiaba cada verano, como Oggie y yo, para graduarnos antes que nuestra promoción. Y lo logramos.

Oggie fue mi compañero de salón de clase en las sesiones regulares y en las de verano. Y yo empecé a darle de codo por chismoso. «Ese Heriberto, no que me conste, pero debe ser un chota. Yo no le tengo confianza». ¿Qué importa? Ni Oggie ni yo (y seguro, que ni Heriberto) hacíamos nada malo, hablar política durante los recreos, matar el tiempo. En viernes, se me unía Heriberto para distribuir la edición del semanario Claridad u hojas sueltas o volantes del Partido; yo y varios amigos de la JIE, el brazo juvenil y estudiantil, nos repartíamos la tarea de redactar, mimeografiar y distribuir; aquello que parecía diversión y nos producía gusto y alegría, se fue haciendo progresivamente peligroso.

Oggie y yo éramos un par de chicos, de 17 años o menos y Heriberto, 24 o 28 a lo máximo. «Esa barba fea que tiene parece que se la lava con bache o las remoja en frega’o, caldo y sobras de alimento para cerdos». Yo no pensaba así. Me parecía que su barba brillaba como hebras de oro en su rostro requemado de sol.

Es que Oggie tiene la piel blanquísima, nariz chata, bemba de linaje negro. Es un salta’patrás, racialmente dicho. Es un puertorriqueño con complejos de blanco y Heriberto… es más blanco que él. Tiene los ojos verdosos y labios finos. Sin embargo, siempre Oggie viene con algo nuevo que poner como tara a Heriberto. Que a veces tiene el malaliento cervecero, o que su ropa huele a marihuana, que se le vio en tal lado, que se junta con fulano. Lo último es que le pidió cuentas de mala forma, con un reproche parejero: «¿Por qué, si te dices tan independentista y tan puertorriqueñista, permites que se te diga Oggie?»

A Oggie yo le dije que no se mortifique, que preocuparse por eso son niñerías, pendejas nimiedades. «Eso le dije yo», me contestó Oggie. Esa misma tarde, como si estuviese dolido, Heriberto me preguntó, casi como evadiéndose de tener que preguntarlo: «¿Por qué le dijíste a Oggie que yo digo pendejadas, que es una niñería que él se haga llamar Oggie, en vez de ponerse un nombre en español, un apodo puertorriqueño de verdad?» Le expliqué que lo que es una pendejada es que Oggie se preocupe porque él se lo preguntara: «Le dije pendejo a él y mira cómo lo ha volteado. Tú no hagas caso, Heriberto».

«Sí. Yo, por mi gusto, no hablo con él. Ya ves que él llega y yo me voy. No me gusta su compañía, aunque sea tu amigo. El se cree que todo lo sabe», me dijo y, como es observador, reparó en algo yo no había sentido todavía. «Oggie se inclina por los riquitos. Se siente mejor con ellos que contigo. Lo que pasa es que contigo se aprende; porque lees, te gustan los libros y, cuando conversas, le callas la boca a todos y él se cree muy intelectual. Te busca como para medirse y para que lo vean que conversa en profundo y contigo. El es un pedante».

«Todos, como estudiantes y a esta edad, estamos en aprendizaje. No es que uno, ni yo ni ningún otro, tenga el ‘guille’ de intelectual. Que cada cual crea como crea. A mí no me importa lo que la gente piense». Repaso a Gramsci y su concepto de ideología. Todos somos intelectuales e ideológos de un modo u otro, sólo que coherentes, orgánicos, y otros caprichosos y arbitrarios.

Oggie es excelente estudiante. Le gusta leer en inglés. Hacerlo en pueblo pequeño es considerado pedante. Complejos de gringo, o qué sé yo, sinónimo de habilidades necesarias para el colegio privado; «pero aquí estamos los dos, en la escuela pública; mis padres no tendrían el dinero para lo otro». Y, con Heriberto, para echar el tema de Oggie al olvido, profundizamos en el hecho de que lo que ha pasado, con el juicio del policía que asesinó a Antonia Martínez Lagares, estudiante de Pedagogía que estuvo en un balcón de su apartamento, observando un choque entre la policía y universitarios frente a su calle, y lo vio todo y decidieron callarla. Fue un 4 de marzo de 1970. Heriberto dice que la investigación está muy chanchullada. Cita a Claridad, el periódico que leemos y al que yo colaboro como escritorcillo incipiente de izquierda. Y hablamos de nuestra patria jodida, la Isla de los Cupones, como se la llamara, o del Mantengo.

Según pasan los años, Heriberto y yo seguimos siendo amigos. Mas a la universidad, de mi grupito de amistades o, mejor decir, compañeros de preparatoria, uno de los que va es Oggie. Y me pregunta siempre por Heriberto, si le sigo prestando todos mis libros de marxismo, de Gramsci a Marcuse, de Fromm a Adorno, de Fanon a todo lo que compro y leo. «Claro. Una bibloteca que no se lee es como una hamburguesa que nadie se come. Me siento más orgulloso de haber gastado en comprar un libro si lo puedo prestar, si lo leen mis amigos».

En 1974, casi seis años después de haber conocido a Heriberto, me sorprende la antipatía que Oggie todavía le tiene. Me saca en cara el escaso caso que hice a su gesto de prestarme el libro que lo ha llevado a la Escuela de Economía y Administración. «El Vendedor más grande del mundo», de Og Mandino. Siempre me disculpé con la sinceridad de decirle: «Estoy leyendo otras cosas. Además, mi inglés no es tan bueno como para leer eso; deja que lo saquen en español». Tenía la primera edición de 1968: The Greatest Salesman in the World. Ahora me indicó que tal libro ya ha vendido 50 millones de copias.

Se me prendió el foco. «Una cosa, ¿quiere decir que fue desde 1968 que te haces llamar Oggie? ¿Tu apodo tiene que ver con Og? ¿Oggie Mandino?»

«Sí. Me tomé ese caldo de payasito. Es que mi hermana, viéndome siempre con ese libro en la mano, libro de cabecera, me puso ese nombre ‘Oggie’».

«Pues, como dice mi papá, ‘te crecíste, enano’».

También había una cosa. Una muchacha de la prepa, Awilda, me enviaba recaditos con Heriberto. Eran vecinos. Estaba enamorada de mí y yo no le hacía caso. Mi mundo juvenil eran los libros, la política después del referendúm sobre el estatus de la isla. Luis Ferré, el ex-gobernador colonial, lo definió: «No hay una nación puertorriqueña; sólo una herencia hispánica. Puerto Rico USA es nuestro destino. El país no quiere separarse de la Nación / Patria Verdadera / la que le da sustento». Y el resultado del referéndum del 1968 parecía probarlo.

Awilda se burlaba de mí porque «perdimos». Esto es, su familia anexionista triunfó sobre la mía, «los radicales». ¿Y ella qué sabía de radicales? Y, si soy radical, ¿por qué una vez, coqueteándome, me llamó «bobo» por no vincularme con ella en noviazgo? Y me pareció tan insolente e irrespetuosa que me metiera un dedo en la boca, porque yo no mordería a nadie ni en defensa de la patria, que cuando sentí su dedo sobre mi lengua, apreté los dientes y la dejé llorando. Me ponía colorado cada vez que se mencionaba el incidente en la prepa. «Ahí va el bobo que le mordió el dedo a Awilda».

Son cosas de adolescentes. En la universidad, cada vez que tenía que regresar de Río Piedras a mi pueblo, ella se me venía al pensamiento. La ví par de veces, durante las Fiestas Patronales, casi siempre. Desfilaba con un novio, el que habría querido que yo fuera. Y la trigueña se puso tan hermosa. ¡Tenías unas piernas del carajo! Y cada vez me parecía más linda de cara, de todo… ¡Qué afortunado Heriberto que la observa todos los días! Son vecinos. Y se adicionó el hecho de que a Oggie le gustara; él sí le tiró los perros y, aún con lo rabicaliente que fue Awilda, le dijo: «Yo no soy plato de segunda mesa». Le quiso decir que ella se me servía a mí por ser su voluntad y no la recogerá otro y conformarse, como si ella fuera las sobras para otro amigo.

Ella supuso que Oggie era uno de mis amigos favoritos. Es que dondequiera se nos hallaba como si fuéramos inseparables. «Ahí están los intelectuales», se oía que Awilda comentaba con ironía a las compañeritas con las que se paseaba. Ellas reían. Awilda coqueteaba ante nosotros con un caminarcito cachondo. Al principio, Oggie pensó que ella estaba interesada en él y, como era, sin duda, mejor que yo en el trato con mujeres, no ante mí, pero, a secretas, fue al ataque. La invitaba al cine y a bailes y ella le dijo: «No contigo». Entonces, dejando nuestros discursos de romanticismo político a un lado, una vez se sinceró.

«¿Por qué no te coges a Awilda? Está enchulada y no le haces caso».

Además vivía en mi barriada. Le gustaba rondar por mi casa, ofrecerse para que platicáramos y hasta la tuve como compañera de clases en la prepa donde me hostigaba con sus bellaquerías de mozuela. «No me gusta», dije simplemente. «Te ha de gustar una rubia, tipo gringa, ¿ah?» Y mencioné nombres de algunas que sí me gustaban, aunque cagaban merengue y se creían destinadas a un chico diferente a mí. Es decir, un riquito. Un blanquito del pueblo, porque blanco de piel… seguro que yo hacía número Uno. Y, para joderme con sorna, me decía: «Que tenía yo mis aire de Walter Mercado», claro… en ese entonces, Walter no parecía mariconazo. Ni tenía guilles de Gurú o profeta de los astros.

Oggie tenía, pese a su elocuencia y ser un tipo elgantón, muy masculino, con el torso y los brazos muy velludos, si algún defecto desagradable del semblante, no eran los labios carnosos. Si importara mencionarla y siendo que, como hombreí me importó tres pepinos, su tara fue la dentadura. Awilda mismo fue quien me lo dijo: «¡Qué amiguito te buscaste!» Se lo dijo a Heriberto para que me viniera con el cuento. Refiriéndose a Oggie: «¡Esa Awilda está reloca! Me dijo que el vendedor más grande del mundo debe comprarse una caja de dientes, porque los que tiene parecen unas piedras de cal, tiradas desde la cima de un monte, y le cayeron en la boca, todas apeñuscadas, sin orden, unas encima de otras».

Bueno. Estuve riéndome por días después de mis inmediatas carcajadas. Fue una simpática metáfora dental; pero, ni modo que le soltáramos tal comentario a Oggie. De por sí, él es orgulloso, quisquilloso, sensitivo. Estuvo siempre en una cierta búsqueda de virtudes cívicas-sociales y yo lo respetaba así, como uno curioso que, con los diez pergaminos de Og Mandino, se fue por la idea de lograr el éxito en el arte de vender. Imaginé que pretendía, no éso, algo más profundo que lo que enseñara el Anciano del libro, ese que vende la fe en sí mismo.

«Mira, Heriberto, si uno carece de fe en sí mismo, ¿cómo va a tener fe en la patria? Tú dices que el gran instructor es Albizu Campo, ese es Tu Anciano y padre de la Patria, como fue Betances en los tiempos de España, pero, ¿sabes? Un negro pobre, como Albizu, que llegara a Harvard, sin complejos y fuese el mejor de su clase, como ingeniero y doctor en leyes, tiene que haber pasado antes por un proceso sicológico, depurándose interiormente… ¿cómo decirte? un proceso místico, digamos… por eso es que yo leo la Escuela de Franckfurt. No es una pendejada de la Nueva Izquierda, o de imitar al marxismo patrocinado en Berkeley, o Chicago, o Princeton… es que tenemos que saber esas cosas sobre la cultura en los tiempos de la sociedad post-industrial y el capitalismo. Comenzar con Freud no es malo, educar el carácter con lo que sea, hasta con Cristo Jesús, amén… »

«¿Crees que, en el Puerto Rico y en el Washington de 1973, el colonialismo es cosa de estar compadeciendo a Oggie y a Nixon, el tramposo, Tricky-Dick, a tanta gente que daña al prójimo y esconde la mano? ¿A ese Nixon que se caga en Dios en sus «cintas secretas» y despide a los procuradores generales, porque tiene el poder y lo utiliza, con sus secuaces, para esconder la cochinada de Watergate y todo el daño que hacía? Lleva tres jueces-super fiscales que despide… yo no creo que le hagan juicio ni que lo manden a freir espárragos después de espiar contra su propio país. Es más, cuando termine su mandato, seguro que Gerard Ford, u otro republicano, se elige… Y aquí, sin ir más lejos, la economía a hundirse, a vivir de los Cupones y… ¿leíste el reportaje de ‘Claridad’ de hoy? Las multinacionales, las 500 corporaciones más grandes de los EE.UU., van a hacer su agosto, a chuparnos la sangre… hay ya 110 de esas corporaciones aquí y,
por esa razón, es que tú ves que un Oggie inmediatamente se inscribe en la Facultad de Administración de Negocios y se prepara para ser parte de la administración de la colonia… por eso es que lee al ‘Vendedor Más Grande del Mundo’, a un profeta del capitalismo gringo».

«Habrá algo de eso, Heri. Pero yo creo que a Nixon lo van a sacar, antes de que termine su periodo como presidente con el impeachment y luego, si ganara Ford, el perdón. Gane quien gane, el mundo va a castigar a los EE.UU. con una economía resentida por la caída de los precios del petróleo… y no solamente en Puerto Rico, en todo el mundo, se verá ese período de dominio de las multinacionales. ¿Por qué Nixon fue a la China Comunista? ¿a jugar ping pong? No. Comercio… Para lo que tenemos que educar no es sólo el asunto del capitalismo colonial, sino para esa fase predicha por Lenin, el sionismo, el neoimperialismo… Puerto Rico, con todo y su programa de cupones, seguirá siendo el país que EE.UU. utiliza como vitrina de sus inversiones directas y con mayor tasa de ganancias para las corporaciones norteamericanas. Esto es un país diseñado para las farmacéuticas, la Pepsi, la Motorola y para el sionismo criollo, que es la gusanera
cubana. Este es el país de las exenciones de impuestos, el código 931 o el nuevo 936, como le van a llamar ahora… Oggie sabe sobre ésto. El estudia economía. Lo que nos compete a nosotros, quienes lo sabemos por responsabilidad, no por vendernos como empleados a corto plazo, es recordar el asunto a gente como Oggie: ¿Tú con quién trabajas? ¿Para quién será tu lealtad cuando llegue el momento?»

«¿Y ese momento llegará?»

«No es que llegará. Es que en cada momento del presente ha llegado y no nos damos cuenta», le digo.

II.

Y el momento de darse cuenta, el presente, llegó. Ahora, cuando terminé mi licenciatura en la Facultad de Humanidades, me encuentro más frecuentemente a Oggie. El terminó sus estudios de negocios y va por más. Ingresó en la Escuela de Leyes. Después que me pregunta «por aquel fulano, Heriberto, compinche tuyo», me recuerda la última vez que me vio. Supo que me habían arrestado a finales de marzo de 1974.

«¿Cómo salíste de aquello?», pregunta.

Y me vio con la novia que yo tenía. Diría que ella fue formalmente, mi primera novia. Estábamos pintando un mural en una calle a las afueras de Garden Hills. Ella se llamaba María, una chica argentina. A la chica le dije, cuando me propuso la tarea, que sí, porque creo en el diálogo con Cuba y el reestablecimiento del comercio entre Amérca Latina y la antilla bloqueada. El padre de ella me conocía por andar en amoríos con su hija y él era tan progresista que combinaba los mimos a su hija, con la vocación que ella tenía por las Bellas Artes y el muralismo mexicano. Yo estaba tan feliz con ese primer amor, tan intelectual como físico. María era preciosa. La perfección de todo lo que amaba: ella… la unidad de mi líbido con mi espíritu, carne e intelecto materializados en aquella chica limpia, idealista, internacionalista, con quien yo podía repasar la historia de América Latina, sus héroes, de San Martín a Bolívar, del Ché Guevara,
su favorito, a Fidel Castro, de Albizu Campos a Juan Mari Bras.

Entonces, aquella noche cuando casi terminamos el mural sobre una pared de un edificio abandonado y recogíamos, todas las vituallas, taburetes y latas de pintura y nos dirigíamos al jeep que ella tenía, con que nos habíamos transportado a Garden Hills, vimos un automóvil que se nos aproximó y entró al estacionamiento. Alguien tomó unas fotos. Sentimos los flashazos contra la pared del mural en lo alto y luego unas fotos nos flashearon, iluminando nuestros rostros. Ella y yo tuvimos miedo hasta que Oggie, quien iba acompañado de una mujer, se dignó a saludarnos.

«¡Hey, qué lindo pintan! Acabo de adquirir esta cámara con lentes… perdonen que la haya probado el flash con ustedes; pero es que te reconocí», se refirió a mí

«¿Quién es él?», preguntó María. Cuando se acercó más, la cara de él le fue familiar porque lo había mirado en el campus. Es alguien que hablaba conmigo de vez en cuando y ella, por no interrumpir, solía seguir su camino y abordarme en otro momento cuando me desocupara.

«Es Oggie, un amigo de mi pueblo», dije para tranquilizarla. Ella quedó conforme porque sí lo veía a menudo en el campus riopiedrense.

«Ahora comprendo», dijo.

«¿Necesitan ayuda?», preguntó Oggie. «Por eso fue que me detuve. Mas… este presumo mi cámara nueva. Quise ver qué bien salen las fotos con esta película de noche, a ver si aprendo…»

«Ya veo. ¿Y qué harás con el rollo cuando lo reveles?», preguntó María.

«¿El rollo o las fotos? Se las doy si las quieren. Es sólo un test de aficionado».

Ahí habría quedado todo el incidente. Pero el 22 abril 1974 una potente bomba detonó en el Consulado Argentino, ubicado en la Urbanización Garden Hills, y causó grandes daños. En la prensa local, se publicó un comunicado de United Press International que alegaba que el Ejército Latinoamericano Anti-Comunista se responzabilizó de ese atentado contra el consulado. En el texto se daban vivas a la Argentina, se declaraba muerte a Perón y guerra contra el comunismo. Atentar contra el Consulado violaba leyes federales y no tardó la policía en investigar. Fue por lo que el mural que pintamos se convirtió en objetivo de una pesquisa. Pintarlo fue un proyecto personal de solidaridad de María y, tanto ella como su padre, me explicaron que «tenemos el derecho a la libre expresión». El edificio, cada una de sus paredes, es propiedad de la familia.

Sin embargo, el 30 de marzo, cuando yo estaba con María en una cafetería, entraron unos detectives a arrestarnos y llevarnos a interrogatorio por dañar propiedad pública. Nos habíamos declarado como partidarios de relaciones diplomáticas con Cuba y se había interpretado tal cosa como un acto anti-estadounidense y de desafío a grupos de exilados cubanos, ofendidos por el mural.

«Investigamos el atentado del 22 de abril. Una bomba en el Consulado argentino».

«Pues busquen en la gusanera. Ahí están los terroristas», dijo María, quien es más boquirrota que yo. Una niña rica, al fin, que no tiene miedo porque, contrario a mí, su familia está compuesta de abogados y médicos, con mucha plata para que como tales se defiendan y protejan sus intereses.

Y me extrañó que ese mismo año, en enero, lo que me había pasado desapercibido, el mismo consulado hubiera sido tiroteado. Salió a relucir cuando la policía me preguntó: «¿Alguna vez ha disparado un arma de fuego?»

«Nunca en mi vida he visto una pistola, a no ser cuando la policía la carga en su baqueta, o cuando miro una película de vaqueros».

Alegaron: «¿Cómo dice eso, chistoso?… si su padre es un tirador profesional, registrado para eventos deportivos… ¿acaso no tiene armas en su casa?»

Mi sangre se me heló. Había mentido.

«… pero eso no significa que él necesariamente, se ponga a jugar con las pistolas de su padre», me defendió ella.

En fin, que yo no dejé que ella soltara su boquita de rebeldona y, si bien terminamos arrestados, tras las rejas, interrogados, entendimos que el silencio y un abogado que nos represente es la mejor respuesta. A las cuatro horas, estábamos libres, sin multas y sin cargos. Y, en la noche, ché para aquí, ché para allá, me abrazaban como «Compañero de Luchas», patriota puertorriqueño que hasta el acento me lo notaban argentino, porque «tenés la pinta, mi hija te ha contagiado, ché». Me hicieron probar el mate; lo bebíamos de la misma boquilla. Me bebí casi una botella de vino, además y conversé como nunca, con toda la familia. Tíos, hermanos de la Nene María, sus padres. Ella atosigándome con arrumacos, cariñosamente. Besos de lengua, agasajos de filet, ella descaradona, porque me amaba y no la dejé sola, cuando pintó un mural solidario, con el Ché y Fidel y aquella grandes Letras que hilaron el mensaje: «Comercio Libre y Diálogo,
Viva Cuba Libre y sin Bloqueo». Sí. Yo pinté las letras. Ella, los rostros. Ella sí estudiaba Bellas Artes. Yo era el mensaje detrás de la gráfica. «¡Es que este chiquillo es sabio!», no se cansaba de decir al padre, él… muy apasionado, ruidoso, exitoso y experto en la parrillada.

«¡Cómo se ve que ahora comes churrascos!», me dijo Oggie. Meses después. Sospechaba que me no me pierde los pasos. Hubo un atentado en enero, otro en marzo, y la Policía sabía que mi padre «tira al blanco», o posee armas de tiro. Mas mi padre es la decencia encarnada. Me doloría hasta el alma que lo investiguen por algo ilegal que ni yo ni él habríamos hecho, por más urgente sea la causa de la Patria o de Cuba. O el Tercer Mundo en pleno… Violencia no, no. Nunca ejercitada ni promovida por nuestras manos ni bocas.

Observé la mirada que Oggie le echó a María. A leguas se nota que ella lo pone nervioso. coartado de lamerse a gusto, porque los jeans ciñen ricamente sus muslos. Usa guayaberita de mujer y a la silueta la embellece un discreto torso. No es muy tetona. Le gusta vestirse como yo, casi nunca con faldas. Jean y guayabera, aunque me harte, y aún así es tan femenina. Su culo es perfectamente proporcionado, sensualón; su cara es angelical, profundos ojos azules y grandes, como los de una niña rica del Pueblo, que a Oggie y a mí nos gustara antes en nuestro pueblo del centro-adentro de la isla. Una que cagaba merengue se me metió en el alma.
A Oggie, cuando María lo observa, se va. No le gusta mirarle los dientes, como pasaba con Awilda. «Parece que tiene un volcán en la boca», me dijo, que «masca un bolo de algo y no lo acaba de tragar».

«¿Y qué sabes de Awilda?», me preguntó él. Sin duda, que esa mujer le duele y ha estado rememorando amores que, a mí, más pendejo que él, se me han puesto en las manos. «Ahora te botaste. María es mucho más linda, aunque sea argentina», me dijo. «Te voy a traer las fotos».

«¿Qué fotos?»

«La que les tomé, ¿recuerdas? Hace unos meses antes de la explosión en Garden Hills».

«¡Ah, lo había olvidado! Sí, tráelas», le dije. Me pasó por la mente, lo que dice Heriberto. «Yo tengo buen ojo para identificar a los chotas. El es uno. Navega en muchas aguas y se comporta ambivalente».

Y pasaron meses y las fotos nunca las trajo.

III.

Desde ese arresto, sin consecuencias, creo que soy más atento. Hablo menos, me cuido para estar «frío». No le animo a María sus aires extremos, participativos. Y el año viene violento, al parecer. Una derecha cubana está mostrando todos los indicios de una polarización en Puerto Rico. Hay luchas internas de empresarios que han compuesto un bloque cubano con la meta de sanear la isla borincana de los comunistas. En julio de 1974, una revista de crítica noticiosa a la que mando colaboraciones fue descrita como rojilla y, el 12 de julio, destruyeron las oficinas de «Avance», la misma, con el mismo tipo de bomba que utilizaron contra el Consulado Argentino, el Colegio de Abogados y la Facultad de Estudios Sociales. Dijeron que ya, por fin, iban a acabar con el pluralismo político. «A Lourdes Casal le vamos a quitar lo dialoguera. Si tan bueno es Fidel Castro, que se vaya a Cuba y no ande de cascarita amarga ni en New York ni en Puerto Rico».

Para llamar la atención, otra bomba explotó en la casa del Cónsul Peruano en Puerto Rico, ocasionando grandes pérdidas. El cónsul dijo: «Es la cuarta bomba de alto poder colocada por la derecha cubana en Puerto Rico». El 6 de agosto le tocó el turno al Consulado Venezolano en horas de la madrugada. Y, por segunda ocasión, el FBI anunció que intervendrá y llegará al fondo de este relajo. «Si son los cubanos exilados van a cagarse en su madre», lo puso Heriberto en sus términos favoritos. El está involucrado en la lucha contra la explotación minera en Utuado, porque hay yacimientos riquísimos de cobre en Puerto Rico y el gobierno entreguista planea que el yankee se beneficie. Preparan el terreno y sólo la izquierda sale en defensa del subsuelo patrio. En agosto, ese mismo año de 1974, una bomba se detonó para destruir un periódico que editorializara sobre la oposición a la explotación minera. Los estudiantes universitarios iban
hasta Utuado, en marchas y jornadas de orientación a los vecinos. Para nosotros, era como fiesta, ir haciendo patria. La derecha tenía más paranoia que nosotros.

«Este es el futuro que habla desde el presente, ¿recuerdas que hablamos sobre ésto, Heriberto».

«Sí. Y yo estoy ahí, haciendo mi poquito de trabajo, en la pequeña escala».

Me cuenta que Oggie, allá en una actividad en Utuado, le preguntó: «Hey, ese compinche tuyo, el que te presta libros de Gramsci y Marcuse, ¿qué pasa que hoy no está aquí, gritando en los piquetes?» Insinuó que como ya tengo mi churrasquito argentino (María, que me entretiene) y me dieron un susto con la policía, me prefiero como el hielo. Alejado y frío de la acción de lucha. «Debe estar cagado». Oggie dijo, saliendo en mi defensa: «El es más útil tranquilo, leyendo y escribiendo, él nos educa, influye, teoriza; pero nunca se caga de miedo».

Le indicó que un papel más feo lo representa él, «porque tú, Oggie, estás aquí y no estás, ¿entonces pa’ que vienes? Mírate donde estás parado, como un mirón. No gritas consignas, no repartes volantes, no marchas con el grupo… siempre, desde afuerita. Que estés ahí es como si no estaras… ni siquiera levantas el puño de la izquierda en alto, ni te pones la mano al corazón cuando se entona La Borinqueña, el himno con la letra de Lola Rodríguez de Tió… a mi me está que tú no eres independentista ‘ná, sino un velagüiras».

El 8 de octubre, ese mismo año, las bombas del exilio cubano destruyeron el «Teatro Modelo» de Río Piedras y otro en Mayagüez, porque se planificó un ciclo de festival de películas cubanas. Los organizadores del festival acusaron a cubanos exiliados como los autores. Toda sospecha apuntaba a la gusanera. El año entero fue bomba tras bomba y Heriberto me dijo: «Aquí en Puerto Rico no se sabe si se vive en fiestas patronales permanentes o si estamos como isla convertida en campamento de la ETA».

Me lo dijo cuando yo fui a verlo a su casa. Le dieron una golpiza tal que fue un milagro que no lo mataran. «Mira qué momia me encuentro, tan enyesado, y mamá tan preocupada porque ya no vas por casa», le dije al verlo.

«Y no pienso ir más, no sea que por asociación seas tú la próxima momia».

En consecuencia, me informó lo que sabe. Esto es por ir a Utuado en defensa de las Minas de Cobre, por oponerse a su explotación por los yankees. La golpiza la inspira haberse ido de la JIU, la juventud independentista del Dr. Rubén Berríos, donde el partido ya no quiere a comunistas. Le insinuaron que a los que están con el Movimiento Socialista Popular los van apalear a todos, a los del PSR a matarlos. La derecha cubana del exilio tiene una lista de todos. «No es Berríos, no es cosa de los pipiolos. Es un cabrón chota que estuvo infiltrado con ellos, que robaría archivos en el PIP… Y ahora es más peligroso. Es un chota con cámara».

Heriberto no había quitado el dedo del renglón. El creyó que es Oggie.

IV.

«¿Y las fotos?», pregunto a Oggie. Es un día once de enero de 1975. Fui a Mayagüez y ya salía del evento que celebraba el Natalicio de Eugenio María de Hostos, eminente sociólogo y filósofo puertorriqueño. Estaba muy cansado y dejé la Plaza de la Ciudad. Me fui a mi carro. «Ahí estás». Lohallé cerca mío. «¿Y las fotos?», repetí. Desvió la pregunta y me entretuvo.

«¿Te enteraste? Una bomba mató a dos obreros hace un ratito», me dijo.

«Yo no sentí nada. Al parecer, no fue cerca de donde yo estuve, o pude haber pasado. ¿Qué sabes?»

El sí me describió una zona acordonada ya por la detective y citó a miembros del Partido Socialista que dieron declaraciones a la prensa. Me pareció que Oggie se inventaba todo porque no creo que Juan Mari, tan apresuradamente, se atreviera a acusar, sin fundamentos, a miembros del Partido Nuevo Progresista y su alianza con el exilio cubano, si de veras ocurrió el atentado.

«No me metas miedo. Violentas han estado las cosas allá, en Utuado».

«Sí. Le dieron de arroz y palos a tu compinche Heriberto».

«¡Coño, todavía le tienes roña al barbudo, al veterano! ¿Qué te hizo?»

«A mí nada. Una vez que salió con Awilda».

«Siempre te gusto ella, ¿verdad Vendedor?»

«Le habló mal sobre mí. Eso es lo que no me gusta».

«El no habló nada. Es que ella tiene confianza con él porque son vecinos».

«Oye, ¿vas a estudiar Leyes? Yo me preparo para revalidar a mitad de año y, hey… se te vio en la Biblioteca de Leyes».

«¿Quién me vio?»

«Ibas con María, ¿no recuerdas? Y yo te iba a saludar y dije, ¿para qué molestarlo si está con la novia? Y ella es medio geñuda, no es simpática. No le caigo bien».

«Ella es un amor. Lo que pasa es que no es del PIP. Es de línea dura. Los pipiolos le parecen cursis, burguesones».

«Con razón… y si andas con ella, es porque tú serás marxista-gramscista, ¿cierto?»

«Sí. ¿Y tú? … ahora que Berríos nos botó de la JIU, ¿qué eres?»

«Nada. Lo mío sigue siendo vivir este día como si fuese el último día de mi vida».

«Ajah, te tengo una sorpresa por eso que acabas de decir. Ya leí «El Vendedor Más Gran del Mundo»… y no creas… el libro me encantó. Lo he meditado bien y ahora comprendo muchas cosas sobre ese libro y tú. ¿Cómo es que nunca, desde que te conozco, casi diez años, has tratado de vender algo, ni a mí ni a nadie que yo sepa? ¿Cómo qie leas cosas como los diez pergaminos de un vendedor anciano que pretende enseñar cómo se tiene éxito en las ventas? Tú, al menos, no vendes nada material… Ni venderías drogas como un narco poquitero… tú no venderías, con lo que has aprendido, ni un gramo de marihuana. Ni vendes quincalla ni casas, como realtor, porque ya ese negocio se lo comieron los cubanos… Entonces, ¿qué es lo que venderías tú? Díme…»

«No sé. Acuérdate yo estudié negocios, administración de empresas».

«¿Venderías las Minas de Cobre? … primero, porque no son tuyas, y ya el gobierno le está buscando compradores. No. Díme qué tipo de empresas están en tu cabeza para compra-venta o administración…»

«¿A dónde quieres llegar?»

«A la patria, a las lealtades, a la gente, a la libertad».

«¿Qué es lo que me quieres decir?»

«Que no vendes fe porque la fe no se vende. Ni la idea de Dios. Si quisieras vender esas mercancías de lo espiritual, mejor habrías estudiado teología, o te habrías metido ya en alguna iglesia… desde donde pudieras decir ‘Soy el milagro más grande de la naturaleza’, el Mesías. ‘Les saludo este día con amor en mi corazón’ y ‘ formaré buenos hábitos y seré el esclavo de esos hábitos; hoy multiplicaré mi valor en un ciento por ciento… No me preocuparé por que mis metas sean demasiado elevadas, porque: ¿No es mejor apuntar mi lanza a la luna y herir solamente a un águila que apuntar mi lanza al águila y pegarle solamente a una roca?… I will act now… y viviré este día como si fuese el último día de mi vida».

«Eso es lo que siempre he admirado: te aprendes los libros de memoria y eres poeta…»

«No es memoria. Es que entiendo la esencia de un libro. De todo lo que dice Og Mandino, lo que más me ha impresionado es su idea de la originalidad, no que seamos criaturas únicas en la naturaleza, sino que le debemos una lealtad a ser originales, no una manada de imitadores… ¿Recuerdas cuando el Anciano recomienda que hasta en ‘nuestra manera de hablar, caminar y de vender’ seamos únicos y que conservemos la singularidad y esa singularidad es lo que yo llamo la identidad. El amor es lo que sustenta esa identidad… Si uno vende lo que el cliente no necesita, está vendiendo impostura. Más bien, está robando y lo que, realmente, se necesita que otro persuada, o venda, no en un sentido vulgar, es el amor a lo útil, a lo honesto, a lo necesario, cosa de que seamos amorosos…»

«Buen punto».

«Si lo comprendes. Te pediré un favor. En nombre de la amistad que tenemos desde hace diez años: si eres un amigo sincero, si quieres ser el vendedor más grande del mundo, un Oggie de verdad, te pido que respetes a quien llamas mi compinche, a Heriberto. Si tienes que ver con quienes le dieron una golpiza, casi inutilizándolo, si conoces a los cubanos que están poniendo bombas en los periódicos, en los teatros, en los consulados, en las casas de nuestros hermanos puertorriqueños, denúncialos. O avísales a los que han sido amigos tuyos o míos para que se cuiden… porque eso es lo que yo aprendí de este libro que tanto me has recomendado».

Yo creí que Oggie ya había perdido toda la vergüenza y decencia humana que puede tener un individuo al debatirse entre la envidia, el complejo y las presiones coloniales; pero un día, después de ese silencio suyo por causa de las palabras que le dije en torno al libro, me dejó una respuesta silenciosa, sin atrever a levantarse. Sabía que lo había desenmascarado y se fue cabizbajo…

El 3 octubre del 1976, en el estacionamiento del Canal 11 en Puerta de Tierra, mientras el Partido Socialista Puertorriqueño, proyectaba la película cubana «La Nueva Escuela», una bomba fue lanzada. María y yo planeamos ir a tal actividad, que era parte de una campaña electoral. Aunque se le puso en el buzón, desde la mañana, un sobre amarillo con las fotos que Oggie nos tomara el día que nos halló frente al mural, nii siquiera lo abrió hasta que yo las viera. Una nota adentro del sobre nos salvó la vida. Decía «Oggie: Tus fotos, amigo». Casi en rumbo a la entrada del estacionamiento, cuando María abrió el sobre, saltó la nota. Ella leyó: «No te acerques al Canal. Esllará una bomba».

E inmediatamente cambié el rumbo. Nos salvamos porque la bomba si estalló.

En esos meses subsiguientes, por el asesinato de Chagui Mari Pesquera en marzo de 1976, se procesó criminalmente a un joven que fue amigo y vecino de Chagui y, por tanto, uno que conocía de vista a María. Me extrañó que mi romance se rompiera repentinamente después de que ambos salvamos la vida o nos evitáramos el susto de la bomba en el Canal 11 de TV. No me resignaba a la excusa de que teníamos que «enfriarnos» y «desvincularnos» políticamente, no viéndonos más, cada cual por su lado… Y tanto jodí con ese asunto que María me dijo el por qué. Con la misma letra de Oggie, ella recibió otra carta con un mensaje. Un sobre de manila, del mismo tipo que el que contuvo las fotos. Esta vez lo firmaba: «Henri W», dirigido «A María»… y el mensaje fue: «Para que no le pase lo mismo que a Chagui, que tu novio se vaya del país».

Y, sin María y ante esa amenaza de quien no fue otro que el asesino de Chagui, me quedé sin saber de inmediato sobr el secuestro y asesinato del abogado Julio Pinto Gandía, el asesinato y tortura de Juan Rafael Caballero, el bombazo al Consulado de Venezuela y otros hechos. Todos ocurrieron entre octubre y diciembre de 1977, cuando salí del país… y, posiblemente, según dijo Henry Walter Coira, algunos de la lista de los escarmentables por el exilio, se fueron del país, o fueron perdonados por el ‘Vendedor de Nombres Más Grande del Mundo’.

Yo no esperé ningún perdón. Me exilé. Uno no sabrá jamás que reacción tendrá un Oggie. Y su odio, o su resentimiento arcaico y profundo, era contra mí.

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