Cuentos transilvanos. Pavel Dan. El Nadir Ediciones. 2009.

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Cuentos transilvanos
Cuentos transilvanos

«El frío aliento de la escarcha ha quemado la jugosa hierba del otoño; los senderos están repletos de hojas amarillas. Entre las acacias desnudas se divisa la lejanía, como entre los huesos pardos de un esqueleto». Página 19.

«Dinero no tienes, vecino. Y de agradecimientos tengo el desván lleno». Página 24.

«Las nubes negras y pesadas se arremolinaban por todas partes, oscureciendo el horizonte, arrastrándose por el suelo como animales apocalípticos que no dejan de cambiar de forma; de la boca ensangrentada de la medianoche salvaje acudían cada vez en mayor número, cada vez más negras y aterradoras.

Despertado sin previo aviso, el otoño, con briznas de hierba verde en el pelo canoso, anciano y cojo, un ojo de joven y otro de viejo, húmedo como si lo hubieran sacado del fondo de las aguas, surgió en un maizal con un plañido afilado y quejumbroso. Al oír su voz, los perros de los Urcan metieron el rabo entre las patas y buscaron cobijo entre las hacinas de heno». Páginas 58 y 59.

«Dentro, todo estaba soñoliento, adormecido. Parecía que la gente llevaba mucho tiempo durmiendo, que las cosas de la casa se hubieran quedado despiertas, hablando y porfiando como viejas, luego les habría entrado la modorra y habían echado un sueño. Hasta la lamparilla, con su enrojecido ojo de monstruo marino, cabeceaba de cansancio; quizá se había quedado dormida también». Página 61.

«El barro significaba enfermedad y eso de perder el pañuelo o el sombrero, muerte. Igual que cuando uno sueña con que se le cae un diente… ¿Pero cómo puede uno fiase de los sueños? Cuando el cuerpo duerme, el alma se separa de él y vaga por el mundo. Ve y oye muchas cosas; y la verdad es que en unas cosas acierta. Hay también sueños que te manda Dios y a los que sí que hay que hacerles caso… en fin…». Página 84.

«Los gitanos nómadas de Ricud, aldea vecina con una famosa pandilla de cíngaros que no faltaba ni a los entierros ni a las comidas funerales de los alrededores, se veían a la legua; descalzos, con el pecho al aire y las lustrosas melenas negras colgándoles de los cuellos negruzcos, azuzados por el olor de la comida, empezaron a merodear por la cocina». Página 116.

Las citas que, por su calidad y valor, pueden extraerse de esta obra son numerosísimas. Me he tomado la libertad de apuntar unas cuantas para dar una idea de la inmensidad de estos cuentos. El autor, fallecido a los treinta años, rumano, tuvo tiempo de dejarnos un tesoro literario por el que, sin duda alguna, merece ser recordado. La editorial española El Nadir lo ha sacado, haciendo una cierta arqueología literaria, del marasmo del olvido para todos los hispano-paralantes. Y hay que agradecerlo tanto como las oportunas notas a pie de página de los traductores. En sí, toda la edición muestra el cuidado de quien valora las palabras que está leyendo/traduciendo.

Lo que a través de estos cinco relatos se nos pone más de manifiesto es la realidad rumana de principios de siglo (el quinto Los siervos es una magnífica interpretación literaria de un pedazo de la historia del pueblo rumano se llamara como se llamara en su momento). Aparecen las creencias, las supersticiones, la forma de vida de este pueblo que ha sido marcado para los profanos por la obra de Bram Stoker hasta hacer que el título lleve a pensar a mucha gente en historias de vampiros. No hay tales seres en estos fragmentos de la vida transilvana. Lo que sí hay son los odios, envidias, apaños, tacañerías, sortilegios y formas de los campesinos de la región. Puede que le haga un flaco favor a las ventas de este soberbio volumen aclarando que no se trata de un manjar para los seguidores de la saga Crepúsculo, pero creo, firmemente, que se puede esperar mucho más de Cuentos transilvanos; esperarlo y obtenerlo pues el libro ayuda a la reflexión sobre la naturaleza del hombre como ser universal con peculiaridades según la fecundidad de la tierra, las condiciones climatológicas que lo rodean y los condicionantes culturales y sociales que se encuentra al nacer. Además el verbo del autor es elogiable desde el primer párrafo hasta el último, contando con el dinamismo y la energía de la juventud pero la reflexión y el detenimiento de la experiencia.

Dos de los relatos están relacionados, pues comparten sus personajes y una historia que, en cierta forma, se continúa. Y la manera de retratarlos es magistral. No sobra ni una sola palabra, no falta ninguna. Los actos revelan la catadura moral de todos ellos, el egoísmo humano llevado al campo, la rapiña, la mentira, la traición entre padres e hijos, la competencia entre las mujeres de las diferentes generaciones por controlar a los hombres y sus medios económicos. Con esta saga de los Urcan creada por Pavel Dan nos encontramos ante un estudio sociológico y psicológico de dimensiones sólo aptas para la mejor Literatura, así, con mayúscula.

También se abre, para el lector occidental, la oportunidad de descubrir peculiaridades del cristianismo ortodoxo, sus rituales, las vestiduras de sus popes y su prestigio o mala fama. Los iconos que cobran vida, los entierros, las luchas internas entre labriegos y representantes eclesiásticos son parte de estas páginas para deleite de lectores con curiosidad.

La presencia de lo ultraterreno o extraordinario es constante en la obra, tanto en los remedios contra el mal de ojo que se citan en los dos cuentos que nos hablan de los avariciosos Urcan, como en el tema central de Niño cambiado, escalofriante y triste, en la que lo común se imbrica en lo supersticioso hasta hacer un todo donde resulta difícil separarlos.

Por último Los siervos muestra con crudeza la crueldad y el egoísmo humano, una vez más, en este caso de la mano de las revueltas de los siervos de la región contra los señores húngaros que dominaban las tierras en el siglo XVIII. No se escatima ningún medio ni se hace tampoco alarde de ellos. Los hechos que se relatan, aunque sean fábulas del autor documentado en la realidad, dan una fotografía tridimensional de las pasiones humanas y sus mezquindades, comunes casi a todos los tiempos.

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