LA TENTACION DE MARTA / cuento

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… más se perdió en la guerra: Dicho popular

Marta me vino con el chisme de que un maestro de la clase de Algebra III, única clase que le falta para graduarse de la Prepa, en un colegio privado, no sólo la acosa con animadversiones, sino que ya hasta ofende a sus amigos. «Te dijo zanganote». Y a mí, ¿por qué? si yo no lo conozco. «Pero te ha visto y sabes que eres mi novio. Cree que me quitas el tiempo y pones malas ideas en mi cabeza».

El asunto es que Marta no tiene afición por las matemáticas. Ella cree que sumar, restar, dividir y multiplicar, es más que suficiente. «Ya eso del álgebra son bobadas. O es para otro tipo de gente». Su temperamento es artístico. Por intuición y ojo de buen cubero, ella comprende cómo dividir los espacios, o fractalizar hasta el infinito, o distribuir imágenes en la profundidad, o sumar perspectivas. Ella dibuja. Está interesada en la luz y la sombra. Se expresa con colores y los colores son sus numerales, símbolos más atractivos, menos abstractos y aburridos.

Este maestro surgió de una penumbra. Es un hombre viejón y cavernario que no se interesa en la Luz que ella llama la Libertad. El, pese a su mundo umbrío, cree que sobre la luz sabe más que nadie. Tiene muchas fórmulas en la cabeza para explicar las partículas, o como dice, la naturaleza viajera de los fotones. Se cree hombre de mundo y con derecho a chulear a las muchachas. Y Marta es una de sus favoritas para tenerlas en el plano de los buenos consejos y ajustes.

La muchacha es hermosa. Una alumna brillante, excepto en matemáticas. La fracasó una vez en su clase para tenerla otra vez en su salón, ligársela discretamente. En la escuela privada, ella y todas utilizan faldas y él tiene estímulos sensuales, viéndoles, por sus descuidos, los abrires y cerrares de piernas, en especial, a las presumidillas y burguesas cuando tienen días malos, días hormonales, que las vuelven locas, incontrolablemente sensitivas, y una llamada de atención del profesor las ofende. El tono de voz basta para que se sientan agredidas, o humilladas y se suelten en llanto. Entonces, él funge de consejero y consolador de sus berrinches.

Marta es una de ellas. Y tiene fama, entre sus compañeras, de rebelde y atrabancada, en parte, debido a que su familia es «hiper-liberal» y consentidora. Tal parece que la enseñaran a creerse el «centro del mundo», o convocada a una tarea redentora. «Para el colmo es del signo Leo», dicen sus amigas del colegio. Es la única en el colegio de señoritas, a quien le permiten que el novio, el «zanganote», vaya por ella en su auto y la suba a él, a la entrada de los portones del campus.

«Ya rugiste, leona», le dijo el profesor delante de la clase.

«Es mi signo» (del Zodíaco), farfulló con simpatía. Hoy ella parece bajo control de sí misma. Ha estado atenta, muy segura de sí. Estuve yo, su novio, dándole mentoría en las susodichas álgebras. No es cosa del otro mundo. Y ella puso empeño.

El profesor está distribuyendo exámenes corregidos y su calificación es buena. Le brillaron los ojitos cuando le entregaron la penúltima prueba del curso.

«Aprobaste. Pero ésto, en promedio, eliminó la F de dos pruebas anteriores. Tienes en promedio general, pese a la A de hoy, todavía (D)eficiente y, en un colegio como éste, con D no se pasa el curso».

Su manera de explayarse es una de las cosas que la desalienta. Sabe que le dedicará un rato a pugilatearla, hasta que le provoque un berrinche, pretexto para citarla en su oficina. Quiere estar a solas con ella, aplicar sus artes zorrunas, aunque lo que es él… es una hiena de penumbras. Ni siquiera es zorro; pero buen olfato tiene. Estas colegiales, por cuyas edades ya no son púberes, les encanta. Como dijo una vez a otro de sus compinches cubanos, tienen los chochos húmedos y ese olor a hormona viva mienta las vulnerabilidades para ofertas tentadoras de mamadas, dedeos y, «uno se cuida, no vaya a venir el mal por causa de una pinga fuera de control».

«No me mires con esos ojos como si fueses ovejita ante un lobo. Yo no soy la cueldad encarnada. Quiero darte un consejo. Eso es todo. Lo que tengo de zorro son los años. He enseñado por 30 años, casi la mitad de mi vida, y ya ves… esta madriguera, o lobera de las matemáticas, el cálculo y el álgebra, no es tan ardua. Es un discreto remanso».

«Es que usted…»

«Es que yo nada. Es que tú… esperas hasta el último minuto para hacerte alumna responsable. No sabes utilizar la libertad. La libertad comienza con uno mismo. Eso de estar pensando en libertades sociales, en justicias para el prójimo, eso sí que es una pérdida de tiempo. El tiempo es finito. Hay unos calendarios donde marcar cómo te programas para que, en la fecha límite, estés preparada. Tú no hicíste ese trabajo. No utilizaste tu libertad y tu voluntad para tus cosas…» Bla bla blá… y no se cansa….

«Tampoco exagere usted», musitó ella, ya con timidez. La acorraló.

Él que lo que desea es pedirle las nalgas, sabe que sólo tiene un mes para lograrlo. O. en rigor, 15 días porque habrá una prueba adelantada. Y ella tiene otras cinco clases, con exámenes finales, y es ahora o nunca que puede rendirse y él atraparla con una oferta tentadora.

Ahora, dirigiéndose a todas las alumnas, anuncia con altanería: «El examen final ya está preparado. Incluirá cada teorema, fórmulas y procedimientos de solución, que hemos discutido durante todo el semestre. ¡Así que a matarse estudiando para que en 15 días se coman ese examen vivo! y me prueben que yo no he estado gastando mi saliva en vano».

Dio la clase por terminada tocando una campanilla. Había unos murmullos de desaliento y pánico entre las chicas. Marta echó su cabeza sobre la mesa del pupitre, tapándose los ojos con ambas manos, y pensaba, entretanto, que yo estaría con los mismos ajetreos por mis compromisos finales de estudio en la universidad, donde soy estudiante de segundo año. Precisamente, yo le pedí 15 días a ella para no vernos y salir de mis ajoros. Por eso está así.

El profesor terminó de contestar algunas preguntas de niñas alarmadas con su desafío. Las tranquilizaba y Marta, todavía allí, no viéndosele otro ser que su cabeza, como decapitada y puesta sobre el pupitre.

«Marta, ¿qué te pasa? ¿Quieres ir a la oficina y hablamos?»

Y fue. Para no ser interrumpido, cerró la puerta de su oficina con llave y, antes puso un cartelito, que anunciaba que sólo mañana estaría disponible. Descorrió una cortina del vidrio de la puerta.

«Siéntate».
Recogió el periódico que halló sobre el amplio sofá. Ya lo había leído. Fingió que se sorprendía con el titular de aquel día. En noviembre pasado, había sido reelecto el Presidente George W. Bush. En la primera semana de diciembre, la fecha de hoy, en portada se leía: «Mi victoria indica que el pueblo confirma que lo que hice en Irak fue bueno».

«Jah, ¿qué crees de este titular, Marta?». Sabía que ella era hija de un empresario izquierdista, rico, pero más rojo que Fidel Castro. Por el contrario, él es un anexionista antifidelista, cubano de nacimiento. Se le sentó al lado como buscando su confianza. «What I did in Iraq is good: my reelection is an American People’s ratification».

«That’s bullshit!», dijo Marta.

«¡Ay, chiquitica! No sabes lo que dices. No sabes para qué es la libertad… Fíjate, Bush es tan generoso que, como dice aquí, ‘there was no reason to hold any administration official accountable’. Si se diera el caso de que algún funcionario hizo algo malo, él no dirá nada ni favorecerá que alguien castigue a quien lo hizo. En la democracia. el pueblo le dijo: ‘lo que se hizo en Irak te mereció un premio’, la reelección, y él dice, ‘pues si la mayoría aprobó lo que hice, yo defenderé a cada uno de los que, dentro de mi administración, hicieron lo que les mandé’. Por tanto, ‘then so, there was no reason to hold any administration official accountable’. Tomemos ésto como un ejemplo de lógica algebraica… Ahora mismo, eres tú quien libras una batalla en el conflicto de tu clase de álgebra. Tu graduación depende de lo que hagas. Marta, ay Martica, estás en la misma posición que George W. Bush, sólo que tu enemigo no es Irak. Es la
clase de álgebra que descuidaste largamente por dar rienda a esa musarañas que tienes en tu cabecita… Tus padres son el Pueblo Estadounidense, o digamos, el electorado que manda y, por ahora, te da de comer, decide tu futuro, si vas o no vas a otra universidad, hasta que seas autosuficiente… Yo no sé cuáles son tus metas; pero las de este colegio son las mismas que las de tu familia, que quiere que estés bien… Ha confiado en tí, como si fueras el Presidente electo y, en noviembre, reelecto… ¿Ves? Ahora el conflicto de Irak es tuyo, válgase la metáfora… y tienes que ganar una aprobación … Yo, a quien seguramente no verás jamás en tu vida otra vez, soy parte de la escuela, parte de la misma comunidad y quiero que te aprueben y te reelijan. Quiero que tú bombardees el Bagdad del examen desafiante y, aunque haya dudas, como en 1991, de si fue propio ir a bombardear… me voy a prestar a ser un funcionario a tu servicio, y Bush lo
perdonaría y no lo hará responsable de nada, en caso que fallara la estrategia, así espero que hagas conmigo…»

«¿Cómo me ayudaría usted?»

«Vendrán los Jacques Chirac a decir que invadir a Irak o bombardear ese examen de Bagdad conducirá a dsestabilizar el Oriente Medio y esparcir el chismorreo o los terrorismos que nunca faltan… pero, ¿qué tal si yo doy información para que justifiques lo que hagas y te prepares para una victoria? Cosa es de que hagas al mundo que piense que lo que hicíste it’s oK… Te voy a dar información, el resultado por adelantado del examen, una copia en secreto para que calles la boca a los que crean que vas a fracasar en ese examen».

«¿Una copia para que la estudie y me prepare con ventaja sobre las otras chicas?»

«Sólo a tí, con el compromiso de que no se la pases a nadie. Sería como traicionar un secreto. Y ésto es más efectivo que toda la ayuda que te brinde el zanganote, que te preparó para la prueba del mes pasado. Por ésto, ni él debe saberlo».

«¿Ni él? Algo querrá usted».

«¿Crees en el uso privado de la libertad y la voluntad?»

«Pues, claro».

«¿Has utilizado esa libertad y voluntad discreta para acostarte con el zanganote?»

«Eso a usted no le importa».

«Ahora sí importa, porque, estás en misión de guerra. Debes utilizar tu libertad de decisión, tu discreta voluntad, para vencer el Bagdad que tienes en las manos y es que ante tí propongo una opción. La otra es fracasar en ese examen y, Marta, o sacas una A, o pierdes la guerra. Con B o con C, con resultados mediocres, no pasas la prueba…  Te doy, no ya un consejo. Una lección de vida. Información secreta para que no vuelvas a quedarte un año más en este colegio. Véte con potencial victoria lejos de mis contornos, ingresa a una universidad de Europa. Yo, después que te vayas, ya olvidaré que te conocí y que puedes que no sientas gratitud por la oportunidad que te dí. Puse en juego, en evidencia, tu verdadero sentido de lo privado y del deber ante el uso del tiempo… Ahórrate preocupaciones, yo por verte desnudita y darte unos arrumacos, te doy el examen y te apruebo… me olvido de si hubo bombas de destrucción masiva, armas
químicas, o de si no las hubo en verdad… En realidad, no me importa si te acostaste o no, si te vas a acostar, si te dan rubores o remordimientos… No. A quien yo doy esta prueba es a la gente especial, gente que sabe utilizar su libertad de decisión y su voluntad discreta… Marta, ay Martica, ni siquiera voy a pedirte que me ofrendes la virginidad; pero me gustaría acariciarte y mamarte el chocho rico… Díme si de veras, esa leona ruje, o eres pura llamarada de la inmadurez, sin pragmatismo».

Hubo un largo silencio.

Que ella cayera era cosa de que él siguiera hablando. Era un zorro; pero más una hiena, un lobo ante una ovejita… y él mismo le sacó la falda y las pantaletas y a lo que te truje, chencha.

19-01-2005 / «Leyendas históricas y cuentos colora’os» / libro inédito

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