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Cultura

Para sentir soledad y miseria

Última actualización: 28/01/2010 20:13
carloslopezdzur
carloslopezdzur
Porcarloslopezdzur
Carlos López Dzur es un narrador, poeta y filósofo, nacido el 1 de septiembre y residente en Orange County, California, desde hace más de 30 años....
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[Dedicado a Gustavo, al Feo y los ‘putos’]

Calle Skid Row, Los Angeles, sector de los desampradosa, donde cientos duermen en las noches arropados con periódicos y cartones.

No. Uno no necesita que le pongan mala cara
aunque se siente miserable si la ponen.
Con su amable sonrisa alguien puede decir
«lárgate, no es tuyo el lugar que pisas,
házme el favor y véte pa’l carajo».

Para sentir soledad hay que comprender
que a veces no se tiene un espacio mínimo
en el mundo, que no sea la tumba,
porque nada es tuyo; lo que has tenido
lo debes. Rentas y el día que no pagas
el prójimo casi se torna el puño que amenaza,
eco de voces que te dicen: «Véte. A la calle».

Un día la soledad depende, por desgracia,
de lo que no controlas, lo ajeno. Otras
de alguna maldita hormona, o la diabetes,
o depresiones por desprecios acumulados
o de verte al espejo y querer ya morirte.

La soledad no es algo que se busca
cuando se está jodido. Es una distancia
que te asalta, te muerde, va robando tus pasos
y te mete al callejón y allá te mata
como dolor nefando y quita tu sonrisa,
si alguna vez la tuvíste.
Es el último atraco, chingaquedito.
La perfección de un arte desalentador
que está determinado por todo lo vulnerable
que es el hombre, su ignorancia,
su egoísmo, sus caprichos,
sus insolidaridades.

Si no tienes empleo, comienzas a saber
que vales nada, que todo es provisional,
condicionado, no hay nada gratis.
Cada acto hay que pasarlo por la angustia.
Caer, caer y levantarse; pero el caído
no se levanta contento, ilusionado.
No brinca de alegría, primero ha de doler
el hueso, ha de sangrar el alma.
y ahí se define el dolor preciso
(la soledad duele y, cuando duele,
es cuando menos el prójimo la entiende).

A veces por una misericordia
que no dura por siempre, que te echa en la cara
ser desafortunado, o estar tullido, o baldado,
o no ser ciudadano, o no ser heredero,
o no ser suficiente para dar solución mágica
o inmediata, a corto o largo plazo,
a tu inopia, a tu desamparo, a tus limitaciones
(no diga usted, mala suerte… porque uno hace
el destino y le da un color y no lo entiende)
la soledad parece que dura más que lo que dura,
máxime si no has sido gregario, extrovertido,
apto ingénitamente para pedir aunque no necesites.

Porque hay gente así, caridura, parasitaria,
cínica, indecente, o como ellos, se nombran
gente lista, no boba. Otra que no.
Hay quien sólo quiere dar, o ser
autosuficiente, y no recibir nunca
ni lo que, por gentileza, se merece.

Pero hay soledades discretas,
que aman el sacrificio y sus clamores de piedad
no los buscan hasta el último momento
y yo no sé, si el mundo o Dios,
a los dueños, o portadores de tales soledades
las castiga más intensamente,
porque el dolor las visita moralmente
hasta el último rincón de las collejas
y se sienten malditas, desventuradas
en medio del pedazo de pan que se les tira,
o la frazada pordiosera del frío de su noche.
Y no saben si llorar o maldecir. No saben.

Para sentir la soledad, se escuchan
muchos «lo siento, no puedo, no tengo, ve allí,
ve allá» y, a final de cuentas, en vano.
Se vive el ritornello de indiferencia y visitas inútiles.
Tocas en las puertas de nadie.
Te rompen las narices con ellas
y empiezas a crear tus propios NOES.

El desaliento te ayuda y Dios te aprieta,
si es que en El crees, y prefieres absolutamente
que te ahogue… ¡Qué horrible es la soledad
si no la esperas, qué triste es la fe en un bote
de basura, qué cerca se está de las ganas
de matarse, aunque Dios no te asfixie!

Uno tiene que ser triunfador al instante
o buscarse un fiador que enseñe a ser salvaje,
cínico, vividor, si has sido bueno… y qué paradoja,
a veces te da un pan quien menos tiene.
A veces el pan te lo da un mendigo
y el pudiente que conocíste te pasa por el lado
y no te reconoce, vira la cara para no verte.
El te crea la soledad que más duele…

Para sentir soledad basta que te veas
uno tras otro, a los que llamaste ‘mi esperanza’.
Basta que no hayas aprendido que hay gente
a los que no se les debe confiar ni la confianza mínima.
Basta que te encuentres con un perverso
que te pide el culo, o que te vendas, o que vayas
y delincas por un par de pesos y, si eres mujer,
mejor, más fácil es que se te prostituya
y él se sienta tu dueño.

Uno puede sentirse en soledad por demasiado orgullo,
o porque fue vanidoso y hoy tiene que aceptar
que si come un bocado se lo da un parejero,
un presuntoso, un hipócrita, que se siente
al rato el autor de tu vida, porque te quita el hambre
(aunque no sea con lo suyo) y mañana a volar,
a buscar por tu cuenta, a rascarle…

El gobierno te da ayuda, caridad institucional,
legislada por condicionados humanitarismo, y claro…
se comprende. Usted, en cambio, tiene que probarle
que no es un ladrón, un buscón indolente,
dar sus historiales, «qué hicíste con la mitad
de un peso, cuán fue su último ingreso, llegó usted
una hora tarde, debió madrugar y estar en fila,
no es ya elegible, no cumplió esa estúpida norma»
y cuando pasa de burócrata a burócrata
emplazado, suplicando por lo que supone un derecho,
ya le humillaron, cupones de soledad es lo que le dieron.
Le sangraron el alma antes de aprobar servicios,
beneficencia, ese sasqueroso embeleco.

A elllos, sí… hay que verlos cómo se sienten
aupados sobre el culo de su cargo,
señores de su oficina con aire acondicionado
custodiada de guardias, porque a quien suele
dársele ayuda se le juzga no ya un necesitado.
El pobre equivale a un demente, malcriado, terrorista,
criminal siquitrillado y todo lo que se presupone
lo dicta una jerarquía de funcionarios
con su salario seguro, con diplomas
de servicios humanos.

Por eso, bendigo a los que sufren soledad
y la han conocido desde el fondo estructural
de la angustia y la necesidad, bendigo
los que la sobreviven y no pierden la fe
a pesar de tanta humillación
y deseos de morirse.

Yo creo en esos héroes ignorados
para los que nuca habrá premio ni aplauso.

11-09-2006 / «El libro de anarquistas»

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Porcarloslopezdzur
Carlos López Dzur es un narrador, poeta y filósofo, nacido el 1 de septiembre y residente en Orange County, California, desde hace más de 30 años. Caribeño, con visión hostosiana y bolivariana, es candidato doctoral en Filosofía Contemporanea en la Universidad de California, Irvine. Cursó sus estudios de B.A. en Literatura Comparada e Historia Latinoamericana en la Universidad de Puerto Rico; obtuvo dos M. A. 'Summa Cum Laude' en Montana State y San Diego State University. También hizo estudios graduados en Filosofía Contemporánea, siendo discípulo de los filósofos Dr. Alfred Stern y la Dra. Martha Nussbaum. Su libro, El Hombre Extendido, fue laureado en el Certamen Literario Chicano de la Universidad de California, Irvine, en 1986. Anteriormente, fue premiado su libro de ensayos y poemas Cuaderno de Amor a Haití por el Liceo Iberoamericano de Cultura de Los Angeles; posteriormente, López Dzur ganó varios premios en las categorías de ensayo investigativo sobre temas cubanos y de poesía por textos de su libro inédito, Tantralia, reconocido por la Casa de la Cultura de Long Beach en 1996 y 1998. Fundó y dirigió en San Diego la revista multicultural Sequoyah, junto a los profesores César A. González, Dr. Juan Manuel Bernal Becerra y la Dra. Ivon Gordon-Vailakis. La revista se continúa en modelo virtual: Ver. Su primer libro fue Sarna de la ira parda (Editorial QeAser, 1980), cuentos; al que siguieron La casa (1988), poemas y dos ediciones de El Hombre Extendido. Publicó las novelas Simposio de Tlacuilos (Editorial Nuevo Espacio, New Jersey, 2000) y Las máscaras del tabú (Great Unpublished, South Carolina, 2001). Sus libros más importantes están inéditos en papel, pero se han compartido extensamente en sus bitácoras y en innumerables revistas electrónicas, incluyendo Desde El Límite, Tertulia de Mizar (Puerto Rico), El Perro Andaluz, Adamar (España), Bar de las Virtudes, Argos (México), Muestrario de Palabras, Letralia, Mondo de Kronhela (Argentina), Parnassus, y otras. Entre ellos, están Teth, mi serpiente, Tantralia, Heideggerianas, El libro de la guerra, Leyendas históricas y cuentos coloraos, Epoca de San Sebastián del Pepino, Canto al hermetismo, El ladrón bajo el abrigo, Memorias de la contracultura, Manual de filosofía para incrédulos y las novelas Para matar a los dioses, El pueblo en sombras, Diario de Simón GÁ¼eldres, Berkeley y yo y otros. Sobre su obra ha dicho el crítico y poeta Joserramón Meléndes: «Lo qe aya qe decir de Carlos A. López se dirá de su prosa. Sus cuentos retoman la altura de la mejor tradisión puertorriqueña qu conocimos asta Luis Rafael Sánchez». El antropólogo mexicano Luis F. Cariño Preciado, al reseñar su poemario La Casa (California), anotó: «Cuando uno viaja por las letra de López Dzur quisiera oirlas pronunciadas por él y de inmediato comentarlas. El manejo que hace del lenguaje es tan nuevo... nos tiene acostumbrados a un nuevo manejo del idioma, a una novedosa forma del lenguaje, gracias a la cual nos transporta a originales interpretaciones del todo y sus partes. Leer sus textos es someterse a una ráfaga de ideas y pasajes mentales contrarios a sí mismos y entre sí, pero consecuentes en la esencia». El 4 de abril del 2000, el laureado poeta puertorriqueño Vicente Rodríguez Nietszche comentó sobre la poesía de López Dzur: «Tus poemas están escritos con verdad y sustancia vitales que podemos llamar poesías». Carlos López administra y coordina una bitácora de información comunitaria, política y educativa, en el Condado de Orange, California: La Naranja
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