Sobre la felicidad (1)

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Decía Séneca que todo el mundo aspira a llevar una vida dichosa, pero que nadie sabe a ciencia cierta en qué consiste eso.

Y para averiguarlo (o para ayudarte, mejor dicho, a que tú, lector, lo averigües) es por lo que voy a dedicar unas cuantas entregas de este blog a resumir las enseñanzas de todos y cada uno de los grandes sabios que en el seno de la humanidad, a lo largo de su historia, han existido.

Grandes sabios… Esto es: maestros –y no, meramente, filósofos, científicos, artistas, héroes, profetas o santos- que en su vida y con su ejemplo, sus palabras y sus obras trazaron la cartografía de la conciencia, sembraron las semillas de la ética (que no existe sin estética) y configuraron la hoja de ruta que permite, a quien de verdad lo intenta, conocerse a sí mismo, entender el sentido del universo, responder a las preguntas del quién somos y del por qué y para qué estamos aquí, y alcanzar, en definitiva, eso con lo que todo el mundo sueña sin saber lo que es: la felicidad.

Buscarla, y encontrarla, es lo que siempre, desde que el hombre tiene memoria de sí, hemos llamado sabiduría. Nadie confunda ésta, como ya he sugerido, con la cultura, la erudición, la reflexión o la investigación. Es otra cosa, que no depende del estudio ni del simple ejercicio de la inteligencia, aunque ambos –la inteligencia y el estudio- puedan ser, en ocasiones, sus aliados.

Arte de vivir: de eso se trata y eso es lo único que los sabios –los maestros– nos enseñan. Pero el fruto de sus enseñanzas no es de ningún modo una teoría, una abstracción, sino algo que se aplica, que toma forma, que se lleva a término: un quehacer.

En eso se diferencia el sabio del filósofo. Éste ama, cierto, la sabiduría, y por ello la busca, pero aquél no se conforma con eso, sino que además, como acabo de decir, la encuentra, la practica, la convierte –minuto a minuto- en norma de su existencia, en carne de su vida, y es feliz.

Ese estado –el de la felicidad- no se compra, no se transmite, no guarda relación alguna con lo que tenemos, ni tampoco con el dónde y cómo estamos, sino con lo que somos. Nadie puede dárnoslo, nadie puede quitárnoslo. Depende sólo de uno mismo y está, por ello, al alcance de cualquiera: pobre o rico, viejo o joven, varón o mujer, instruido o analfabeto, acompañado o solitario…

Quien busca la camisa del hombre feliz para pedírsela, cómprarsela o quitársela siempre termina descubriendo que el hombre feliz carece de camisa no porque no la tenga, sino porque no la necesita.

No envidies, lector, a nadie –la envidia es, seguramente, el peor enemigo de la felicidad- ni tampoco caigas en la trampa opuesta: la de pensar, obrando en consecuencia, amargándote, condicionándote, que tu felicidad depende de la felicidad ajena. A nadie podrás dársela, del mismo modo y por las mismas razones por las que nadie te la dará a ti. Sé autónomo. No te culpabilices por la desdicha del prójimo ni atribuyas al prójimo la responsabilidad de la desdicha propia. Todos somos hijos únicos de nuestros actos.

Recuerda, eso sí, que la felicidad depende de la coherencia entre lo que crees, piensas y dices, y lo que haces. No puede ser feliz quien no tiene la tranquilidad de conciencia que sólo confiere el deber cumplido, y para eso –para saber en qué consiste éste- es necesario averiguar quién eres, descubrir tu carácter, tu vocación, tu función, tu destino, y llegar, respetando tu ley, siendo fiel a ti mismo, a serlo.

No busques un camino hacia la felicidad: ésta es, minuto a minuto, y no tanto en lo que parece importante –sin serlo. Nada importa nada– cuanto en lo insignificante, el camino.

Y recuerda, por último, que el arte de vivir es, también, arte de morir. Los sabios te enseñarán a hacerlo. Si no pierdes el miedo a la muerte, que es el punto de origen –agazapado o no- de todo lo que te impide ser feliz, no lo serás. Pero si te enfrentas a lo que temes, el temor –ese espejismo- desaparecerá.

Y de ese modo –lo escribió Kipling, al que cito de memoria- tus ojos, / adentro tornados / te mostrarán tu tesoro escondido / bajo la tierra de tus propios campos, / junto a tu hogar, / en el umbral de tu casa, / en el polvo de los caminos / que trillas a diario, / y de esa suerte sabrás que eres hombre / y que, por hombre, eres rey soberano.

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