Búsqueda de la felicidad (6): Séneca o la buena muerte

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Decía Petrarca, en lo que algunos creen que es el endecasílabo más hermoso de toda la literatura italiana, que un bel morir tutta una vita onora. Traducirlo sería traicionarlo e insultar al lector.

Gorgias, filósofo griego del siglo V antes de Cristo, murió siendo ya centenario y dijo, o dicen que dijo, cuando sintió que se le iba el alma, que el Sueño entregaba ésta a su hermano Tánatos.

Sócrates murió voluntaria y lúcidamente, rodeado por sus discípulos, y pidió a uno de ellos, en el último momento, que no se olvidara de pagar a otro el gallo que le debía.

Lucio Anneo Séneca, político, dramaturgo y filósofo cordobés, había escrito, en su célebre tratado sobre la cólera, que quienes frecuentan las casas de los reyes -él fue tutor, consejero aúlico y ministro de Nerón- y comparten con ellos comidas, agasajos y libaciones, tienen que reírles las gracias y mofarse de las propias desgracias, porque de no ser así se verán obligados a entregarles las venas (sic).

Fue profético. Anciano ya el filósofo, el emperador lo acusó de conjura magnicida y le exigió el suicidio.

Séneca, flemático, estoico hasta el fin –a esa corriente del pensamiento pertenecía, aunque con acento propio- y valedor de la apatheia o imperturbabilidad del ánimo en cualquier circunstancia, no pestañeó, sonrió, inclinó la cabeza y se abrió las venas -las entregó- con la misma serenidad y el mismo temple de toreo andaluz con los que siempre había vivido.

Paulina, su esposa, quiso morir con él de igual manera, pero los soldados de Nerón, vendándole las heridas, se lo impidieron.

Muchos siglos después, en el vigésimo de la era cristiana, las respectivas secretarias y amantes de otros dos escritores, Stefan Zweig y Arthur Koestler, también sabios y también suicidas, aunque no -lo último- por orden de emperador alguno, sino de sus respectivas circunstancias, se inmolaron con ellos. Son cosas que dan que pensar. A mí, al menos. Uno de mis libros se titula Muertes paralelas.

Stevenson, otro escritor sabio, pero de frágil salud y disipada vida, conminado por su médico a cambiar de hábitos si no quería morir joven, le dijo:
-Doctor, siempre se muere joven.

Séneca había escrito que para ser sabio y entender las cosas se requiere toda una vida, pero también pensaba que lo que importa en ésta no es la duración, sino el contenido.

No son, como quizá lo parezcan, verdades de Perogrullo, sino enseñanzas que la voz del pueblo, a fuerza de oírlas, ha hecho suyas. El refranero, sin Séneca, no sería lo que es.

Su muerte, en todo caso, fue ejemplar, y si hago hincapié en ella, y -a su hilo- en la de otros sabios, es por lo que ya he dicho en esta serie de artículos a cuento de la certeza de que el arte de vivir sirve para muy poco si no es también arte de morir.

El estoicismo, escuela filosófica fundada en Grecia por Zenón de Citio, pero representada en Roma –de cara al mundo y a la posteridad- por figuras hoy tan populares y entonces tan diametralmente opuestas por razón de clase social como el esclavo (y liberto) Epicteto y el emperador Marco Aurelio, predicaba la resignación ante la adversidad y la impasibilidad o ataraxía frente a los deseos, los impulsos y las pasiones. No resulta, pues extraño, que los estoicos fueran maestros en el citado arte.

Difícilmente podrá el lector de nuestros días encontrar obras más útiles para enseñarle a ser feliz que las escritas por los dos autores mencionados y por las del filósofo español al que este prólogo alude.

Gustaban los estoicos de recurrir en ellas a aforismos y preceptos, como también lo hacía -ya lo dije en su momento- el sensatísimo Confucio, lo que acentúa el carácter práctico de su doctrina y contribuye a convertir ésta en conjunto de fórmulas de sencillísima aplicación a la vida cotidiana.

Sophia perennis –sabiduría perenne- la de Séneca, anticipada, en Oriente y en la Hélade, por algunos, y recogida y transmitida después, en todas partes, por otros muchos.

Valga un puñado de ejemplos…

Quien enseña, aprende.

Nunca hagas nada que no puedas contar a tus amigos.

Todos los vientos son desfavorables para quienes ignoran adónde van.

Los deseos encadenan, y la esperanza es el eslabón de los deseos. O lo que es lo mismo: quien espera, desespera.

Haz las cosas por sí mismas, no por lo que de ellas se derive. También lo dice Krishna en la Baghavad Gîta.

El amor, a veces, hiere; la amistad, nunca.

Lo que cuenta –ya lo había subrayado Buda- no es lo que haces, sino la intención con que lo haces.

Gandhi, veinte siglos después, diría: no es rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Pero Séneca ya había dicho, volviéndolo del revés, exactamente lo mismo: no es pobre el que tiene poco, sino el que aspira a mucho.

¿Quién no ha leído el If de Kipling? Si guardas, en tu puesto, la cabeza tranquila / cuando todo, a tu lado, es cabeza perdida… No hay nada -ni una estrofa, ni un verso, ni un consejo- en ese memorable poema que no hubiese dicho antes, casi con las mismas palabras, el filósofo de Córdoba.

Pero Kipling no lo sabía. Sophia perennis.

¿La felicidad, lector? Si piensas en ella, respondería Séneca, es que no la tienes. Confórmate, resígnate, convéncete de que nada importa nada, y la alcanzarás.

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