Odisea literaria y política de Arthur Koestler

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Antes que ésta, «Koestler: The Literary and Political Odyssey of a Twentieth-Century Skeptic» [New York, Random House, 2009], escrita por Michael Scammell, adquirí otra biografía de este interesante escritor húngaro, de ancestro judío. Leí «Arthur Koestler: The Homeless Mind» (1998) de David Cesarani antes que este voluminoso libro de Scammell. Y, ciertamente, lo que él llama la ‘odisea literaria y política’ del escéptico Koester me ha interesado muchísimo desde el primer libro que le conocí. Su variada temática es importante para mí y él toca los temas que me han formado como librepensador: la abolición de la pena de muerte, la eutanasia voluntaria, el sionismo, comunismo y anticomunismo, los fundamentos del lamarckismo, el misticismo, la sexualidad, las drogas, el Nirvana, la ciencia, los fenómenos paranormales, la teoría de la coincidencia o sincronicidad, el misterio, etc.

Diría que leo a Arthur Koestler (1905-1983) porque es el ideal de escritor que yo mismo he deseado ser. El escribió ficción (prefiere novela), historiografía, biografía, testimonios y ensayos investigativos y acude mucho a la perspectiva autobiográfica. De sus perspectivas creativas, me interesan ambas, las personales por su experiencia histórico-testimonial (como es el recuento, publicado en 1941, de su internado en un campo de concentración en La Vernet (Francia) para refugiados indeseables, y la argumentación crítica. Scum of the Earth es un recuento de su vida en Francia antes y después de la segunda Guerra Mundial. Cuando se lee este libro, uno recuerda dos cosas sobre Koestler, que es judío, educado en Austria, que es un-comunista desilusionado, mas vivió de escribir propaganda antifascista, como editor de un periódico alemán en París y que su primera novela contra el antitotalitarismo (la que le lanzó a la fama internacional), fue
publicada en 1940, con el título Darkness at Noon. Otros libros que me aficionaron a él y por lo que pienso que es escritor valiente, son The Age of Longing, sobre el paisaje político de la Europa de posguerra y los problemas emergentes y The Sleepwalkers: A History of Man’s Changing Vision of the Universe (1959).

Con la lectura de esta nueva biografía por Michael Scammell, de Arthur Koestler me enteraré de detalles desconocidos, o que pueden ser apreciaciones subjetivas del biógrafo y que, sin embargo, me ayudan a comprender mis curiosidades por Koestler. Por ejemplo, Scammell mencionó que una mujer llamada Jill Craigie fue alegadamente ultrajada por Koestler, en 1951, pero el público sabrá del hecho 50 años después de ocurrido. De la primera biografía que leí, en 1998, fue David Cesarani que concluyó que Koestler había sido «a serial rapist», seductor patológico e inveterado misógino. En una versión inglesa de la biografía que aquí discutimos, la de Scammel, el dato aparece; sólo cambió el título de la biografía: Koestler: The Indispensable Intellectual, Michael Scammell y se dan, como otras observaciones en torno al escritor, que es «rough and sexually aggressive», «hombre neurótico», amante de copular, sin que sus relaciones
amatorias fuesen felices, satisfactorias e hiciesen a sus mujeres sentirse como iguales. Alega que «hard-drinking, promiscuous Koestler wasn’t a happy man».

Hay muchas razones para reflexionar sobre el carácter sicológico y los perfiles culturales de Koestler. Fue un suicida y, como judío, un ser traumado, con una inteligencia superior, carismática, aunque demasiado susceptible. Aunque no necesariamente un hombre alto y atractivo, tenía su pegue con las mujeres. Scammell duda que Koestler haya sido un violador, o «brutal lover»; pero entiende que el macho rípico de su generación fue poco sensitivo y especula en torno al interés de este escritor por la Sicología (Jung, entre otros) como búsqueda de cierta «compensation for an innate lack of self-confidence, verging on self-hatred».

Además de libro bien escrito, el personaje es fascinante sobre un hombre, periodista por excelencia, que habla 4 idiomas y quien vivió los últimos días del imperio austro-húgaro en la década del ’20 y una década más tarde se paseó por Palestina, Weimar (Alemania), la URSS, la Guerra Civil española y durante los años de la Guerra Fría, conoce Inglaterra y los EE.UU. Scammell concluye razonablemente que está biografiando «a journalist of genius, a passionate witness to most of the political nightmares and cultural tumult of the early and mid-20th century», esto es un genio periodístico y testigo de eventos que se convirtieron en pesadillas para la humanidad; al mismo tiempo, Koestler puede ser considerado un pensador. Y, aún en su ficción, libros suyos como la trilogía El Acto de Creación («The Act of Creation»), destacan como literatura con interés para la ciencia. Un libro controversial, como el escrito sobre los Khazars, The
Thirteenth Tribe, inspira actualmente la investigación del ADN.

Con un poco más de suerte (ésto sin la irrupción de la guerra), este joven apasionado habría estudiado y destacado en las ciencias y la ingeniería. Se educó en Viena, como un intelectual y aprovechó su envidiable habilidad para aprender idiomas para destacar en el periodismo, yendo a países tan diversoso como Palestina, Francia, Alemana, Rusia y España, y cumpliendo agradables tareas como las que sería, sin duda, para él, entrevistarse con Thomas Mann y Sigmund Freud, el poeta Langston Hughes, con quien viajó por el Centro de Asiar, así se entrevistaría con el aventurero Andre Malraux. Cuando Koestler escapa de Francia a Inglaterra, adviene como amigo de George Orwell y es cuando se convierte en un escritor inglés, establecido. De esta aventura inglesa, tras el éxito de su novela Darkness at Noon, seleccionada por Book-of-the-Month Club, hay que decir que es lo que enriquecerá financieramente a Koestler. Su novela convirtió en
bestseller en Francia.

Es una ironía que un ex-comunista pueda ahora vivir en lujosas residencias en París y Austria, en la isla de Ischia y, más tarde en Bucks County, Pensylvannia. No es necesariamente mala suerte para una persona que fue reo, por varias semanas, condenado a la pena de muerte en una se las prisiones del régimen del General Francisco Franco.

Cuenta su biográfico que el círculo de sus amistades en la posguerra, incluyó a los existencialistas Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir (con quien posiblemente pasó una noche romántica) y los poetas Stephen Spender, W.H. Auden, el crítico Edmund Wilson y otros del grupo de la «Partisan Review».

También fue amigo del crítico Walter Benjamin y el escritor Scammell especula que Koestler, en un momento de desesperación, fue quien utilizó las píldoras de veneno que había compartido con Benjamin. «In the latter’s case they upset his stomach and he vomited out the poison. Benjamin’s stomach wasn’t so sensitive», explica Scammell. Desde 1976, Koestler fue diagnosticado con el mal de Parkinson, tres años después con una leucemia linfocítica crónica que provocó que se suicidara junto a su esposa en Londres en 1983.

Como judío secular, Koestler no me sorprende. Cree que los judíos tienen dos opciones, por lo menos, así pensaba antes de los 1950. Emigrar a Israel o asimilarse completamente a las culturas locales. Esto tiene que ver con una observación sobre lo que es verdad y cultura que él puso en esos términos: «Dos medias verdades no hacen una verdad y dos medias culturas no hacen una cultura».

Para él, los judíos Ashkenazi (rusos) no son descendientes de los israelitas de la Antiguedad, sino «Khazars», o gente de ancestro turco del Cáucaso, quienes se convirtieron al judaísmo en el siglo VIII y quienes, más tarde, por judeofobia, forzados a occidentalizarse en Rusia, Ucrania y Polonia. En su lbro The Thirteenth Tribe («La decimotercera tribu»,1976), Koestler arguye que el antisemitismo europeo perdería su base si se probara que los judíios Ashkenazi Jews no están conectados genéticamente con los judíos bíblicos. Obviamente, el establecimiento académico israelí, particularmente, entre sionistas, repudian esta tesos. Uno es el histroriador Shlomo Sand.

Demás está decir que Koestler, durante sus años de vida en Palestina, se hizo suficientemente proeficiente en hebreo, como para poder escribirlo, y como judío, hablaba el Yiddish, aunque prefería el alemán. Sin embargo, la primera novela que escribió la redactó en húngaro y tocó el tema del soldado romano Espartaco y su rebelión.

Arthur Koestler fue fiel a su comprensión de la actividad creativa como un proceso de aprendizaje en el que alumno y maestros están unificados en la misma persona y se sirven uno al otro. «True creativity often starts where language ends». Cuando callaba indicio era de que prefería el prerrequisito de la originalidad, por cuanto es lo que conduce al genio; ésto es preferible a la perfección. Es la originalidad la que abre las nuevas fronteras y hace que el hombre aprenda «el arte de olvidar, en el momento propicio, lo que sabe». El deseo de nuevas fronteras fue lo que le movió a experimentar con alucinógenos y desafiar las ideas de Aldous Huxley, autor de «The Doors of Perception». En la época del hippismo, su artículo «Return Trip to Nirvana», lo ubica entre los pioneros de la «drug culture» y la sicodelia, la educación progresista y la ciencia aplicada a temáticas no convencionales. Uno de sus más interesantes ensayos, en este
renglón, es «The Concept of Creativity in Science and Art» (1976). Timothy Leary y él eran cómplices en la aventura desde inicios de 1960.

Koestler vivía con amor por las ilusiones y tenía el valor de sostenerlas. «Nada es más triste que la muerte de una ilusión», escribió. Se consideraba, pese a todo, un comunista romántcio en un momento de la historia en que el sonido más persistente fueron los tambores de guerra. Cuando entró a la política, lo hace en condiciones de clandestinaje, desafiando peligros. El régimen de Stalin lo defraudó y es por lo que publica la colección de ensayos «The God That Failed» (1950), donde se recogen testimonios de anticomunistas.

Durante el decenio del 1950, en medio del marcatismo y la Guerra Fría, Koestler se prestó a organizar Congreso por la LIbertad Cultural, de fuerte contenido anti-comunista (más tarde, se descubriría que la CIA patrocinaba el Congreso). Que Koestler fuera anti-totalitario me simpatiza, lo entiendo y aplaudo; pero, sus ciertos nexos suyos, así como circunstancias personales, explicarían sus lados oscuros, áreas de incoherencias. El crece como hijo abandonado porque con la ruina económica de Jacob Zeiteles, su padre vienés, comerciante, viaja a Norteamérica y no regresa. Koestler creció como hijo único.

De joven no es claro si abandonó el sionismo, o las ideas que, entre 1922 y 1929, siguió de Wladimir Jabotinsky. En la década del ’50 y 60, debió irse clarificando para un hombre de la inteligencia de Koestler muchas nuevas realidades de tipo social que conciernen a lo político. Es la anglofilia de Koestler lo que más incomodidad me provoca ante su mundo intelectual. Para ser un escéptico, sigue vinculándose a gente sospechosa y tomando iniciativas que fueron cuestionables y, en cierto modo, enfermizas. Sin embargo, este libro me ha ayudado a iluminar ciertos aspectos de su vida. Desde luego, implicará a repensar otra vez algunos de sus puntos.

Es cierto que Koestler, por la variedad de sus ideas, inspira sus recelos entre la inquisitiva izquierda que le vio comentar, como memorialista, muchas de las actitudes y conflictos que, desde 1943 y los Cincuentas, fueron el objeto temático de intelectuales como Abraham Maslow , Erich Fromm, Else Frenkel-Brunswik, Daniel J. Levinson y R. Nevitt Sanford. Estos descollaron como investigadores sobre la «personalidad autoritaria». La Universidad de California, Berkeley, les financió el proyecto de investigación en el que el Dr. Th. Adorno examinaría las bases sicológicas de los prejuicios anti-semitas y el resultado tan alarmante que fue el holocauisto. Este proyecto ha permitido un diagnóstico que se conoce como la Escala F que, aún hoy, se utiliza para medir las tendencias fascistas.

Un hecho escueto, producto de las investigaciones de Adorno, es la tendencia de la personalidad autoritaria a no aceptarse a sí misma como tal. Ni querer valorar lo que realmente convalida cuando se pasa del juicio al acto. Los autoritarios sienten necesidad de revertir su manera de pensar, lo que a menudo es disfraz. La verdadera personalidad aflora sola. Mucha gente con personalidades autoritarias (esto es, gente que fue fascista o pro nazi, o defendió tiranías y represiones) deben lidiar con ese trauma sicológico mediante algún mecanismo interno y censurante de memoria.

Cuando uno lee a Koestler es obvio que el tema de la violencia, la cautividad que sufriera en Francia, la tortura, la expectativa de la pena de muerte en Sevilla, una vez que fue detenido por los franquistas tras la caída de Málaga en febrero de 1937, su reacción / como Odisea Literaria y Política a todo ello, como dice el subtítulo de la biografía de Michael Scammell sobre Koestler, le inclinaron a ser anti-autoritario. Fue muy sensitivo al punto de temer cuando pudiera desfigurarse en él mismo y su bagaje intelectual ayudó a que comprendiera los resabios de la mentalidad autoritaria hasta en sí mismo. Había internalizado mucha violencia.

Pero hay un elemento de temor ante las fuerzas de lo autoritario que, si bien tienen los visos de una rebeldía comprensible, incomoda. Es obvio que Koestler no fue pacifista. Tenía que trabajar sicológicamente en sí el síndrome de víctima y conciliarlo con su noción de lealtad. Para mí, ha sido difícil entender que él fuese sionista; lo mismo que me mortificaría que el error de Martin Heidegger fuese su coqueteo con el nazismo.

No pocas veces, al leerse a Koestler, se siente la angustia de un intelectual que juega peligrosamente con la derecha por el asco o desazón que le produjo su pérdida de la fe en la Izquierda. A nivel popular, el pensamiento estadounidense en la época en que Koestler lo conoce, por sus visitas a Harvard y San Francisco, es derechista y, por tanto, asociado a actitudes paranoicas, xenofóbicas y anti-intelectuales. Tiene el biografiado asomos de un anti-intelectualismo que, por razón a su rechazo de lo autoritario, se vuelve en momentos simplificador. El antiintelectualismo es hostil; pero su desconfianza es ya contra el intelecto. Al intelectual le gusta hablar sobre la cultura de lo impráctico y sobre estigmatizará con desprecio.

Cuando el poder moral e intelectual se haya en la izquierda y el poder político-económico en la derecha o el centro, se comprende que los libros de Koestler se vuelvan productos ideológicos apetecidos, en particular, aquellos que combaten la izquierda autoritaria y fascista, aunque la derecha sea aún más autoritaritaria. Cuando Koestler circula, con sus libros, entre los estadounidenses, con la misma profusión que entre británicos, la «National Review» (NR) es un barómetro del clima intelectual en Norteamérica. Se populariza desde la NR a segregacionistas como James Kilpatrick y William Buckley. Se decanta la gran simpatía por las luchas en el Sur que tratan de preserbat a Jim Crow.

Este es todo un símbolo, dentro del cual hay mucha violencia y mentalidad autoritaria y excluyente. Las leyes Jim Crow en los EE.UU., vigentes entre 1876 y 1965, contenían el mandato de jure de la segregación racial en los edificios públicos, con la presunta suavidad del «separate but equal status» para los afroamericanos. Hasta los Setentas y con el saldo de la dirigencia de los Derechos Civiles, perseguida, asesinada o desorganizada, el norteamericano de mentalidad autoritaria tuvo momentos de gloria para decir: «El negro es el ciudadano inferior del Sur. No el blanco».

En la agenda de Koestler, nunca estuvo juzgar este tipo de violencia que, para fines prácticos, equivale al afroamericano en los campos de concentración del Sur, sólo que este el Sur de Norteamérica, no Rusia ni los campos de concetración de Francia que él padeciera.

La violencia puede canalizarse hacia lo civilizado y necesario; sería una inocentada no reconocerlo; pero, hay una noción en la mentalidad koestleriana que es fascitoide. «La vida es una putada» / «Life’s a bitch» / y la violencia su pecado reincidente; su tambor permanente en la historia. ¿Sería capaz, con pleno consentimiento, alentar un Congreso para la Libertad Cultural, con dinero de la CIA, si verdadera supiera cómo se las gastan los llamados «champions of the common folk — populists against political elitism and academic elitism» — que fueron los que en los EE.UU. perseguían la izquierda, hacían Listas Negras de «intelectuales rojos», «comunistas y espías infiltrados», líderes de minorías o activistas sociales de cuestionables ideas?

Es curioso que, en 1968, cuando Koestler recibe el «Sonning Prize» por sus aportes a la cultura europea, o en 1972, cuando se le designa «Commander of the British Empire» (CBE), siendo él un escéptico, inconformista, una mente nacida para libertad, su imagen es la de un intelectual vendido al mejor postor. El Imperio Británico, el más colonialista y racista, lo ve como uno de lo suyos. Koestler fue como el judío de moda que, tras el Holocausto, todos compadecen después que lo escupieron y estihmatizaron por milenios.

Después de esta lectura de «Koestler: The Literary and Political Odyssey of a Twentieth-Century Skeptic», voy a extraopolarlo a la luz de un libro de John Dean.

John Dean, en un libro reciente «Conservatives Without Conscience» (2006), discute el anti-intelectualismo estadounidense, las consecuencias de un gobierno que formula políticas públicas sin procurar el consejo de los acdémicos e intelectuales serios. Al analizar cómo se va formando un niño autoritario, de esos a los que se les endurecerá el corazón, Dean dice cosas que me recuerdan las que Koestler dijo o vivió en su momento. A los niños alemanes, futuros nazis, se les educa de tal forma, explícita o implícitamente, que no aceptarán que el mundo exprese justicia. En el mundo no hay misericordia y nada hay que garantice amor ni generosidad. Cuando se sufre de niño o se le ve sufrir, es importante «to shut out all sensitivities», cerrar las compuertas a la compasión y ésto es mejor, a fin de sobrevivir.

Con su suicidio, Arthur Koestler cerró una de esas puertas. Tanto temía la sufrimiento y al potencial de crueldad de nuestra sociedad.

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