Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 3. Valparaíso, Viña del Mar, el Valdivia

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Después de Isla Negra, Valparaíso…

Valparaíso

Poca cosa. En esta ciudad vertical, a cuyo casco antiguo hay que trepar en ascensor, hace más bulla el ruido que las nueces. ¿Por qué la han declarado patrimonio histórico de la humanidad? No es para tanto, señores de la Unesco.

Eso sí: vista de lejos, desde la cubierta del Valdivia, buque de guerra en cuya sala de oficiales estoy tecleando estas líneas, gana.

Gana, como suelen hacerlo las cosas reproducidas en las tarjetas postales, e incluso se agradece el estatus conferido a la ciudad por la Unesco. Es una muralla de contención frente a los usos y abusos urbanísticos de la modernidad. No hay ni habrá nunca en el Valparaíso de las alturas los brutales rascacielos que salpican el de las bajuras.

A Viña del Mar, en cambio, no la salva ni siquiera el bálsamo de la lejanía. Así, desde lejos, la he visto acodado en la barandilla de la amura de estribor del navío, que surcaba ya, rumbo al archipiélago de Juan Fernández, la furia del menos pacífico de los océanos, y he pensado en Benidorm… Cementitis por todas partes. Queda sólo una villa del tiempo antiguo, hermosa, decadente y estresada, en lo alto de una cresta. Los hotelazos y los edificios de apartamentos la acogotan. ¡Qué agobio, cuánta indefensión! Parece un gorrioncillo. Da angustia verla.

El Valdivia forma hoy parte de la Armada chilena, pero nació en Estados Unidos y estuvo en dos guerras: la de Vietnam y la del Golfo. Luego lo vendieron. Es de color gris y su silueta, elegantísima, se disuelve en el paisaje náutico que nos rodea.

Glorioso ha sido ver cómo los chicos de la Ruta aguardaban en el muelle, mientras los titiriteros del grupo Libélula interpretaban pasacalles y canciones sanjuaneras del folclor soriano adaptadas para la ocasión (Moza de Ruta Quetzal en vez de “Moza si a la compra vas” y cantimplora en la cadera en vez de “esta tarde en la pradera”), y trepaban después por la pasarela del buque con las mochilas al hombro y la alegría al viento.

Ahora están en las sentinas que los alojan, no sé si durmiendo o armando bulla. Mañana…

Mañana ya les contaré. Vuelvo, de momento, la espalda a Valparaíso y Viña del Mar, subo al castillo de proa, me pongo al resguardo del viento en un rincón y rememoro el dictum latino: lo que importa es navegar.

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