Cultura

Diario de Viernes (Ruta Quetzal-BBVA): 4. Algo más sobre Neruda

Treinta y seis horas de navegación en el Valdivia. Ruido de motores, bandazos de mar relativamente gruesa, austeridad castrense y espartana. Hay tiempo para todo: para aburrirse (quien sea capaz de eso), para mirar el vacío del horizonte, cuando el sol lo alumbra, y la plenitud del firmamento, por las noches, para leer el nuevo volumen -absorbente, como todos los demás- del Salón de pasos perdidos de Trapiello, para ver películas en la sala de oficiales, para charlar con los chicos de la Ruta y con los adultos que la dirigen, y para seguir reflexionando, como lo hice en la segunda entrega de este cuaderno de bitácora, sobre el hombre cuyas sombras y luces líricas y épicas aún palpitan, gimen y ríen en Santiago, en Isla Negra, en Valparaíso…

Neruda

Gran mal poeta, dijo Juan Ramón de Neruda, y poeta más cerca de la sangre que de la tinta, añadió su buen amigo García Lorca. Ambas opiniones son respetuosas, además de respetables. No quitan ni ponen rey, pero colocan al desmesurado escritor chileno en el lugar que a mi juicio le corresponde, matizan el análisis y la valoración de su poesía y rebajan un poco la quimérica calentura suscitada en la urbe y en el orbe por este monstruo de la palabra que tan eficazmente supo convertir la política en rampa de lanzamiento de la literatura.

Decir, después de tanto como ha llovido, que el poeta Ricardo Eliecer Neftalí Reyes padeció desde su infancia un galopante e incurable exceso de inspiración, y que de tan curiosa dolencia se deriva todo lo bueno y todo lo malo que hay o hubo en él, equivale a descubrir la pólvora, pero tampoco está de más traer a colación las cosas olvidadas de puro sabidas.

Sin ningún propósito peyorativo escribe Alberto Cousté -uno de los biógrafos del poeta- lo que sigue: si se agregan los libros que Neruda aún publicó antes de morir, las ocho colecciones de poemas que se publicaron póstumamente, sus memorias y los siete cuadernos de prosa varia que acaban de aparecer bajo el título de Para nacer he nacido, las dos mil páginas mencionadas por Hierow (en 1962) suben a más de cinco mil, configurando un corpus bibliográfico que supera el medio centenar de títulos.

Ante un maremoto poético de tamaña magnitud no queda más recurso que santiguarse, hacerse cruces y exclamar: ¡Jesús!, zambulléndose a continuación en el vivificante estreñimiento lírico de Valèry o de Rimbaud. ¿Cómo no va a haber quintales de broza (y hasta de cizaña) entre tanto trigo?

Súmese el volumen de las ventas a la frondosidad de la producción y… El balance es de vértigo, de pesadilla, de pies en polvorosa. Casi una incitación al analfabetismo. Nos encontramos ante una especie de Cecil B. de Mille de la poesía del novecentismo.

Un momento… Según Diego Muñoz (uno de los mejores y más constantes amigos de Neruda, y quizá la última persona que lo vio vivo, sin contar a Matilde Urrutia y a los médicos), Pablo expresó el amor en una forma tan auténtica que sus versos iban de boca en boca. Cuando un joven quería conquistar a una muchacha, le recitaba unos versos de Neruda, y listo.

Indudablemente. Sería injusto por mi parte no reconocer y agradecer aquí la elevada cifra de apetecibles mozas que allá por los años cincuenta y sesenta –juventud, egolatría– cayeron como castañas calientes en mis glotones brazos gracias a la astuta recitación, musitada al oído en lugares apartados, de los celebérrimos veinte poemas de Neruda, pero espanta y deprime enterarse de que en 1981 (sin contar, anota Cousté, las ediciones piratas) se había vendido, sólo en castellano, la friolera de dos millones y medio de ejemplares de ese librillo adolescente. Sumen (o multipliquen) y estremézcanse: cincuenta millones, cincuenta, de cantigas de amor nerudianas circulan a su aire, sin collar ni bozal, por el ámbito de nuestro idioma, lo que significa que salimos a una media de una trova de amor de Neruda, como mínimo, por cada seis hispanoparlantes.

Mucho amor me parece eso, la verdad… Se explica así la actual escasez de vírgenes, pero por lo mismo y al mismo tiempo me abruma ahora la terrible sospecha de ser o haber sido -yo y todos nosotros, los de entonces– ni más ni menos que una partida de horteras. ¡Y nos creíamos tan rompedores! Las zagalas de la generación de mi madre, al fin y al cabo, también se dejaban convencer (y vencer) por el clandestino y rotundo sartenazo de una dolora de Campoamor recitada a tiempo.

Ni tampoco es grano de anís la reserva espiritual de Occidente que supone la libre circulación de dos millones y medio de patéticas canciones desesperadas. Una se atribuye a Espronceda, y con sólo eso tuvimos bastante los de mi quinta para ensombrecernos e inclusive para masturbarnos a la espera de algo más sólido y tangible.

Dejémonos de bromas… O, mejor dicho, metámonos en política. No cabe ahí absolución alguna. El torpe y miope estalinismo profesado por el autor del Canto general le hizo incurrir en la aberración de repudiar lo que muchos -y yo entre ellos- consideran su mejor etapa: la surrealista… Fue el propio Neruda quien en 1949 prohibió la edición rumana de Residencia en la tierra, con los argumentos de catequesis de María Inmaculada que aquí transcribo: Contemplándolos ahora considero dañinos los poemas de Residencia en la tierra. Estos poemas no deben ser leídos por la juventud de nuestros países. Son poemas que están empapados de un pesimismo y una angustia atroces. No ayudan a vivir, ayudan a morir. Si examinamos la angustia ―no la angustia pedante de los esnobismos, sino la otra, la auténtica, la humana―, vemos que es sólo la eliminación que hace el capitalismo de las mentalidades que pueden serle hostiles en la lucha de clases.

¿Y lo De César Vallejo? ¿Cómo, de qué y por qué murió tan prematuramente, en París y con aguacero, el autor de España, aparta de mí este cáliz?

Escuchemos a don Juan Larrea, testigo de cargo: “… desde entonces Neruda no se portó bien con Vallejo. Lo acusó públicamente y sin fundamento de trotskista por el hecho de que a la mujer del peruano se le fuese la lengua con facilidad, cosa que a nadie le era dado evitar por lo anárquico de su equilibrio. Y lo peor: impidió que se le confiara a Vallejo un trabajo retribuido que le correspondía por muchas razones y que quizá lo hubiera salvado de aquella su lastimosa muerte. A él y a Delia les eché en cara en más de una ocasión que no se dieran cuenta de que Vallejo no se encontraba bien y que […]. Fue inútil. Otra vez volvió a faltarle a Neruda la humana fibra amistosa. Antes de cumplir el año, Vallejo fallecía”.

El affaire sigue sub rosa, aunque no sub iudice. Quien desee llegar al fondo de él, y de las restantes carencias nerudianas, que consulte el espléndido libro de Larrea titulado Del surrealismo al Machupichu.

¿Y todas las miserias y ruindades inocentemente desembuchadas por Neruda en sus memorias?

Que ningún espíritu malicioso me atribuya intenciones aviesas o macabras. Aunque soy amigo de la verdad, también lo soy de muchos, muchísimos versos de Neruda. Mi juventud (y parte de mi madurez) hubiera sido distinta sin la lectura de su obra. Le estoy reconocido. Amo, como él, el amor de los marineros / que besan y se van. / En cada puerto una mujer espera. / Los marineros besan y se van / y una noche se acuestan con la muerte / en el lecho del mar. También sucede que, a menudo, me canso de ser hombre y…

Perdóname, Pablo, y farewell, mientras el suelo del Valdivia tiembla y sus motores rugen. Mañana llegaremos a la isla de Robinsón.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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