El Cráneo de Akenatón. Luis Racionero. Ediciones B. 2010.

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El Cráneo de Akenatón.

“O sea, que todo lo que le contaban a Lucas sobre el atraso de su país le sonaba a ignorancia anglosajona, a confusión propia de los bárbaros del norte entre neveras y cultura, coches automáticos y sensibilidad. Ello le ayudaba a sobrellevar la prepotencia de algunos nórdicos, tan indigesta como su cocina. Del clima prefería no acordarse”. Pág. 23.
“[…] yo curo con la farmacia de Dios, que es la naturaleza; las virtudes agentes de las plantas están vivas, en cambio el mismo compuesto obtenido químicamente en el laboratorio está muerto y no puede curar del mismo modo”. Págs. 42-43.
“El tiempo se había detenido: el lago era eterno, espacio quieto que no fluye. Lucas estaba en la orilla del mar de los sucesos, donde el tiempo no existe. Comprendió el teatro de sombras chinescas que pasa por la mente y que se toma por ideas, la relatividad del conocimiento […] se había sentido como Eva delante de la fruta prohibida.  Realmente el Árbol del Conocimiento le daba su fruto. El tiempo no es un caudal huidizo, sino un océano quieto, una estancada eternidad, soledad y silencio”. Pág. 79.
“-Me aburre la ortodoxia, chica. Yo me muevo en el filo de la navaja sin caer en el precipicio de la tontera ni quedarme en el páramo de la ortodoxia.
-Me empiezas a caer bien por tu modestia –contestó la nubia con sorna”. Pág. 95.
“Su maestro Dantakis le había inculcado que una pregunta correcta no existe, porque para plantear con exactitud una pregunta, hay que aportar tales precisiones que ello implicaría conocer ya la respuesta”. Pág. 112.

Autores vivos capaces de usar como ingredientes el vampirismo, explicaciones sobre los orígenes del universo y el hombre, escenas en Egipto, la Baja Edad Media, la realpolitik renacentista, las figuras de Cristo y la Magdalena, el esoterismo, y llegar a mencionar a los templarios, manteniendo el listón de la Literatura alto como para saltar con pértiga, sólo puede ser uno de los grandes.
Pero eso ya lo demostró Racionero hace bastantes años. De hecho su formación enciclopédica, su exquisito sentido del humor y la grandeza de su pensamiento han quedado ya plasmados en obras que van desde los ensayos variopintos como El progreso decadente y El arte del buen vivir a novelas maravillosamente ambientadas como La cárcel del amor o La sonrisa de la Giogonda. La presente obra parece una versión extendida de aquel El pecado original publicado por Planeta en 2001… o quizá una versión íntegra que su momento fue “podada” por la Editorial. De hecho la estructura es idéntica, como los son los personajes (en su mayoría) y la historia núcleo que sirve al desarrollo de los acontecimientos, aunque todo ha experimentado extensiones y crecimiento (para fortuna y disfrute lector) como el cráneo de Akenatón.
Luis Racionero, fiel a sí mismo, presta especial atención a los detalles, aceptando todo lo que viene de la vida y degustándolo: el pensamiento, la comida, el humor… Son exquisitamente sabrosos los párrafos en que describe platos cuyo perfume o desgracia llega a nosotros directos al paladar “Trajeron algo qe había sido oca y que las cocinas habían transformado en carne carbonizada, correosa e insípida. Las zanahorias enanas de acompañamiento tampoco ayudaban mucho, ni el engrudo que decían que era puré. Lucas se refugió en el Gevrey Chambertin de Louis Jadob, que le hizo olvidar lo que había en el plato para llevarlo a un mundo de aromas de cuero, establo y terciopelo rojo”. Págs. 246-247.
Precisamente en esto, y no sólo en su conocimiento enciclopédico, cultura adquirida con el paso de los años y la mente abierta, o en su evidente sabiduría sobre la Italia de los siglos XV y XVI, el autor se revela como un renacentista en toda la extensión de la palabra. No en vano ha escrito biografías y ensayos sobre el pensamiento y la figura –desgraciadamente estereotipada- de Leonardo Da Vinci. Y precisamente por ello su humor se plasma en todas partes, como le era también característico al gran ingeniero, pintor, arquitecto, inventor, ensayista, viajero y hombre de mundo que fuera el autor de la Gioconda: quien está abierto a recibir las bondades del mundo y conoce sus limitaciones tiene toda la alegría del mundo para compartir y la inteligencia para convertirla en humor que fluye naturalmente.
Por lo que respecta a la historia, precisamente esa ironía es parte fundamental. Poner en el origen de la inteligencia y el pensamiento que transforma al mono en hombre, en el deseo de acrecentar el disfrute sexual no deja de ser ingeniosamente divertido, tenga la teoría base o no. Pero Luis Racionero nunca se caracterizó por ser políticamente correcto. De igual forma trae sobre la mesa el debate sobre el uso del LSD como viaje iniciático hacia otras percepciones de la realidad, dejando patente una realidad obviada: cualquier alimento es sustancia química, todo lo que ingerimos acepta nuestra percepción del mundo, en una u otra medida. Ni Egipto es tópico a través de sus ojos –divina ciudad abandonada de Tell-el-Amarna- , ni la novela policiaca escapa a la Filosofía que hace pensar. Por eso el lector debe buscarse un buen vino y un rincón bien iluminado de la casa, o del valle entre montañas, para deleitarse con cada palabra de este revisado libro que es mucho más que un agradable entretenimiento para occidentales aburridos que se solazan en críticas huecas e improductivas a la Iglesia Católica.

No se deben dejar pasar los comentarios sobre las costumbres anglosajonas y los propios habitantes de la isla nórdica. Como ejemplo un botón: “Los ingleses pueden hacer excentricidades individualmente, en su vida privada y en su casa; sobre todo cuando dejan a los otros la posibilidad de fingir que no los ven, o sea, disimular, que les encanta; pero lo que está bien visto es llamar la atención, conculcar aparatosamente las reglas: en este caso serán marginados, aborrecidos e incluso procesados como Oscar Wilde”. Págs. 11-12. Este y otros breves análisis, auténticas perlas, lo deja claro: ha vivido entre ellos. Los conoce bien.

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