Chiloé

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Vuelvo, después de la digresión aznarita de la última entrega, a la crónica de mi viaje. Ya no ando, desde hace mucho, en él, pero no importa. Volver a Vandalia y a su incesante baile de lacayos y de horteras siempre es duro. Lo mejor es olvidarla, desentenderse de ella y fingir que no existe. Espacio y tiempo son invenciones de la filosofía griega.

Retrotráigase el lector conmigo al día de nochebuena… Arcadi Espada, que se ciñe a las curvas de la actualidad tanto como se pega a las de las pistas de Fórmula Uno Fernando Alonso, me lo reprochará -lo hizo el otro día, amistosamente, entre los bastidores del debate de Buruaga-, pero qué le vamos a hacer. Nos une, como decía Proust, la consanguinidad de espíritu, pero no la identidad de pensamiento.

Y la del paladar, tampoco. A él le gusta lo que sirve Ferrán Adriá. A mí, hoy, me ha alegrado la mañana enterarme de que El Bulli, aunque sólo sea por dos años, cierra sus puertas y envía a la clandestinidad a sus fogones. Todo sea por la patria, española o catalana que ésta sea.

¿Es ése restaurante, en contra de lo que los finolis de la gastronomía latiniparla dicen, el peor restaurante del mundo?

Lo sospecho, pero no lo aseguro, porque nunca he comido en él. Si lo hiciera, debido a mis opiniones, me servirían polvos, espumas o aromas de cicuta aliñadas con arsénico y disfrazadas, eso sí, de tonterías léxicas con polisón de camelo cursi. Lean, lean la carta del restaurante Mugaritz. ¿Se escribe su nombre así? Siempre me equivoco, y sus responsables, al parecer, me lo reprochan.

Tres citas madrileñas hay en el año que transforman en esperpento, astracanada y sainete el escenario de la Villa y Corte: la feria de Arco, la pasarela Cibeles y… ¿Madrid Fusión? No. Madrid Irrisión.

Nuestro común amigo, de Arcadi y mío, Albert Boadella da en el clavo cuando dice que la buena comida siempre es sensual. La que llaman creativa, en cambio, es tan frígida como el nitrógeno de sus probetas.

¿Iba a hablar de Chiloé? Bueno, bueno… Tenía la radio encendida, oí lo de El Bulli y la actualidad, por segunda vez en la Dragolandia de 2010, me puso la zancadilla, pero todo se andará, y se navegará, porque Chiloé es una isla. ¡Viento en las velas, señores, y loor a la tortilla de patatas no deconstruida!

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