Besaré tu cadáver. Terenci Moix. Planeta 2010.

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«La sala, llena de huéspedes, rebosaba con el placer de las cosas a punto de terminar. En medio de ellos, Jean Paul ejercía el contraste vivísimo existente entre dos colores opuestos. Una pequeña radiogramola esmaltada con dibujos chinos esparcía notas suaves por toda la estancia. Las gigantescas arañas de cristal colgaban del techo extendiendo sus tentáculos lujuriosamente. Los camareros, vestidos de rojo y con rígida actitud, cruzaban entre los invitados sosteniendo bandejas llenas de copas que pronto se vaciaban».

Página 24.
«-¡Oh, en realidad es uno de esos tristes descubrimientos de nuestra época! Incomunicados, ¿comprende? Metidos todos en una lata de sardinas y aislados el uno del otro. Solos del todo. ¿Se ríe? No debiera hacerlo. Schopenhauer, o algo así, lo dijo, y si…

– Fue Sartre, madre. Y no exactamente como lo has dicho tú».

Página 54.

«-¿Se llevaban bien los dos esposos?

– ¡Figúrese! – exclamó ella-. ¡Incluso llegaron a casarse!»

Página 60.

«¡Roma a sus pies!

Aspiraba el perfume de los pinos cercanos, de los árboles de la Via Appia, de las flores extendiéndose por todas partes. Invierno en Roma equivalía a primavera en París. Las calles se adueñaban de todos los perfumes y todos los encantos, la lluvia y el frío parecían haber sido desterrados. Lo amaba. Le repelía a un tiempo».

Página 65.

«Cada jueves la señora Dalla Scala venía a que le leyese su destino en las cartas. ¡Ellas no mienten, a pesar de lo que los profanos pueden creer! Llevan en sí mismas el odio y el amor, la vida y la muerte. Saber leerlas es un don del destino que pocas personas poseen verdaderamente. La señora Dalla Scala creía en ellas. Sabía que su amor estaba escondido allí, que su odio surgía de allí. Su vida entera».

Páginas 98-99.

«Un negro grueso, sumido entre las sombras reinantes, arrancaba quejidos de una trompeta, en tanto que otro negro aporreaba un piano. El humo de los cigarrillos y el murmullo de distintas conversaciones se mezclaba[…]

Descubrieron jóvenes rubias, nymphettes, representantes de antiguas valkirias nórdicas, mascullando un acento sueco, alemán o noruego; mestizos, chinos y pálidos ingleses mezclándose en una promiscuidad que tenía por meta el placer.

Su himno era el jazz.

Su excusa, el arte».

Páginas 118-119.

Aunque el libro recientemente aparecido contiene dos novelas de Moix: Besaré tu cadáver y Han matado a una rubia, no habrá muchas ocasiones más para reseñar material «nuevo» de este monstruo y enfant terrible de la literatura española del siglo XX por lo que procederé a comentar ambos títulos de forma separada. La ocasión, sin duda, lo merece. Para aquellos ajenos al mundo moixiano algunas palabras introductorias: Estas dos novelas policíacas fueron las primeras que publicaría el autor egipcio nacido en Barcelona (aunque él prefería decir en Alejandría). Pero no aparecieron con el nombre por el que le conocíamos sino bajo el pseudónimo de Ray Sorel. Por aquel entonces Moix trabajaba en una pequeña editorial, realizando todo tipo de tareas, que incluyeron estas dos obras, propias de un momento en que este género (como otros) se vendía muy bien en los quioscos.

La primera duda era saber si sólo las había redactado para cobrar un dinero con el que poder abordar otros proyectos. Pero aunque hubiera sido así, no cabía esperarse de Moix la simpleza de cientos de otros ejemplares presentados bajo el mismo epígrafe aglutinante de género.

Ya el título de la primera nos da una clave de sus influencias (nada al uso en aquella década): ¿cómo olvidar la Salomé de Wilde y las ilustraciones de Beardsley para la misma, en una de las cuales aparece una Salomé a punto de besar, o justo después de haber besado los labios de la cabeza decapitada de Juan el Bautista? En una de aquellas estampas se podía leer J’ai baisé ta bouche, Iokanaan; algo así como «He besado tu boca, Juan». Como el lector podrá comprobar a lo largo de la novela, la relación es más que evidente; lo cual es algo más allá de trasgresor, sencillamente inaudito para el momento en que los ejemplares de este Besaré tu cadáver adornaron las puertas y estantes de los puntos de venta de la prensa española. Pero aparte de estas influencias literarias y visuales (artísticas, vaya) decimonónicas totalmente inusuales para este tipo de novelas, es posible encontrar otros rasgos del Moix que todos conocemos: la pasión por el cine; la pasión por Roma, que aún no conocía y en la que más tarde viviría; el valor de decir lo impensable frente a la censura, es decir, el valor de ser él mismo; los personajes extremos (alguno podría haber salido de Chulas y famosas  o de Garras de astracán); algún hecho en la historia que hace recordar La herida de la esfinge… Todo un conjunto de elementos que eran las primeras semillas de lo que más tarde sería una cosecha rica, barroca, irrepetible.

No hay dificultades estructurales, esto es cierto, en esta novela de Moix-Sorel. A cualquier público le llegará la historia y el mensaje sin necesidad de complicarse la existencia. Así se esperaba que fuese, y probablemente incluso se le llegó a exigir por parte de la editorial, y en este aspecto nuestro Terenci respetó las normas del aburrido juego. Pero esperar de él repetición de fórmulas y personajes, temáticas y vestuarios era demasiado pedir, era poner el listón tan bajo que no habría querido saltarlo.
Ciertos pequeños detalles indican un escritor joven, que aún tenía un trecho que recorrer: «No pienso hacerlo hasta que pueda presentar todas las pruebas atenuantes» Página 35 (donde evidentemente quería decir eximentes), pero son índices mínimos, de un peso tan liviano que no cabe tenerlos en cuenta. Lo sorprendente es la calidad y la excepcionalidad de una obra que contaba con las cortapisas del género, las limitaciones de la editorial (que eran, como ahora también lo son, las de la comercialidad), y el freno de la censura de la época.
Pero Moix era tan hábil, tan genial, que su capacidad de escapar a cualquier cárcel para la creatividad y hacerlo con toda la brillantez de los exquisitos, los elegidos, fue siempre más allá de lo conocido y lo por conocer. Porque en al Arte las barreras no existen.

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