Una temporada en Venecia. Wtodzimierz Odojewski. Minuscula. 2009

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“Pero sin duda fueron sus paseos a la luz de la luna y su costumbre de recoger hierbas las que le hicieron ganarse la reputación de loca. Seguramente también contribuyó el hecho de que la tía era seguidora de las teorías de Paracelso, de las médicas y de las otras, que él, por supuesto, ignoraba, aunque eso sí, el nombre de Paracelso lo había leído en la enciclopedia de Orgelbrand y lo recordaba bien ya que tenía una sonoridad intrigante [… ]”.

Páginas 18-19.

 “[…]él miró el cielo despejado y el sol incandescente que ya empezaba a descender (en lo alto daba vueltas un azor y, sobre él, se elevaban las inmensidades diluidas del aire) […]”.

Página 26.

 “Pero por todas partes se expandía el perfume de la hierba impregnada de agua y limpia de polvo, la fragancia de las cortezas de los árboles hinchadas de humedad y de la tierra bien enjuagada, los colores se habían vuelto más chillones, alegres, totalmente diferentes, más intensos que el día anterior, y todo el jardín parecía más grande, mientras que la casa de la tía había encogido y el azul límpido del cielo atravesaba las ramas del nogal que daban sombra a esta parte de la casa”.

Página 33.

 “Tienes que saber que las cosas duraderas pueden salvarte incluso en medio de una tormenta. La imaginación puede traer socorro en los momentos más aterradores”.

Página 90.

 Hablaba en otro artículo sobre volver la vista a los clásicos y, sin duda, la visión de un niño de los “aledaños” de la guerra, del mundo de consecuencias desencadenadas por la puesta en marcha de las organizaciones de matar institucionalizadas son un ya un clásico. Lo que los adultos esconden a los menores, los tonos bajos, las informaciones parciales, la imposición de juegos no impiden que la realidad estalle con todo su rigor frente a los pequeños, dejándoles unas imágenes que poblarán su mundo de pesadillas probablemente el resto de su vida. Hay múltiples muestras sobre estas visiones pueriles pero fundamentales. Las hay dirigidas a un público precisamente infantil Jinetes sobre caballos de palo fue uno de los libros de lectura obligada durante la extinta EGB. Y los hay tangencialmente relacionados con la guerra como el sobrecogedor Diario de Ana Frank, que si bien ya es una mirada adolescente, guarda mucho de los restos de una infancia que se pierden de forma brutal y vertiginosa.

Hay visiones de niños que no pueden olvidarse como el Farruquiño de Torrente Ballester y perspectivas escritas para adultos sin perder el auténtico sabor del niño que fuimos una vez como es el caso de Una temporada en Venecia. La obra, deliciosas cien páginas de escaso contenido narrativo, no sólo está escrita con un uso genial de la lengua, sino, sobre todo, rescatando la voz que tenemos cuando somos jóvenes, cuando somos todavía esos locos bajitos, esos Peter Panes dispuestos a convertir el mundo en un Nunca Jamás con hadas que nos pueden hacer volar. Es decir, entre las virtudes de esta novela corta se encuentra el hacernos notar que nos equivocamos cuando hablamos de que los niños esto o los niños lo otro… como si nosotros no lo hubiéramos sido nunca antes. El autor tiene recientes no sólo los recuerdos sino cómo fueron vividos por su corazón joven aún como para no haber cumplido una primera década. Y eso es un logro difícil de alcanzar.

Por eso la obra resulta de una exquisitez tal que despierta el cariño, la fibra sensible, sin simplezas ni guiños facilones sobre la desprotección de los niños, o sus “inesperadas reacciones y respuestas”. La imaginación, como nos dice expresamente en el texto, es capaz de grandes cosas. La imaginación y la ilusión. Tesoros que un niño no ha perdido (o no debería haber perdido) y que los adultos se pasan muchas horas buscando, identificando motivos cada vez más complicados, estrambóticos o caros para despertar esa ilusión y cada vez con menor capacidad de imaginación.

El poder de la creación mental libra a los protagonistas de la novela de la realidad de la guerra para sumergirlos (quizá nunca mejor dicho) en un viaje sin salir de casa. Un viaje de los que sólo pueden hacerse con la mente, de los que sólo es posible hacer poniendo la imaginación a punto y de cero a cien en tan sólo unos minutos. Un viaje de los que transforma la realidad y la reduce a lo que es: una mera sucesión de hechos que nos resignamos a aceptar.

Venecia, descrita con todos los datos del turista que ha visitado los lugares obligatorios, conocida a través de revistas y guías, y experimentada en propia carne, es una gran metáfora que el lector descubrirá deliciosa, especialmente en la última página, cuando el viaje adquiera su auténtico valor, el valor de un viaje que marca para siempre porque se hace desde dentro, y nunca mejor dicho.

La portada de la edición, muchacho arrojándose el agua con absoluta libertad, es una magnífica forma de hablar de esta obra en la que los canales de la mítica y real ciudad sirven para que todos los protagonistas se liberen del mundo opresivo de guerra en el que viven y se lancen a la magia de un mundo de agua y filigrana de piedra.

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