Aprendiendo de Pedro Solbes

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Asistir a una conferencia de Pedro Solbes es un ejercicio de catarsis económica altamente recomendable y absolutamente recetable para muchos miembros del Gobierno actual, los cuáles siguen viviendo en el aplauso permanente a Zapatero, agradeciéndole que les pusiera donde están.

En ExpoManagement 2010, que se celebra estos días, el que fuera Ministro de Economía con Zapatero ha dudado sobre la efectividad de la reforma laboral que ha aprobado el Gobierno, por una cuestión muy sencilla: porque se ha quedado corta, muy corta.

Solbes, con su laconismo habitual, no lo ha dicho tan abiertamente, porque aún conserva la diplomacia política de la que siempre hizo gala, sino que simplemente lo ha insinuado, “a uno le queda la duda de si la reforma laboral será suficiente”, una frase lapidaria y un aviso para navegantes.

A poco que se analice, con una rigurosidad objetiva, la reforma laboral se llega a una conclusión clara: a fuerza de querer contentar a todos se ha quedado a medio camino de todo. Ha intentado llegar a un punto intermedio entre sindicatos y empresarios, pero ha conseguido enfadar a todos.

Porque la reforma laboral tiene un defecto estructural: no incentiva la contratación. Y esa debía de haber sido la razón de ser de esta reforma. Se trata de una reformilla que no aporta nada nuevo al mercado laboral español, una reformilla que no mejora la situación de los trabajadores ni la voluntad de contratación de los empresarios.

Solbes acierta también en otro apunte que ha realizado en su conferencia de hoy, y es el error de que la reforma se tramite como Decreto Ley, lo cuál obliga a pasar por el Parlamento y retrasará la implantación de la misma. Una vez más, el Gobierno pretende cubrirse las espaldas, en una nueva muestra de su incapacidad manifiesta para tomar decisiones incómodas.

Zapatero ha cometido muchos errores desde que está en el Gobierno, pero uno de los principales ha sido el rodearse sólo de gente afín a su discurso, apartando a todos aquellos que se salieron del redil. La grandeza de un estadista está en saber aprender de las opiniones contrarias e incluirlas en el propio ideario político. Sin embargo, es más sencillo que todos te digan lo guapo que eres.

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