Cultura

«Todo arte es propaganda»: Una reflexión sobre Orwell

Las vidas de las personas aventureras y que se cuidan de mentir en torno a esas aventuras vividas y transmitir, por ende, con gran sensibilidad y sinceridad, me impresiona. Como lector u oyente es lo que busco. Este tipo de personas son verdaderamente cautelosas e intensas. Son gente que sabe oír y ver: «Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante».

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El escritor inglés George Orwell (1903-1950), alias de Eric Arthur Blair, me gusta por eso. Quería leer sobre el por qué un inglés, particularmente, un británico, se arriesga a aventuras como voluntario en la Guerra Civil española (1936-1939). Es en ésta que recibe un tiro en el cuello, mientras combatía en Huesca. Fue por su identificación con la defensa de la República española que me dispuse leer su Homenaje a Cataluña (1938). Este recuento es necesario e inquietante porque es obvio que ya tenía resabios anti-comunistas y anti-estalinistas al regresar de Cataluña; pero, fue un firme creyente en el socialismo democrático. Por éstom como guerrillero voluntario, él combate a los españoles comunistas cuando éstos intentan eliminar sus aliados en la extrema izquerda.

Hay algunas frases, sumada a la actitud que las inspira, que en Orwell me han parecido inquietantes. Por ejemplo, ya había leído que Rudyard Kipling fue el cantor del imperialismo británico; sin embargo, leí la confesión de Orwell: «Veneré a Rudyard Kipling a los 13 años, lo aborrecí a los 17, lo disfruté a los 20, lo desprecié a los 25, y ahora de nuevo lo admiro bastante. Lo único que nunca pude hacer fue olvidarlo». Esto tiene que ver con la experiencia de la guerra y lo que él llama la «hipocresía burocrática». Orwell, quien fue un comentador de guerras, es quien me lleva poco a poco a que yo como lector redescubra de qué se trata el asunto.

He leído que la BBC de Londres publicó una serie de colecciones tituladas «George Orwell: The Lost Writings» y «The War Commentaries» que aún no he leído, pero, supongo que ya no es necesario porque otros libros suyos son más que suficientes para dar una idea de su desencanto con el «newspeeak», el lenguaje que artificiosamente niega la verdad y se convierte en la norma del Big Brother de la posguerra. Libros como «Politics and the English Language» (1950) ya vinculan el autoritarismo con la decadencia del lenguaje, la lingüistica y el discurso veraz y lo mismo habría que decir de sus cuatro volúmenes de «Collected Essays, Journalism, and Letters of George Orwell», aparecidos en 1968. Cuanto nos dice es contundente: «El lenguaje político… Está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y el homicidio respetable».

Si bien en el decenio del ’40, Orwell es una de las voces consagradas del antitotalitarismo, cuando yo lo descubro en los ’80, me parece tan actual como les debió parecer a los jóvenes militantes del Movimiento Estudiantil en los ’60. Me interesó todo cuanto pudiera decir sobre la guerra, porque no un guerrillero caprichoso, ni un soldado cínico al servicio del Imperio británico. Cuando estuvo involucrado en la guerra civil española vio claramente algunas realidades: El general Franco era un represor de un anhelo republicano, con un malentendido nacionalismo. También él era pro-obrero, pero no pro-estalinista. Admiraba la ausencia de estructuras clasisistas que visitó en las áreas revolucionarias catalanas y vio que el intervencionismo soviético traicionaba una revolución hecha para y por los trabajadores, a través de la policía secreta y las milicias que atacaron a los anarquistas y al POUM en Barcelona en mayo de 1937. La aventura en
Huesca donde fue herido (descrita en su ensayo Wounded by a Fascist Sniper, de su Homenaje a Cataluña, su escapada de verse arrestado, junto a su esposa Eileen O’Shaughness, como «trotskyites» por los comunistas, es reveladora. Salvaron sus vidas.

En la medida en que se lee a Orwell, uno se da cuenta de los díficiles dilemas que vivió en una época brutalmente fanática. No extrañan pues sus metáforas, como «granja de animales», para describir el ethos de tal civilización. Una de las formas de esa animalidad fementida fue el estalinismo y cómo éste echaba las bases para un Estado Burocratizado, el mismo que ha cuajado en el arte de la propaganda y que ya no es la izquierda la que mejor encabeza su confección, sino las ambiciones del sistema capitalista per se. Su crítica a la Rusia soviética no es una crítica al socialismo, sino más bien la mejor defensa a la tarea que el soviético tiene para ser solidario en un sentido verdadero: «Yo no querría ver a la URSS destruida y pienso que hay que defenderla si es necesario. Pero quiero que la gente se desilusione de ella y comprenda que debe construir su propio movimiento socialista sin las injerencias rusas».

Salido de la guerra civil en España, comienza otra guerra más peligrosa que lo fue la primera. Y en la Segunda Mundial, la única manera de luchar e informar es vincularse a las formas de propaganda que menos hieran la inteligencia humana, abocándola a ese trágico sentimiento que Orwell llamara la encerrona del «doublethink», signficando el poder de sustentar dos creencias contradictorias simultáneamente y aceptarlas. El «doublethink» es lo que forja a los seres humanos irresolutos, no comprometidos, escapistas, cómodos e inmorales. Es cinismo y corrupción. «El pensamiento corrompe el lenguaje y el lenguaje también puede corromper el pensamiento».

Por honestidad, Orwell (quien habría preferido reseñar lonros para New English Weekly», lo que hizo hasta 1940, al comenzar la guerra dede redactar propapanda para ganar el apoyo de India y el Asia Oriental para los esfuerzos de guerra de los Aliados. Y a él, «shaping propaganda» es trabajo sucio, como puede ser el tener que matar como soldado. «Advertising is the rattling of a stick inside a swill bucket». La publicidad política es como hurgar la caca con un palo. Pero peor que menear los desperdicios o la bazofia que haya en uns cubeta es el choteo. O dejar tentarse. Después de la guerra, gente con mentalidad quizás burocratizada y excluyente (en este caso, me referiré a una amiga de Orwell, Celia Kirwan, quien le propone trabajar para la Oficina de Asuntos extranjeros en la División de Investigación de la Información). El tendrá que hurgar caca para el gobierno laborista inglés: la misión es declarar indeseables a través de unas
recomendaciones a unos autores / escritores y artistas / cuya obra pudiera ser censurable, por cuanto es excresencia o bazofia. Y él provee una lista de los «unsuitables» a Celia. Su lista contiene a 37 periodistas pro-estalinistas e inclusive actores como Michael Redgrave y Charlie Chaplin. No es una lista, como las confeccionadas por el Senador Joseph McCarthy, en Washington, con consencuencias tan negativas como pudieran ser la expulsión del país y hostigamiento; pero, técnicamente, son un acto de choteo, o chivatería. Cazar bruhas es una de las formas comunes del Estado burocratizado.

Está bien que no se recomiende elogiosamente a alguien; pero, es moralmente incorrecto que, porque no se creen las mismas cosas, se le ponga el dedo y se le enjuicie. Es por lo que G. Orwell dice: «All political thinking for years past has been vitiated in the same way. People can foresee the future only when it coincides with their own wishes, and the most grossly obvious facts can be ignored when they are unwelcome» [«Todo el pasado pensamiento político se ha viciado por años en la misma manera. La gente puede prever el futuro sólo cuando coincide con sus propios deseos, y con la mayoría hechos enormemente obvios se pueden ignorar cuando ellos son importunos»].

No es exagerado decir que mucho del esfuerzo reflexivo que se halla en un libro como «All Art Is Propaganda: Critical Essays» [edición de George Packer, 2008], recientemente publicado, con una intoducción de Keith Gessen, nace de una experiencia de culpa de George Orwell. En el libro hay un ensayo sobre Charles Chaplin y una película de éste, «The Great Dictator». A Chaplin lo ve como alguien que tuvo una gran influencia en los Grandes Medios de Comunicación de su tiempo, «a leftist Hitler look alike». «The government should subsidize the Great Dictator heavily and try to get copies into Germany». Hitler era como un payaso del fascismo nazi y, si el arte sirve para el usoo como propaganda, habría sido convienete que esa burlona venenosa de Chaplin sirviera para desacreditar a Hitler, que se viese en el personaje del «Gran Dictador» que hizo Chaplin durante el tiempo de la Segunda Guerra, siendo que habría sido entonces apropiado y con un
costo efectivo.

He estado disfrutando este libro «All Art Is Propaganda» / «Todo Arte es Propaganda» / para comprender los misterios que mi lectura de Orwell me ha producido desde mi contacto de lector en los ’80. Me ha servido para entender por qué no olvida a Rudyard Kipling, el por qué de su investigación del prosovietismo de Chaplin, el valor que concede a lo que llamara «Good Bad Books» y la relación entre política y lenguaje. En una de sus novelas, hay la misma reflexión que en ese último ensayo mencionado, sólo que se inventa un país imaginario Oceania donde el lenguaje oficial es el «Newspeak». Una especie de jerga del inglés en que el vocabulario está estrictamente limitado por la confección ideológico-desnaturalizadora del gobierno, a fin de que no se expresa otra cosa, otras ideas y sentimientos, que las que define el canon oficial y la praxis del discurso hegemónico. Este es el lenguaje que el Big Brother, el hermano mayor manipulador y
vigilante, quiere que prevalezca, ya que siempre el «Big Brother is watching you».

Pero, en la literatura de Orwell, no discierno pesimismo. Veo libertad y veo un rostro de cristal. «Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír». Nace para una época en que tiene que abrir a otros los oídos y habla fuerte porque es la única manera de sacudir consciencias que se animalizan. No es Rusia la animalizada bajo Stalin sobre lo que el habla; es la humanidad entera, especialmente, cuando hay pobreza y violencia. Orwell siempre negó que la metáfora «Animal Farm» fuese una referencia al estalinismo.

Hay en la obra de Orwell profecías; pero una convicción de que habrá un hombre al que lo no se le podrá desheredar ni bomba quebrantar. «I saw in your face the thing no power can disinherit: No bomb that ever burst shatters the crystal spirit». Me quedo con esa metáfora tan pocas veces comentada: el «espíritu de cristal», «the crystal spirit». Pese a que la vida hoy es violenta y parece que no se ha aprendido de las experiencias pasadas, pese a que hay los mismos problemas que antes, hoy algo que es peor o más característico. «Lo característico de la vida actual no son la inseguridad y la crueldad, sino el desasosiego y la pobreza».

Orwell murió muy joven, a la edad de 46 de una tuberculosis que posiblemente contrajo en Burma; durante esos años que viviera en «self-imposed poverty». Y la pobreza es sólo trágica porque acelera los males de una mala salud y la fecha de morir. Pero Orwell estuvo acostumbrado a vivir en pobreza y romper obstáculos que ella impone. Nos recuerda que su unión a la Policía Imperial India en Birmania no tuvo otra razón que el deseo de educarse, pues no tuvo la posibilidad de conseguir una beca universitaria y los medios de su familia no eran suficientes para costear su educación. Pese a su popularidad en el decenio del 40, tan tardía si consideramos que moriría en 1950, sin disfrutar como hoy sucede, con escritores que no tienen su inteligencia ni méritos reales para la celebridad, muere pobre. Los tres finales años de su vida fueron de enfermedad, entrando y saliendo de hospitales de Londres. Cuando dijo: «Sólo hay un modo de hacer dinero
escribiendo: casarse con la hija de tu editor», no fue una queja, sino una crítica irónica a una nueva burocratización del arte y la inteligencia.

Para mí, un síntoma de la vitalidad de este escritor, con espíritu de cristal, alma aventurera, que no la empañan ni quebrantan ni las bombas de la guerra, es que pese a su enfermedad, a un año de morir, se casó en segundas nupcias con Sonia Brownell. Habría querido vivir y seguir creando; sólo que ahora dispuesto a acabar las guerras físicas de la manera más rápida, perdiéndolas. Las guerras nuevas, la realmente desafiantes, ya se dan el nivel del espíritu y la consciencia que anhela verse liberada de la propaganda.

[La mayor parte de los libros que he leído de Orwell lo he hecho en inglés los disfruté en versiones inglesas; pero, ya han sido traducidos, con títulos como los siguientes: «Rebelión en la granja» (1945), «Sin blanca en Paris y Londres» (1933); «Diario de Guerra 1940-1942» (1942), «Los días de Birmania» (1934), etc.]

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.