Aeropuerto (y II)

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Hablaba de aeropuertos. Sigo, mientras tecleo estas líneas, en una de las terminales de Barajas, aunque han pasado ya varios días desde el capítulo anterior. No es, por suerte, la 4. Sobreviví a sus sinsabores, a las torturas impuestas por los sicarios de sus escáneres, a sus interminables pasillos y galerías de cristal concebidas para que los usuarios puedan contemplar el vacío sin necesidad de recurrir al zen, a los tascucios y figones dedicados a la venta de basuras químicas envueltas en celofán y aliñadas con colesterol, aspartato, grasas trans y triglicéridos de hamburguesería, a las hileras de tiendas atiborradas de gilipolleces de elevadísimo precio que, pese al mismo, nadie compra..

-¡Alto ahí, Dragó! ¿He oído bien? ¿Ha dicho usted pese al mismo en vez de escribir a causa de, como sugiere la lógica?

-Ha oído perfectamente. El mundo está lleno de necios, según la Biblia, y todo necio, según Machado, confunde valor y precio.

-Y si esas tiendas nunca venden nada, ¿cómo diablos sobreviven?

-Es lo mismo que yo me pregunto. Siempre están vacías. ¿No serán tapaderas de narcotraficantes, empresarios de la construcción, políticos mallorquines, negreros de prostitutas y concejales de urbanismo deseosos de blanquear dinero?

-¡Pero qué mal pensado es usted!

-Peor de lo que se imagina… Voy a ponerle otro ejemplo.

-¿A qué se refiere?

-A la prohibición, estúpida donde las haya, de no poder llevar líquidos ni cosméticos en el equipaje de mano.

-Sólo por encima de cierta cantidad…

-Convendrá conmigo en que, sea cuál sea ésta, se trata de una medida carente de fundamento. No sirve para nada.

-¿Por qué, entonces, la toman?

-A eso iba. La toman para incrementar las ventas de agua mineral, refrescos y productos de belleza en las tiendas de la zona de embarque.

-¿Insinúa, amigo Dragó, que alguien se beneficia de ese incremento?

-No hacerlo sería desconocer la naturaleza humana. Cui prodest? Pero seré, por una vez, bien pensado, en contra de la malicia que usted me atribuye. No creo que el porcentaje recibido por los trincones supere el diez por ciento. Seguro que con eso se conforman.

-¡Un pastón!

-Efectivamente.

-¿Está pensando en el negocio de los duty free?

-No sólo, pero… ¿Negocio, ha dicho? ¡Querrá usted decir estafa!

-Eso suena muy fuerte.

-Y lo es. Ande, entre en una de esas cuevas de Alí Babá, anote los precios de los productos alineados en sus expositores y estanterías, salga luego a la calle, visite unas cuantas perfumerías, supermercados y tiendas de ultramarinos, busque o pida los mismos productos y compare. Se quedará estupefacto, me dará la razón y, si de verdad necesita algo, ahorrará dinero.

-¿Usted lo ha hecho?

-Más de una vez, en distintos países y libreta en ristre. Lo único que se vende más barato en los duty free, excepciones (pocas) aparte, es el alcohol, aunque no siempre, y el tabaco, porque los fumadores saben perfectamente lo que cuesta en los estancos el veneno que consumen.

-Pero en las tiendas libres de impuestos, a diferencia de lo que sucede en las que dentro de los aeropuertos no lo son, sí que hay clientela.

-Ya le dije que el número de los tontos es infinito y, además, tiende a crecer cuando la gente se aburre, como lo hace en los aeropuertos. ¡Cualquier cosa, menos leer, observar o pensar! Incluso gastar en tiempos de supuesta crisis el dinero que no tiene para comprar tontunas que no necesita.

En fin… Que me fui a Murcia y Alicante, di un par de conferencias, intervine en las deliberaciones del jurado del premio de narrativa Azorín, regresé mohíno a una de las ciudades más antipáticas e incómodas del mundo (pongamos que hablo de Madrid), deshice las maletas, las hice de nuevo y ahora estoy en la Terminal 2, tras haber superado la dura prueba de los estúpidos y vejatorios controles aeroportuarios, ajeno a los cantos de sirena del duty free y de los negocios de grandes marcas sin clientes, y a la espera de que un avión de Air France se me lleve a París y otro, desde ese segundo aeropuerto, a un lejanísimo lugar del orbe en el que permaneceré varios meses.

Atrás queda Vandalia. Que la ondulen. Partir no es morir un poco, sino volver a la vida. Lo siento sólo por los gatos. Chau y miau.

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