Reflexiones inconexas sin horizonte fijo

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Reflexiones inconexas sin horizonte fijo

Más allá de la duda razonable se encuentra la verdad a la que todos aspiramos pero de la que todos somos deudores, porque nos abruma su universalidad hasta tal punto que dudamos de su existencia.

Sobrevivimos aplicando cierto criterio de relatividad con elegancia y con presunta suficiencia que no nos lleva más que a realizar un ejercicio de arrogancia superlativa con tintes de homicidio en primer grado, que no en segundo.

Entre tanto añoramos lo que no tenemos, lo hayamos tenido antes, o no, porque el deseo de posesión es tan poderoso como la posesión pretérita y acumula añoranza, morriña o como quiera que se quiera llamar, que de todas formas vale, porque lo que importa es el ser y no el verbo.

El verbo nos ayuda para compartir nuestros sentimientos de una manera sencilla, sin las complejidades de los seres que no disfrutan de la capacidad del lenguaje, y aún así nos limitamos a emitir berridos inconexos sin otro propósito que constatar la estupidez ajena, sin darnos cuenta de que así estamos confirmando la nuestra.

Una estupidez que nos guía en nuestro camino hacia la muerte, que es la vida sin alargamientos innecesarios prometidos por los voceros de unos libros que llaman sagrados, cuando los libros hoy en día sólo son objetos decorativos.