Eso es lo que hay (II): contradicciones y fetiches

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Foto: Nelson González Leal

Conversaba, vía Facebook, con un viejo amigo que reside en Acarigua. Arquitecto, pintor, poeta, promotor cultural, artista, en suma, Laurencio es uno de esos hombres que ha luchado toda su vida en pro de la libertad cultural y del establecimiento de un sistema que logre dar espacio y satisfacción al amplio abanico de necesidades y propuestas que plantean todos aquellos que se asumen como hacedores de arte. Y Laurencio ha sido siempre un hombre humilde y comprometido.

En la coversación él expresó algo que también he venido escuchando con frecuencia y su tono trasmitió cierta pesadumbre. Me dijo, ”poeta, siento que en el sector cultural se están dando las mayores contradicciones de esta revolución. Por ejemplo, aplaudimos y celebramos a Dudamel por sus éxitos internacionales y negamos y condenamos a un pintor porque ha ganado premios y ha expuesto en el exterior. Glorificamos el deporte disciplina que exalta el individualismo y la competencia. Creo urgente y necesario abrir un gran debate sobre estas contradicciones.”

Estoy de acuerdo con Laurencio en que existen grandes y profundas contradicciones, y no sólo en cultura. Y estoy mucho más de acuerdo en que es imperioso discutirlas, pero además sé que se vienen discutiendo en ciertos sectores de la población venezolana. Lo que me preocupa no es esto, sino aquello que respondí a mi amigo de Acarigua: todo proceso revolucionario es contradictorio y debe serlo, de lo contrario estaríamos hablando de una de las mayores características del ser de derecha: su monolítica homogeneidad.

Precisamente este es el problema y la alarma: que nuestro proceso revolucionario no vea -o no quiera ver-, no acepte -o no quiera aceptar- sus múltiples contradicciones, pues eso lo aproxima sospechosamente a lo monolítico.

Quien no entra en contradicciones es porque se torna conservador en sus discernimientos. Y como decía Kundera, cuando la revolución se hace conservadora, hasta la risa es contrarrevolucionaria.

Y una revolución verdadera debería bendecir la risa. Debería ser epicureiana en este sentido y asumir como consigna la célebre frase del filósofo de Samos: “Bendigamos la risa, que nos permite burlarnos de los malos y de los imbéciles, a quienes sin ella tendríamos la debilidad de odiar”.

Por fortuna Hugo Chávez Frías es un hombre de buen humor que ha demostrado que sabe reír, al contrario de otros “líderes” políticos que han revelado su alto grado de conservadurismo con su mal talante.

En este sentido es que creo que todo proceso revolucionario socialista -y sociabilizador, por ende- debe desarrollarse como una problemática abierta que exija una transformación racional de las estructuras al mismo tiempo que una continua conmoción de las ideas y una constante valoración de los sentimientos esenciales en favor de lo humano.

Lo que pasa es que cuando la revolución o su proceso se fetichizan ocurre aquello que ya señaló Sartre una vez: que la crítica se convierte en un arma que va más allá  de revelar la imperfección de un sistema, pues esta alcanza a descubrir los profundos vicios de quienes lo han fabricado.

Y ese es un riego que corremos, el de fetichizar la revolución y negar con ello sus naturales contradicciones y la necesaria opción crítica.

Asumir premisas como la de que en el seno del socialismo cualquier tipo de crítica, advertencia, análisis u oposición es antisocialista, impulsa la conciencia arbitraria y fetichista. No creen ustedes que la revolución, y más si se dice socialista o de izquierda, tiene necesidad de una crítica o una oposición revolucionaria, sino quiere degenerar en un sistema autoritario y plagado de idolatrias insustanciales y convenientes, además, sólo a aquellos maquiavelistas que gustan de pescar en río revuelto?

Ya las múltiples experiencias socialistas europeas y latinoamericanas demostraron que el hacer cultural de una Nación no puede moldearse con ideologías, ni ser constreñido por directivas o doctrinas, so pena de comenzar a levantarse sobre falsas premisas, mentiras o medias verdades, y la verdad es que cuando colocamos fe en un proceso de cambios estructurales profundos y que asumimos como verdaderos, lo que nos resultaría verdaderamente horrible y devastador no sería la mentira o las medias verdades, sino la imposibilidad de llamar a la mentira por su nombre.

En resumen, no me preocupan las contradicciones y si la estupidez de no querer asumirlas, de tratar de ocultar la indignación que pueda generarse en algunos sectores de nuestra población por situaciones que consideren contradictorias, para proclamar –a la manera de los políticos de vieja guardia- que nuestra revolución y sus líderes son perfectos, impolutos, que son lo mejor y lo único que existe sobre la tierra, a pesar de las imperfecciones que cargan y le pesan, como si no fueran parte de su existencia y de su proceso.

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